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Rosario Espinal | 24 de Marzo del 2009
Besos y zares

Recientemente estuve en la ciudad de México, que no visitaba desde el 2000. Recordaba el Metro atiborrado, el ángel como ave fugaz que se erige en el fastuoso Paseo de la Reforma, las amplias y frondosas avenidas, el Museo Nacional de Antropología, y los exquisitos tacos de huitlacoche en tortilla azul, que se degustan en puestos populares. Pero había olvidado los besos.

 

Así es, en México abundan los besos callejeros, en una magnitud imposible de obviar y difícil de encontrar en muchas otras ciudades en la actualidad.

 

Los jóvenes se besan en las calzadas, en los parques y trenes, y en cualquier otro rincón o lugar abierto donde prendan las ganas.

 

Al pasear por Chapultepec, vi parejas tiradas en el césped como capullitos de alelí, y por momentos pensé que eran muertos arrojados en la yerba. De inmediato me dije, ¿por qué imaginar guerra si hay amor y pacifismo aún en medio de la lucha contra el narco y la violencia contra las mujeres?

 

La gente parece amarse y sentir pasión. Hacía un poco de frío y los amantes se arropaban mutuamente. Estaban ahí posando, posados y despojados en bancos de las avenidas, bajo los árboles del parque, o simplemente en alguna rotonda.

 

Recordé mi adolescencia en la República Dominicana durante la época de los 12 años del eterno caudillo, cuando se estilaba besarse en público. Eran tiempos de controles sociales y políticos, pero desafiar las normas entusiasmaba.

 

La desinhibición cuajaba en algún espacio, y la capacidad de riesgo sobrepasaba a veces el miedo. Lo personal parecía político, y la vida giraba entre el temor y el arrojo.

 

En Santiago era el Monumento. Se jugaba a las escondidas, excepto que nadie buscaba a nadie; la gente fluía y se encontraba. Igual ocurría en las heladerías, en el Capri famoso de la Calle El Sol, donde convergía la juventud que concertaba sus amores a la salida del colegio y allí proliferaban los besos.

 

En Santo Domingo era el Malecón. Parecía un hormiguero como si varios buques llegaran cada día. Unos iban caminando, otros en carro o en moto, y allí se congregaban muchos desesperados por besos. Ahora el litoral está desolado y carente de sabor humano.

 

Mientras caminaba, buscaba respuestas sociológicas: ¿Por qué se besan los jóvenes mexicanos en público? ¿Persiste la pasión? ¿No hay inhibición? ¿Es el exceso de población? ¿Por qué es escuálido el placer público en otras ciudades, en otros países? Quedé sin respuestas convincentes.

 

México es también un país atormentado por los atropellos. La violencia contra las mujeres es espeluznante. Sólo hay que citar las desapariciones en ciudad Juárez.

 

El gobierno actual militariza cada vez más el territorio en una confrontación con el narco que los mismos gobiernos han dejado crecer por años. Con relativa frecuencia aparecen cuerpos sin cabeza o cabezas sin cuerpos, y hasta un libro se publicó recientemente sobre los decapitados en México. Historias de terror que el narco usa para intimidar.

 

Azorada con los besos y cuidadosa por la delincuencia, me dirigí al Museo Nacional de Antropología, donde se presenta una exposición temporal de Rusia Imperial.

 

De manera didáctica y exquisita, se teje la historia de los zares que por dos siglos dominaron a Rusia, hasta que un día los comunistas los degollaron como hoy degüellan en México a simples mortales.

 

Hubo varias emperatrices y me encantó encontrar a Catalina II, la Grande, esa que llamaron soberana ilustrada, porque pensó que se debía educar la nación que se gobernaba.

 

Sentí los espíritus de Diego Rivera, Frida Kahlo y León Trotsky deambular por los senderos de un México atormentado por la violencia, pero rodeado de jóvenes que adornan la ciudad con besos.

 

Intensidad en los extremos encontré en el palpitar cotidiano de México.

Impresora



 

 
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