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Rosario Espinal | 19 de Julio del 2012
Capitalismo desgarrado

 

En el epicentro de la crisis que registra el capitalismo desarrollado se producen dos fenómenos que desgarran el sistema. En busca de mayores ganancias, los capitalistas han retorcido reglas fundamentales de la transparencia financiera, y una consecuencia grave ha sido el debilitamiento del Estado de Bienestar que en la post-Segunda Guerra Mundial dio sustento al capitalismo avanzado.

En Estados Unidos, el boom económico de la década de 1990 tuvo como uno de sus pilares la desregulación del sector financiero que se involucró en negocios insostenibles, como los préstamos hipotecarios a personas sin capacidad de pago en medio del aumento vertiginoso de los inmuebles, que escapaba a las posibilidades de compra de mucha gente.

Además, en la primera década de este siglo, el gobierno se sobre endeudó para sostener el complejo militar-industrial en la llamada guerra contra el terrorismo. Los ataques del 11 de septiembre de 2001 ofrecieron una justificación al gobierno de George W. Bush para multiplicar los gastos militares. Afganistán e Irak descuadraron las finanzas públicas que habían sido balanceadas por Bill Clinton en la post-Guerra Fría.

Estos procesos estuvieron precedidos en la década de 1980 por una campaña que encabezó Ronald Reagan de reducción de impuestos para aumentar la riqueza de los ricos. Luego, con George W. Bush, se redoblaron los esfuerzos para reducir aún más los impuestos.

Como la política de reducción impositiva es con frecuencia bien acogida por la población, aún sea muy inequitativa, los ricos se han beneficiado ampliamente sin enfrentar una fuerte lucha de clases en medio de recortes a programas sociales para cubrir déficits presupuestales.

Para Estados Unidos, el desafío consiste ahora en cómo restablecer equilibrio en las finanzas públicas sin caer nuevamente en una recesión.

Barack Obama propone una vuelta a la situación de la década de 1990 cuando los ricos pagaban más impuestos. Los republicanos se oponen y proponen mayor reducción de impuestos y del gasto social. Esta confrontación define la campaña electoral actual.

En Europa, la situación es más compleja porque hay discrepancias internas en cada país, y también grandes diferencias económicas entre los países con moneda común.

Grecia es caso emblemático: un Estado sobrecargado de gastos para sostener un nivel de vida que se acercara a los países más desarrollados de la euro-zona. La crisis fiscal tocó fondo hace meses y ahora los griegos están sometidos a un desgarrador proceso de desempleo masivo, mayores impuestos, austeridad y la privatización acelerada de bienes públicos a favor del gran capital.

El resultado político fue, primero, un gobierno tecnocrático para imponer la receta neoliberal, y ahora, la elección de un parlamento con los mismos grupos que hace apenas unos meses no pudieron solucionar la crisis.

En España, los votantes sacaron a los socialistas en noviembre pasado, pero el gobierno conservador de Mariano Rajoy anuncia medidas de ajuste económico que desgarran las finanzas de la población con aumento de impuestas y recortes sociales.

La falta de fórmulas adecuadas para salir de la crisis mantiene a Europa en un descontento generalizado y sumamente peligroso en un continente proclive a la xenofobia, las grandes guerras y al fascismo, atado ahora por una moneda común que no encuentra el mismo sustento en Alemania que en Grecia o España.

Alemania espera mantener su dominio a expensas de otros países, imponiendo austeridad después del derroche financiado por sus bancos. Pero la desesperación de amplios conglomerados sociales que protestan en las calles se convierte en obstáculo para los ajustes tecnocráticos.

El capitalismo contemporáneo no tiene competidor externo que lo derrote, pero los problemas internos tienen actualmente un impacto desestabilizador de certezas.

Artículo originalmente publicado en el periódico HOY

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