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Paulo Herrera Maluf | 19 de Mayo del 2006
Instrucciones para bajar una escalera

Hay graderías de sol y graderías de sombra. Algunas son más cómodas que otras, pero todas son graderías al fin. Tienen en común que sentarse en ellas no entraña riesgo alguno. En general, son lugares bastante protegidos porque, hasta donde se sabe, el toro no se trepa en las gradas.

 

Las gradas están, por supuesto, a distancia óptima de la acción. Cerca como para apreciar la bravura del toro y la valía o cobardía del diestro. Lejos como para no arriesgar el pellejo. Mientras en la arena se suda, se sangra, se gana y se muere; en las graderías se pontifica casi tanto como se habla.

 

Igual sucede en el escenario de la lucha ciudadana por el avance social. Por cada actor comprometido con un papel – equivocado o no - en la epopeya colectiva, se cuentan por cientos los que se contentan con emitir quejas y vituperios desde la comodidad de su luneta.

 

Así como hay graderías, también hay escaleras. Porque para ir de las graderías al coso hay que descender por uno de esos pliegues del suelo en el que se suceden planos perpendiculares entre sí; uno de esos caminos quebrados que comunican una cota con otra.

 

Lo único que esta escalera que va de la gradería al ruedo no es una cualquiera. Es una escalera peligrosa, no porque el tránsito por ella sea más escabroso de lo habitual, sino porque no bien termina uno de bajarla, cuando puede verse de pronto vestido de luces y frente a un toro furioso que se muere por matar. Eso lo saben bien aquellos osados que decidieron meter las manos en el fango de la sociedad y están tratando de fabricar algún aporte concreto.

 

Por eso hay que prepararse para bajar estas escaleras. Hay que hacerlo con método y a plena conciencia, pues con cada escalón se está más cerca de la lucha y más lejos de la seguridad.

 

El primer peldaño marca el momento de establecer claramente el porqué está usted haciendo las cosas. Si no está claro, aclárese ahora y no después, porque cuando tenga al toro delante no tendrá tiempo para hacerlo. Tener claros los motivos cardinales es lo que le permitirá enfocarse en la lidia sin que exista duda. En el fragor del combate, en el que cada paso debe ser validado rápidamente, duda será sinónimo de muerte. Del mismo modo, en la lucha ciudadana también es vital que estos porqués tengan respuestas auténticas, ya sea que se baje por la escalera solo o en grupo, pues esta será la vacuna para cualquier confusión fundamental en el camino.

 

El siguiente escalón, el segundo, es la última oportunidad que tiene usted para hacer su tarea y repasar todas las artes que usará en la contienda. Si la claridad de valores evita titubeos frente a la bestia, disponer de las destrezas apropiadas para el combate aumenta las probabilidades de éxito. Y es esencial lo primero tanto como lo segundo. Así, todo gladiador debe conocer a fondo la naturaleza del monstruo y la manera correcta de lidiar con él; de otra forma será un blanco fácil y durará en el ruedo menos que el tiempo de un miserere. En el escenario social, es el uso adecuado de las herramientas el que permite pasar en la práctica de la crítica a la acción; yendo de la denuncia a la propuesta, y de ésta a la negociación, a la implantación y al seguimiento.

 

En el tercer peldaño, lo sabio es ajustar sus expectativas. Acepte que será difícil y que no hay garantías. Acepte que las cosas toman su tiempo y no se sorprenda cuando el toro, fiel a su naturaleza, se comporte como tal. Igualmente, el progreso de una agenda social es tortuoso, doloroso y frágil; y siempre hay que esperar la reacción adversa de quienes verán sus intereses afectados por ese avance.

 

Mientras desciende y sigue acercándose al redondel, son útiles algunas recomendaciones. Sea inteligente. No se trata de una cruzada, por lo que reprender al toro con un crucifijo probablemente no le ayudará. Sin embargo, no deje de rezar. No escuche a la turba que quedó en las graderías. Pronto sabrá que una cosa es gritar desde allí que hay que agarrar al toro por los cuernos, y otra muy diferente irle encima a cincuenta arrobas de pura furia. En cualquier caso, si tiene que hacerlo, asegúrese primero de haber cansado al animal.

 

Un consejo final. Si no está dispuesto a vivir con el riesgo de ser corneado por un toro, y a ser veleidosamente abucheado o aplaudido por quienes se quedaron en las graderías, lo mejor es que ni se le ocurra dejar su asiento. Pero si está decidido, no lo piense más. Baje la escalera. Haga lo mejor que pueda. Tenga fe. Puede ser que un día más que otro se gane una oreja. Lo que sí es seguro es que no se aburrirá.

Impresora



 

 
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