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Paulo Herrera Maluf | 16 de Noviembre del 2006
Llegó el cinismo

Atención. Mucha atención. Al parecer, el partido de gobierno se apresta a montar en tiempo récord el acto de alquimia política más tristemente poderoso que existe: transmutar el apoyo de la población en cinismo.

 

Me temo que será un espectáculo terrible. Destrucción acelerada de capital político en una coyuntura en la que estamos, precisamente, descapitalizados de liderazgos. Una pérdida que empobrecerá aún más el sistema político.

 

Cría cinismo y te sacarán del poder, parece ser la traducción práctica de aquel viejo refrán castellano sobre cuervos y ojos. El origen químico del cinismo es fácil de explicar. Los desaciertos en los pronunciamientos y los absurdos en las ejecutorias sirven como un multiplicador del desgaste del proyecto político que nos gobierna. El resultado es una población que deja de creer y se vuelve ácidamente mordaz frente al discurso oficial.

 

Es como si la reacción del público cambiara de signo frente a estímulos aparentemente iguales. Este cambio cualitativo debiera llamar la atención de los estrategas del gobierno, y debiera llevarlos a corregir el rumbo antes de que sea demasiado tarde. Lamentablemente, no vemos señales de que vaya a darse un cambio en la actitud de los portadores de turno del poder público.

 

Pésimo derrotero. Porque cuando tu audiencia se pone en plan sarcástico, mientras más hablas más te hundes. Especialmente si sigues diciendo lo mismo que decías cuando todavía le caías en gracia al público. En efecto, el Gobierno y su monumental maquinaria de relaciones públicas siguen con los mismos mensajes triunfalistas de siempre, vendiendo una modernidad vacía que no se sostiene en los hechos.

 

¿Resultado? Puro cinismo. Y vaya si hay razones para ello.

 

Tomemos primero el sensible tema económico. ¿Cómo no caer en el sarcasmo si lo que nos están diciendo es que la economía marcha tan bien que hace falta una “rectificación” fiscal, que pagaremos los ciudadanos con más impuestos? ¿Cómo no volverse cínico si la propaganda estatal repite hasta el cansancio la lista de los logros macroeconómicos de la presente gestión, incluyendo un supuesto “adecuado manejo fiscal”?

 

¿Cómo justificar un ajuste impositivo – hacia arriba, desde luego – mientras el Gobierno se permite abultar la ya hipertrófica nómina pública y derrochar decenas de millones de pesos todos los meses en innecesaria publicidad de autopromoción? Unos pocos millones, dirán algunos, que no representan materialidad en el gran esquema de las cosas. Sin embargo, para fines de efecto político hay que multiplicar por cien esos pocos millones.

 

¿Cómo se atreven a hablar de aumentar los impuestos cuando el Gobierno se da el lujo de gastar más en la construcción del metro de Santo Domingo que en educación, salud y medio ambiente combinados? En este panorama económico, mientras más se habla de modernización – que se conseguirá, quién sabe cómo, sin aumentar el gasto social – más escépticos nos tornamos respecto de la conexión del Presidente y su equipo con la realidad del país.

 

Veamos ahora el tema de la transparencia y la lucha contra la corrupción desde el Estado. A pesar de la exquisita prosa anticorrupción, el informe de Transparencia Internacional sobre el Índice de Percepción de Corrupción, dado a conocer esta semana, muestra una realidad diametralmente opuesta a la que se proclama. En el 2006, el índice para la República Dominicana alcanzó su nivel más bajo desde que empezó a medirse, incluyendo los cuatro años de la anterior administración perredeísta.

 

¿Cómo no rechiflar frente al discurso oficial, articulado y preciosista, cuando parece que retrocedemos en vez de avanzar? ¿Cómo no hacer mohines de ironía cada vez que escuchamos la propaganda oficial, pagada con nuestro dinero, diciendo que “el país marcha, e’pa’lante que vamos”?

 

¿Cómo creer lo que dicen, si lo que hacen termina en escándalo tras escándalo? Escandalosos contratos, que no se dejan de firmar por oscuros y leoninos, sino porque algunos de ellos se cuelan hasta la opinión pública. Escandalosos conflictos de interés que desnudan la complicidad política entre perseguidos y perseguidores en los casos de los más grandes robos de la historia dominicana. (Para que no haya duda, aclaro que me refiero a los casos bancarios y al conflicto de interés que representa el doble rol del Dr. Marino Vinicio Castillo como defensor de Ramón Báez Figueroa y como funcionario público de alto nivel, con asiento en el Consejo de Gobierno, al mismo tiempo)

 

Y, sin embargo, el grado de desconexión con la realidad de quienes nos dirigen los hace reaccionar airados y extrañados ante la degradación que representa el retroceso en la calificación de Transparencia Internacional. No digo yo que nos pongamos cínicos.

 

Y, finalmente, están los temas institucionales, como la reforma constitucional y la elección de los nuevos jueces de la Junta Central Electoral. En el primer tema, el poco elegante trastrueque de la Asamblea Constituyente por una consulta incomprensible niega de un plumazo lo que fue una posición reivindicada en varios programas de gobierno del PLD.

 

En el segundo tema, la presión de sectores del propio partido de gobierno para sabotear el intento de elegir jueces apartidistas para la JCE dice mucho del verdadero compromiso del oficialismo con la institucionalidad. Increíblemente, algunos se atreven a sugerir que repitan algunos de los jueces del tribunal electoral, a pesar de la clara responsabilidad de los titulares actuales con el vergonzoso contrato SOMOS-JCE.

 

Demasiadas contradicciones, que, sumadas, son un excelente caldo de cultivo para el cinismo. Combinación explosiva la de cinismo por un lado y negación por el otro. A dónde lleva ese camino no es un secreto. Sólo hay que preguntarle a la malograda administración anterior.

Impresora



 

 
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