En estos días festivos uno de mis apreciados sobrinos llegó a mi casa con la nota baja, proclamando que está trabajando intensamente y pretende ahorrar para irse a vivir lo antes posible a otro lugar.
Profesional competente, con postgrado en Europa, con buen empleo y presencia en la vida nacional, no podía ocultar su decepción y hasta me recordó “lo vana que ha sido la lucha” por hacer más habitable el país de sus padres y la mía, de la generación de los sesenta que irrumpió en el escenario universitario pretendiendo dar un giro radical al curso de la nación.
Mi respuesta no se hizo esperar: ninguna lucha por el bienestar colectivo resulta vana, como tampoco es cierto que el país no ha avanzado. Nosotros mismos, toda mi familia, proveniente del campo y del batey cañero, como muchos dominicanos y dominicanas, somos una muestra del avance. Hemos alcanzado altos niveles profesionales y somos ejecutivos nacionales. Nuestros hijos han accedido a postgrados en algunas de las mejores universidades del mundo. Hemos viajado por los continentes y disfrutamos de viviendas y automóviles confortables.
En otras palabras, que somos de ese 10 por ciento privilegiado de la sociedad dominicana, que no tiene razón para quejarse, aunque suframos apagones y desórdenes como el de la circulación vehicular. Porque a pesar del preocupante incremento de la delincuencia, todavía vivir aquí es más seguro que en la mayoría de los países latinoamericanos.
Compararnos en cualquier aspecto con Estados Unidos o Europa sólo es valido para seguir luchando por mejorar, pero no para la frustración. Nos llevan décadas de organización social y siglos de progreso integral.
El asunto es que los dominicanos y dominicanas hemos sido presas de una tendencia a la queja y a la huida, que abarca hasta a los privilegiados. Estamos consumiéndonos en el pesimismo, lo que nos empuja al individualismo, por un lado, y a la indiferencia por otro.
Este como todos los países es y será siempre el resultado de las luchas de sus hijos por hacerlo progresar. Lamentablemente el progreso social, el bienestar general, el desarrollo integral no se ha logrado en ninguna sociedad tan rápido como todos quisiéramos. Si fuera así la sociedad humana en general sería un paraíso. Si no comprendemos esa realidad, nos exponemos a la frustración.