¿Qué pasó entonces? ¿De dónde nació la saña con que el electorado trató – más bien maltrató – al PLD?
Lo recuerdo bien. Como si fuera ayer. La mañana del 17 de mayo del año 2000, un grupo de periodistas abordaron al entonces diputado Reinaldo Pared Pérez. La cara del congresista era un mapa de la paliza sufrida por su partido en las elecciones del día anterior. – Este pueblo llorará lágrimas de sangre por la decisión que ha tomado – predijo amargamente, con los ojos anegados de su propio llanto reprimido.
Las cosas que pasaron después de aquel día demostrarían que el hoy presidente del Senado llevaba razón. La paradoja es, sin embargo, que los hechos anteriores a aquel momento no presagiaban el aparente castigo infligido al partido de gobierno por los electores dominicanos.
¿Fue tan malo el primer gobierno de Leonel Fernández como para justificar que el PLD recibiera en esos comicios menos votos que un PRSC que ni siquiera llevaba a Balaguer de candidato? Aún aceptando como válida la tesis de que los votos que recibió en el 1996 fueron prestados, ¿no le sirvió al PLD su paso por el poder para apalancar su crecimiento electoral? ¿Cuáles fueron los motivos de semejante fracaso?
Al observar las cosas desde fuera, es imposible ignorar la disonancia que existe entre los logros económicos de ese gobierno del PLD y el resultado obtenido en las urnas. Vamos a ver.
El período 1996-2000 se caracterizó por un crecimiento de la economía que estuvo acompañado por la estabilidad de los indicadores macroeconómicos más críticos. En esos cuatro años, la economía creció a una tasa de cerca de un 8% anual, mientras que la inflación y la devaluación promediaron respectivamente un 6.3% y un 5.8% por año. El crecimiento en el consumo de bienes y servicios fue brutal, y se hicieron esfuerzos notables – con algunos resultados loables – por remozar la provisión de muchos servicios gubernamentales.
Nada mal para un partido que se estrenaba en el poder, pensaría cualquiera. Es cierto que su candidato no era un dechado de carisma, pero el PLD tenía bastantes logros que mostrar a la población. Y sin embargo, apenas uno de cada cuatro dominicanos se mostró dispuesto a favorecer con su voto al partido oficial.
¿Qué pasó entonces? ¿De dónde nació la saña con que el electorado trató – más bien maltrató – al PLD?
Sin pretender entrar en un análisis causal profundo de la derrota del PLD en el 2000 – y aún entendiendo que las razones de un desempeño electoral son variadas y complejas – es menester señalar algunos rasgos del PLD que ya forman parte de su posicionamiento.
Para empezar, pareciera que Leonel Fernández le cae bien a una porción importante de la población – al menos así ha sido hasta ahora – pero el PLD se ocupa de caer muy mal, tanto en el resto de la población como en una gran tajada de aquellos que aprueban – o que no desaprueban – a Fernández.
Desde muy temprano en la primera administración del Presidente Fernández fue evidente el aislamiento del PLD respecto de la población dominicana. Hay que decir que este fenómeno se ha acentuado en esta segunda experiencia. Y hay que decir también que el primer mandatario se las ha arreglado – repetimos, hasta ahora – para mantener su imagen aislada de un buen número de desafueros.
No así el resto del partido. Es cierto que el ejercicio del poder trae desgaste y que no es posible gobernar sin contradicciones; pero los peledeístas aparentan tener un talento especial para validar el baldón de comesolos surgido durante su primer período. En la medida que el bombardeo goebbeliano de propaganda satura los medios con anuncios apoteósicos y crónicas baratas salidas de cientos de plumas alquiladas – hasta en las páginas deportivas de los periódicos – en esa misma medida parece crecer la mala leche de la población.
De nuevo ha olvidado el PLD que las relaciones públicas pueden vender ideas sólo cuando su falsedad no es autoevidente. Seguir proclamando virtudes al mismo tiempo que nos estrujan incoherencias inverosímiles e inéditas es una burla contraproducente. El cinismo – prohijado precisamente por el divorcio flagrante entre el decir y el hacer – le cambia el signo al intento de manipulación y profundiza aún más el malestar.
El PLD se parece a aquel mal marido, quien no aprende la lección después de que lo sacan a patadas de su casa por ponerle los cuernos a la esposa. Sabedor de que la pobre mujer no tiene alternativa – por algo lo recogió después de una temporada miserable – no hace el menor esfuerzo por comportarse con un mínimo de decoro, y vuelve a las andanzas a la primera de cambio.
La realidad del mercado político, dirá algún analista. La carencia de opciones permite la degradación impune de la práctica política. Cortedad de miras y debilidad de carácter, digo yo. Mediocridad, conformismo y desparpajo trágicos, con sabor a pérdida.
¿Cómo estará el ánimo del Presidente del Senado el 17 de mayo de 2008? Ya veremos. Si estará sonriente, por los méritos de su partido no será.