Desde la derrota del 2003 a nuestros días, el PRD no ha logrado salir de la grave enfermedad que corroe su existencia, tras la muerte de Peña Gómez: el predominio del faccionalismo como mecanismo de afirmación de lealtades y producción de poder y liderazgo.
Es esto y no las rencillas y ambiciones de líderes y liderzuelos lo que está socavando los cimientos de esa organización, haciéndola entrar en lo que podría ser su liquidación como gran movimiento democrático y popular. Para ser más precisos: las rencillas de los viejos y nuevos “caudillos” en el interior de ese partido expresan la enfermedad, no la producen; señalan la fiebre, pero no definen la enfermedad.
El primer problema que se oculta entre las cuatro patas del buey que más jala es que en esa organización, desde la muerte de su líder Peña Gómez no se ha podido construir un mecanismo legítimo de arbitraje del conflicto interno. Esa incapacidad de arbitraje es a su vez el producto de una insuperada crisis de liderazgo que afectó a todo el sistema político dominicano, al morir los líderes que conformaron el actual sistema de partidos, hoy en proceso de transformación. En el PRD la persistencia de esa incapacidad se incrusta como uno de los ejes de su crisis.
En el PLD ese problema se resolvió liquidando el estilo de trabajo de cuadros y decisiones verticales, tomadas ”colectivamente” bajo el férreo liderazgo de Bosch. En su ausencia se abrió la organización al populismo clientelista. En ese esquema, una vez alcanzado el poder, Leonel Fernández se erigió en el árbitro y líder indiscutible y con ello zanjó cualquier disputa que pusiera a peligrar la organización. No se trata de que allí se impuso un liderazgo personal que aplastó el peso del comité central o de su comité político, puesto que ese férreo liderazgo ya existía. Se trata de que una decisión de ese partido para alcanzar el poder no solo lo condujo a una alianza conservadora que comprometió su destino, sino a un nuevo estilo de ejercicio de la política. Fernández lo único que hizo fue, desde el poder, cosechar los frutos de esa decisión. Lo que importa aquí es destacar que con ello Fernández pasaba a constituirse en el poder legítimo que arbitraba el conflicto en ese partido.
La tradición popular democrática del PRD, su populismo de masas, definía otro contexto y por tanto implicaba otro estilo de solución y arbitraje del conflicto.
Por lo pronto, el poder de arbitraje legítimo de Peña Gómez no se articulaba en torno a la nomenclatura del partido, en sus estructuras burocráticas como en el viejo PLD, sino en la base de masas. Por otro lado, el peso de los grupos faccionales o tendencias constituyó en ese modelo una mediación necesaria para Peña Gómez establecer la gran alianza que impulsó desde su liderazgo popular/democrático con la clase media, sus grupos profesionales, sindicatos, etc.
En otras palabras, las tendencias expresaban en ese contexto una necesidad política para articular la conexión entre la base de masas liderada por Peña Gómez, la clase media y los intelectuales.
A partir de su poder popular, Peña Gómez generó una estructura intermedia de jefes y líderes locales que traducían su poder de masas como aparato organizativo. Las tendencias tampoco tenían poder propio en ese terreno.
En sí mismas las tendencias nunca expresaron, pues, poder de masas. Ese poder lo mantuvo siempre Peña Gómez como un bien propio. Un largo historial de luchas democráticas bajo su liderazgo articuló una tradición y cultura política que sobrevivió a su muerte, pero que cada vez más hoy día no encuentra en esa organización un espacio de expresión propio.
Lo que mantiene al movimiento ligado a esa organización es una cultura, cierto es, que en modo alguno se define por la capacidad de los líderes faccionales de mover la acción popular, puesto que no poseen realmente un liderazgo que represente a toda la organización.