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Paulo Herrera Maluf | 17 de Enero del 2006
Ciudadanía peligrosa

Pocas veces se consigue en la vida lo que se merece. Las más de las veces, sólo se obtiene lo que se puede negociar. Y, como dijo en una ocasión John F. Kennedy, para negociar hay que ser fuertes.

 

Porque si no eres fuerte- esto es, si no tienes alguna clase de poder - lo más probable es que te van a avasallar. No importa que se vea feo ni que sea políticamente incorrecto, si tu agresor potencial no percibe la inminencia de una consecuencia por su agresión, más temprano que tarde serás agredido.

 

Siguiendo con esta lógica, cuando ciudadanos y ciudadanas tienen muy poca, o ninguna, fuerza para hacer valer sus derechos en la sociedad, puede predecirse que serán atropellados sistemática e impunemente por quienes detentan el poder real. Por más que se llore o se patalee, esto sucederá sin que exista tensión social. Y no puede haber progreso social, porque sin tensión no hay avance.

 

Ese es, precisamente, uno de los grandes dramas de la sociedad dominicana: la imposibilidad que enfrenta la población para convertir su inconformidad en presión efectiva frente a quienes tienen la encomienda de decidir por muchos. Quienes tienen poder – ya sea porque lo heredan o porque acceden a él a través de una elección - pueden ejercerlo sin más límites que su propia conciencia. Aparte de castigar a los que son elegidos cada cuatro años, la población civil no tiene cómo hacer que los portadores del poder se sientan vigilados. Para los que deciden, la población civil no es peligrosa.

 

Y decidir es lo que hacen. Pueden darse el lujo de hacerlo de espaldas a todos, sin freno y sin tapujos. Y sin consecuencias.

 

Un gran tema pendiente de nuestra democracia – a cuarenta y cinco años del final de la dictadura – es que la mayoría de los actores sociales permanecen ausentes y excluidos de los procesos decisorios. Son muy pocos los que tienen un puesto en la mesa donde deben confrontarse intereses y donde deben producirse los sanos tranques que obligan a soluciones equitativas.

 

Para empezar, los gobiernos y los partidos políticos constituyen las únicas organizaciones dominicanas que pueden hacer sentir su capacidad de presión y hacer avanzar sus agendas. Aparte de ellos, algunos grupos empresariales – y no nos referimos a asociaciones empresariales, que son en su mayoría ejemplo de desarticulación – tienen suficiente apalancamiento como para entrar en el juego y defender sus intereses particulares. Claro que el nombre del juego es el clientelismo, y su práctica desenfrenada y sin contrapeso explica el desmembramiento social, así como la inexistencia de políticas efectivas para cualquier cosa.

 

Por otro lado, la ausencia de representantes auténticos de los grupos de interés permite que algunos individuos se atribuyan de facto el derecho de decidir y mediar a nombre de todo y de todos. No representan oficialmente a nadie, pero cuando dicen sí o no supuestamente lo hacen en el nombre de todos los que no pueden sentarse a la mesa donde se bate el cobre.

 

Fuera de estas entidades, los demás jugadores están reducidos al rol de espectadores inermes e incapaces de influir en procesos, políticas y decisiones. La única prerrogativa que le queda a esta masa amorfa es la queja, ruidosa y constante, que sin acciones concretas queda a su vez reducida a una fastidiosa y deprimente cantaleta.

 

Desde luego, hay excepciones. Contadísimos casos de organizaciones ciudadanas, comunitarias y religiosas que en ocasiones han podido apropiarse de determinados procesos y han logrado algunos resultados a nivel local y nacional. Pero ni son suficientes los resultados, ni son suficientes los esfuerzos. Ni en cantidad, ni en permanencia en el tiempo.

 

Es importante aclarar que no pretendemos desconocer los muchos y loables afanes desplegados por organizaciones de voluntarios y fundaciones que atienden causas sociales tan válidas como urgentes. El trabajo realizado es valiosísimo y, además, muy necesitado. La limitación que enfrentan estas entidades es que, tal vez por el omnipresente prurito de evitar conflictos, casi nunca ejercen presión frente a quienes son responsables de establecer las políticas para enfrentar los problemas sociales. Trabajan mucho y bien, pero no presionan. En otras palabras, no son peligrosas.

 

Si vamos más allá de las excepciones, el panorama se oscurece y se desertifica. La mayoría de las iglesias han visto su poder de convocatoria limitado a temas religiosos. Los sindicatos y grupos profesionales están desmembrados o han caído en las garras del clientelismo partidario. Por su lado, las asociaciones empresariales, en general, son dominadas por grupúsculos que tienen secuestrada, a base de relaciones públicas y de exclusión pura y simple, la representación de sus respectivos sectores.

 

No hay que decir que la capacidad de estas entidades para ser tomadas en cuenta por quienes deciden es mínima. Hacen bulla en los medios, pero tampoco son peligrosas.

 

Si queremos salvar esta sociedad de la desintegración, los ciudadanos – trabajadores, empresarios, profesionales, vecinos - debemos movilizarnos. Deben atenderse muchísimos temas y hay muchísimos espacios que deben ser ocupados por aquellos interesados en que cada uno de estos temas sea atendido como debe ser. Y si los espacios son negados – que, sin dudas, lo serán al principio – habrá que luchar hasta conquistarlos. Porque ser buenos no es suficiente. También hay que hacer sentir la presión. También hay que ser peligrosos.

Impresora



 

 
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