Con frecuencia, los dirigentes de partidos gobernantes olvidan que en un sistema político electoral llegar al poder supone encantar al electorado.
Una vez ganan, se enfrascan en la labor gubernamental y disfrutan los beneficios del Estado. Abandonan el partido, porque exige trabajo arduo con menores compensaciones, y sólo le prestan atención cuando se aproximan nuevas elecciones.
El PLD no es diferente a pesar de sus orígenes. Juan Bosch formó un partido pequeño para educar a sus miembros en la teoría y disciplina política. Quiso prepararlos para que algún día gobernaran.
Tan lejano era ese día, que en sus primeros diez años el PLD mantuvo el estatus de partido minoritario, a pesar del peso político de Bosch en la sociedad dominicana.
Fue el descontento con los gobiernos perredeístas de los años ochenta que permitió el ascenso electoral del PLD.
Con poder congresional adquirido en 1990, comenzó entonces la embriaguez de los dirigentes peledeístas. Establecieron acuerdos con los reformistas y comenzaron a imaginar el futuro sin el líder.
La experiencia electoral de 1994 fue amarga porque el personalismo de Bosch impidió su rápido desplazo, pero el PLD derrotado y Bosch envejecido permitieron la sucesión generacional.
El “Pacto por la Democracia” de 1994 produjo, por otro lado, la reforma constitucional que estableció el sistema de mayoría absoluta a 50+1. Eso aumentó la utilidad electoral del PLD porque en un sistema tripartidista es difícil que un solo partido obtenga tantos votos.
En 1996, el PLD se convirtió en la herramienta de Joaquín Balaguer para impedir el retorno del PRD al poder y la posible presidencia de José F. Peña Gómez. El “Frente Patriótico” garantizó el triunfo peledeísta en segunda vuelta y selló su derechización.
El gobierno de 1996-2000 coincidió con un período de crecimiento y relativa estabilidad macro-económica, pero ni eso contuvo la venganza ciudadana en las congresionales-municipales de 1998 y las presidenciales de 2000. El PRD ganó ambas elecciones.
En la oposición (2000-2004), y sin Bosch como guía, el PLD no hizo grandes esfuerzos por establecer nuevos horizontes ideológicos ni nuevas prácticas organizativas.
Incluso la decisión de que los altos dirigentes no ocuparan cargos en el gobierno pudo pasar la prueba del retorno al poder. Al igual que en 1996, la dirigencia peledeísta se mudó al gobierno, donde ha permanecido hasta la fecha.
Al margen de sus méritos, el PLD ganó abrumadoramente las elecciones presidenciales de 2004 por la crisis económica y el desmembramiento del PRSC post-Balaguer. Los triunfos de 2006 y 2008 son también en gran medida producto de las dificultades del PRD para gobernar y de la desarticulación reformista. Ayudó, además, la relativa estabilidad macro-económica que ha mantenido a los empresarios en bajo perfil oposicionista y a la mayoría de la población cautiva.
En su gestión gubernamental actual, el PLD ha navegado entre las exigencias del capitalismo moderno de mantener un ambiente de relativa estabilidad macro-económica, y las exigencias del capitalismo pre-moderno de asegurar la repartición patrimonial de los recursos públicos.
Detrás de los beneficios clientelistas han emigrado al gobierno los peledeístas, muchos reformistas y otros minoritarios en amplia coalición.
La contradicción entre modernidad y pre-modernidad la ha expresado el presidente Leonel Fernández en su discursiva y práctica política. Ofrece por un lado progreso, y por otro, un ancestral clientelismo.
Su poder político ha dependido de conjugar esos dos objetivos contradictorios (estabilidad macro-económica y reparto patrimonial), tarea que se dificulta en períodos de crisis económica como el actual.
En esta lógica gubernamental, el PLD ha quedado anquilosado, a pesar de su triunfo el pasado 16 de mayo.
Para superar su anquilosamiento, el PLD necesita enfrentar dos asuntos cruciales en una organización partidaria: la sucesión democrática de liderazgos y el perfil ideológico. Si no lo logra, el gobierno consumirá al partido como le ocurrió al PRD en su última administración.
Con múltiples victorias electorales, el presidente Fernández ha mantenido al PLD unificado; pero ese camino no es indefinido.