El PRD fue el principal partido de masas. Fue ancla democrática al caer Trujillo y fue dirigido por los dos grandes líderes democráticos que produjo el siglo XX dominicano: Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez.
Pero más que un partido, el PRD fue una ilusión. Durante la dictadura trujillista fue espacio de convergencia de los disidentes exilados, y en 1962 fue imán político que catapultó electoralmente a la oligarquía dominicana.
El golpe de Estado de 1963 fue el primer gran fracaso. El imperialismo, la oligarquía económica, la jerarquía eclesial y segmentos militares se confabularon para expulsar al PRD del poder.
Ese fracaso, sin embargo, vino adornado de mística democrática y dimensionó el carácter de partido- ilusión del perredeísmo.
Desplazado del poder en 1963, el PRD se convirtió en el imán de las fuerzas progresistas. Pero la virulencia del imperialismo y de la derecha dominicana no dejó espacio para un triunfo del movimiento constitucionalista en abril de 1965. Ese fue el segundo fracaso.
Con los militares norteamericanos en suelo dominicano, los grupos de poder económico, militar y eclesial orquestaron con Joaquín Balaguer un proyecto de gobierno conservador de largo alcance que se inició en 1966.
El PRD, atrapado entre el poder de la derecha fraudulenta y la rebeldía de la izquierda revolucionaria, no pudo levantarse electoralmente en 1970 ni 1974. La salida de Bosch en 1973 dejó el partido debilitado. Ese fue el tercer fracaso.
A partir de 1975, Peña Gómez encontró en la socialdemocracia un referente ideológico para redimensionar el partido; y la ilusión de desplazar a Balaguer reavivó la ilusión en el perredeísmo.
Proscrito por la derecha para llegar al poder, Peña Gómez tuvo que ceder la candidatura presidencial en 1978, 1982 y 1986.
Y mientras Peña sostenía la ilusión, otros se enfrentaban despiadadamente en la lucha por el poder. Antonio Guzmán se suicidó después de cuatro años de asedio por la tendencia de Salvador Jorge Blanco. Ese fue el cuarto fracaso.
El gobierno de Jorge Blanco quedó atrapado en la crisis económica, las revueltas populares y las acusaciones de corrupción que hundieron al PRD en las elecciones de 1986.
Este fue el quinto fracaso.
Al acercarse el año 1990, Peña Gómez se dedicó a reconstituir la base perredeísta bajo su propio mandato. Pero el PLD ya había cautivado las preferencias electorales de un segmento importante de su masa votante. La contienda se polarizó entre Balaguer y Bosch.
En 1994, Balaguer hizo trampa contra Peña Gómez en el conteo de votos y el Pacto por la Democracia; y en 1996 forjó el llamado “Frente Patriótico” que catapultó para siempre las posibilidades de que Peña gobernara. Este fue el sexto fracaso.
Los triunfos electorales del PRD en 1998 y 2000 se debieron fundamentalmente al amplio rechazo del electorado a la forma burda en que Balaguer impidió el triunfo de Peña Gómez en 1994 y 1996.
Ese ímpetu de venganza reavivó la ilusión en el PRD. Pero el desastre de la administración de 2000-2004, llevó rápidamente al séptimo fracaso.
Muchos piensan ahora que el descontento con el gobierno peledeísta se traducirá automáticamente en victorias para el PRD en el 2010 y 2012.
El problema es que el PRD anda muy corto en la producción de ilusión democrática, que ha sido su principal arma de combate.
Ni el candidato ni los nuevos operadores políticos ayudan a gestarla en cantidad suficiente para que el PRD pueda forjar con facilidad una nueva mayoría. Además, el bautizado “nuevo PRD” anda en componendas con quienes siempre han serruchado el palo al que fuera el partido de Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez.