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Rosario Espinal | 10 de Mayo del 2004
La imposición de un liderazgo

En agosto del año 2000, Hipólito Mejía llegó al poder apoyado por un partido de gran arraigo popular y con la misión de avanzar la democracia y el desarrollo social. Recibió alrededor del 50% de los votos, y encontró una cómoda mayoría del PRD en los poderes legislativo y municipal. La economía era estable y relativamente próspera, y los partidos opositores salieron de las elecciones con poco poder político.

 

No es frecuente que un gobierno llegue al poder con tantas condiciones favorables. ¿Qué pasó entonces? ¿Por qué un proyecto político que parecía fácil de armar exitosamente se ha tornado tan cargante y frustrante para amplios sectores de la sociedad dominicana?

 

No hay dudas de que la crisis bancaria emperó el panorama económico dominicano, y que el reeleccionismo explica algunos de los males que han afectado históricamente la nación dominicana. Pero hay que mirar otros factores políticos en conjunto para entender la naturaleza de la crisis que ha consumido el país en los últimos tiempos.

 

Tres factores ayudan en la explicación: 1) la debilidad de las instituciones públicas, 2) la centralidad del Estado en la acumulación de riqueza, y 3) la escasa organización de la sociedad dominicana.

 

Mejía se lanzó al proyecto de imponer su liderazgo político porque había condiciones favorables para hacer el intento, a pesar de los riesgos envueltos.

 

La debilidad histórica de las instituciones públicas dominicanas facilitó, entre otras cosas, que el gobierno estableciera un control desmedido en la Junta Central Electoral, que promoviera la modificación de la Constitución para establecer la reelección, que utilizara las Fuerzas Armadas con fines políticos, que violara las leyes monetarias en el rescate de los depósitos de los bancos quebrados, que realizara una convención amorfa en el PRD para elegir el candidato presidencial, que utilizara los medios de comunicación del quebrado Baninter para promover su proyecto político, y que la campaña electoral procediera sin los controles debidos en el uso de los recursos públicos.

 

Por otra parte, la centralidad del Estado en la acumulación de riqueza es un factor de tentación constante. En una sociedad capitalista subdesarrollada, el Estado es un mecanismo vital de acumulación de riqueza para la élite económica y política, que sin someterse al esfuerzo competitivo, busca enriquecimiento rápido e ilícito. Igual pasa con la formación de clientelas políticas, mediante las cuales sectores medios y populares ofrecen lealtad política a cambio de ayudas gubernamentales.

 

 

Los hechos demuestran que Mejía montó su estrategia política bajo el cálculo de que las instituciones públicas dominicanas son débiles y manipulables, y que la población dominicana es vulnerable a la corrupción y al clientelismo.

 

No era del todo incorrecto su cálculo. Pero esa estrategia de extorsión de las instituciones públicas, de clientelismo y corrupción tiene límites, y más en tiempos de crisis económica. Porque sucede que cuando la economía se desacelera en la magnitud que ocurrió en el gobierno de Mejía, el bienestar de los que se benefician del gobierno produce mucha rabia a aquellos que padecen los sacrificios. Es una lección muy simple en sicología política.

 

En el contexto de crisis económica que ha vivido la República Dominicana en el último año y medio, sólo tienden a permanecer leales al gobierno los que conforman el voto duro del partido oficial y/o son parte de clientelas. Son esos los votos que Mejía ha tratado de aglutinar desesperadamente en los últimos meses.

 

Ante los errores y horrores del gobierno en la lucha por imponer el liderazgo de Mejía, la sociedad dominicana ha estado perpleja, y limitada para impedir el derrame social y el uso desmedido de poder (material y verbal) por parte del gobierno. Su única esperanza ha sido que llegue el 16 de mayo. Porque a excepción de los empresarios, en República Dominicana no hay organizaciones sociales fuertes capaces de controlar los excesos de un gobierno.

 

Por eso, ante las calamidades acumuladas en tiempos recientes -- con una devaluación e inflación en rápido ascenso y un presidente desafiante y confiado de que todo era posible alcanzarlo -- fueron básicamente la iglesia católica y las encuestas que entre enero y marzo de este año delinearon los campos para que la población imaginara que era posible un cambio.

 

A diferencia del 2000, cuando casi todos los vientos corrían a favor de Mejía, el escenario actual le es adverso. La economía ha estado en una profunda crisis por más de un año. El PRD no exhibe su arraigo social ni su misión histórica de promover la democracia. Todas las encuestas independientes ponen a Mejía en un distante segundo lugar. Los embajadores de países poderosos han tenido que salir públicamente a decir que sólo apoyarán los resultados de unas elecciones transparentes, y una misión de la OEA vigila atentamente para evitar posibles actos fraudulentos.

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