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Rafael Toribio | 31 de Enero del 2006
Contra viento y marea

Pese a todas las sugerencias y ruegos, el Metro va. La fecha original establecida para iniciar los trabajos fue pospuesta sólo para dar satisfacción a las voces que clamaban por una reconsideración. Se les escuchó, pero no se les hizo caso y se comenzó entonces con una celeridad y fortaleza que deriva y esquiva por igual árboles, tuberías o argumentos. La decisión política que ha faltado para asignarle a educación en el presupuesto lo que está establecido en una ley vigente, o la promulgación del “Decreto-puente” que regule la compra de bienes y servicios por parte del Estado, mientras se aprueba una ley en ese sentido, en el Metro de hizo presente de forma inmediata. Se le asignaron los recursos necesarios para empezar y se evidencia la disposición de conseguir los que sean necesarios para continuar y terminar.

 

Frente a los argumentos para la posposición de su construcción se respondió que la visión de Estado permite vislumbrar grandes obras importantes para el desarrollo del país, que sólo son comprendidas y valoradas tiempo después de haber sido realizadas y que finalmente se olvidan los inconvenientes que su ejecución pudiera haber producido, y entonces se disfrutan. Se nos dice que eso pasó originalmente con la avenida 27 de Febrero, luego con los túneles y pasos a nivel: aún los que se oponían a su construcción, hoy las agradecen y disfrutan. Y que esto es lo que pasará finalmente con el Metro. Por eso hay que construirlo, a pesar de las oposiciones, y aunque para algunos parezca más una tozudez que una decisión adecuadamente ponderada.

 

Ciertamente eso es lo que ha pasado con obras similares al Metro y es una de las razones por las cuales sus constructores deciden realizarlas: piensan que al final terminarán por ser, si no aceptadas, al menos reconocidas como aportes al desarrollo del país, y siempre utilizadas, aunque no aceptadas y defendidas. Partiendo de esta constancia histórica tenemos que la construcción del Metro es un hecho consumado, por lo menos en cuanto a su inicio y, juzgando también lo que ha sido nuestra historia, se espera que pueda ser continuado y terminado.

 

Frente a un hecho consumado como es la construcción del Metro quedan, por lo menos, estas opciones: mantener los argumentos que cuestionan la decisión tomada y en vías de ejecución, y advertir algunas de sus posibles consecuencias. Después de reiterar que el Metro es una alternativa que contribuye a la solución del problema del transporte en la zona metropolitana, que debió ser precedida de otras opciones complementarias, para que fuera punto de llegada en vez de partida, y de que es inoportuna en estos momentos y altamente costosa, quisiera compartir estas reflexiones, después de su imposición.

 

Lejos de ser unas facilidades para agilizar el tráfico, como lo son los túneles y pasos a nivel, que solo requieren mantenimiento cada cierto tiempo, el Metro es una empresa que requiere de inversiones y gastos recurrentes para su funcionamiento. Necesita recursos permanentes y suficientes para, entre otras cosas, pagar regularmente una nómina de empleados, dar mantenimiento a su infraestructura, financiar estudios de remodelación y expansión. Si estos recursos no aparecen en la proporción y regularidad requeridas la operación de la empresa se ve afectada y la calidad del servicio se deteriora, con los inconvenientes previsibles en un medio de trasporte masivo en una ciudad que se acostumbró a utilizarlo. A este respecto es bueno recordar que adicionalmente se necesitará un fuerte subsidio estatal porque la tarifa cobrada a los usuarios en este tipo de servicios no cubre su costo de operación. Por eso en el derecho administrativo se le denomina “precio político”.

 

Además de que al final el costo real de la obra será inmensamente mayor que el presupuestado, pues esa ha sido la experiencia de obras similares realizadas por el Estado con el mismo ejecutante que la del Metro, lo más preocupante de todo es lo que ha sucedido con lo que los economistas denominan costo de oportunidad, y que el gobierno ha decidido ignorar y espera que la población lo olvide con el tiempo. Siendo limitados los recursos del Estado, la decisión de construir el Metro implicó dejar de aplicarlos a otras necesidades que algunos consideramos mas prioritarias. Con esos recursos escasos, ¿la inversión realizada fue la más adecuada?

 

Después de terminadas obras realizadas gracias a una voluntad política que no se manifiesta en el enfrentamiento y solución de verdaderas prioridades nacionales, cabe formularse cuestionamientos como los siguientes. ¿Cuánta inversión negada a educación, salud y seguridad social estará gastada en el Metro? ¿Cuántos recursos de nuestro crecimiento económico viajarán en los vagones de un Metro en vez de haber sido invertidos en el desarrollo humano? ¿Hasta cuándo se impondrá para todos lo que unos pocos entienden como prioritario y moderno? 31/01/2006

Impresora



 

 
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