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Rosario Espinal | 05 de Mayo del 2009
Mujeres y haitianos al infierno

Finalizó la Feria del Libro y no pude escribir sobre mi serie ficción. Este año debí comentar los tomos XI-XV, que no se publicaron, porque en estos días el país vive un torbellino constitucional que conducirá al siglo de las tinieblas. La Feria de Trujillo es el escenario teatral.

 

El libro décimo, que comenté el año pasado a propósito de la Feria (la del libro), se trataba de un país que una vez fue despoblado, según dijo el poeta, y luego creció y creció. La población entraba y salía, unos volvían, otros jamás lo hacían, y muchos llegaban y nunca se iban.

 

Se aglomeró tanta gente que los árboles cayeron, el agua escaseó y los habitantes de la isla quedaron desquiciados esperando un progreso que nunca llegó.

 

Recurrieron a las plegarias y los tambores, pero los sonidos eran incongruentes, maltrataban el alma y todos los sentidos. Este año, los artículos han resonado más que los libros.

 

El 30 lleva varias semanas en cartelera de emergencia. Obliga a todas las mujeres a concluir todos los embarazos, deseados o no, saludables o no.

 

Si es ectópico, a la mujer que muera; si es por violación, que se revuelque en la tortura emocional. Adiós a la ciencia de la fertilidad; serán tiempos de censura.

 

Con el 30 aprobado en primera lectura en horas de la noche, las mujeres serán esclavas de la sexualidad. Si salen embarazadas, no hay vuelta atrás, según el puritanismo etéreo de muchos legisladores.

 

Como la concepción es supuestamente inviolable, y no puede interrumpirse ni antes, ni durante, ni después del acto sexual, se cumplirá la profecía de que en una isla agreste azotará el virus maltusiano de la sobre población.

 

No habrá educación sexual en las escuelas ni anticonceptivos en las clínicas porque supuestamente estimulan el sexo y el libertinaje.

 

Los niños serán concebidos en la divinidad aún en medio de la violencia sexual.

 

Las cárceles estarán llenas de médicos, enfermeras, mujeres y familiares que sean cómplices del aborto.

 

El índice de natalidad y el de mortalidad femenina aumentará, y los abortos seguirán altamente cotizados en medio de grandes riesgos. Es el precio que impondrá la nueva Constitución diseñada para reproducir la ilegalidad con adornos de moralidad.

 

El 16 establece la nacionalidad dominicana. Es hechura de los llamados nacionalistas; restringe el jus solis como desde hace tiempo desean.

 

Será más fácil ser dominicano en Nueva York o Amsterdam que en Dajabón.

 

Según reza ese artículo es su numeral “b”, serán dominicanos, “los nacidos en el territorio nacional, con excepción de los que fueren hijos de extranjeros miembros de legaciones diplomáticas y consulares o de extranjeros que se hallaren en tránsito o residieren ilegalmente en territorio dominicano”. Además, “los nacidos en el extranjero, de padre o madre dominicanos, no obstante haber adquirido, por el lugar de nacimiento, una nacionalidad distinta a la de sus padres”.

 

Los hijos de indocumentados pagarán por el pecado de sus padres que emigraron ilegalmente al paraíso dominicano.

 

El 16 eleva a la categoría de norma constitucional la ilegalidad existente, que empeorará, porque no se reconocerán derechos de nacionalidad a miles de hijos de inmigrantes indocumentados que nacen, crecen y mueren en la República Dominicana.

 

Al restringir el jus solis, la nueva Constitución creará un apartheid dominicano, con muchos descendientes de haitianos inhabilitados para recibir un acta de nacimiento con su nombre y apellido.

 

Pero resulta que la solución al problema migratorio no es fundamentalmente constitucional. Se necesita un Estado eficiente y honesto que no fomente la trata humana; y en honestidad, eficiencia y protección de derechos nunca ha sido experto el Estado dominicano.

Impresora



 

 
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