Confutatis maledictis. En la hora del Juicio final, los maldecidos están confundidos, describe el texto del Réquiem en forma dramática. Maldecidos y confundidos, esperando a ser consumidos por el fuego eterno.
Crónicamente maldecidos y mayormente confundidos. Alguien diría que es esa una descripción acertada de cómo estamos los ciudadanos y ciudadanas dominicanas. No que la vida en el país sea un infierno para todos, pero ciertamente lo es para muchos. No que estemos agorando el Apocalipsis de la sociedad dominicana, pero hay que convenir en que bien no estamos y en que bien no vamos.
Sé que muchos estarán prestos a aceptar que la historia dominicana consiste de una serie de maldiciones: tiranos, intervenciones extranjeras, luchas entre caciques, desgobiernos, terrorismo financiero y los ocasionales desastres naturales. En lo personal, no llegaría tan lejos. La noción de que los dominicanos y dominicanas estamos malditos por el destino me parece, por decir lo menos, tremendista.
Sin embargo, no se puede negar el hecho de que como sociedad estamos terriblemente confundidos, medularmente desorientados. Tan extraviados andamos que ya no distinguimos el norte del sur, ni lo correcto de lo incorrecto. Vivimos bajo la ética de la confusión.
Los roles de los actores sociales están traspapelados, y en algún lugar del camino se nos olvidaron los porqués de los sí y de los no que pronunciamos como colectividad. Nada es nada y todo pasa. En muchos frentes. Y los ejemplos sobran.
Jueces electorales que, pese a estar en sus cargos para tomar decisiones, se anulan a sí mismos y establecen precedentes perversos. Plazos que no se cumplen o se cumplen a medias. Dilación y aplazamientos que son por necesidad sospechosos. Debilidad de carácter para hacer que se cumpla la ley y someter a los actores a un orden necesario.
Candidatos que son traficantes y estafadores convictos, aupados por sus partidos como si fuera una gracia. Conflictos de interés claros más allá de cualquier confusión; como el caso de un candidato a senador que es pariente en primer grado de consanguinidad con una jueza del tribunal electoral; o el caso de un abogado que es, a la vez, funcionario público y defensor de un perseguido por el Estado.
Confusión fundamental. Debilidad institucional y enanismo ético. El que no corre vuela; y el que tiene más saliva traga más hojaldres. Lo que es igual no es ventaja y el que pestaña pierde. Un refranero completo para justificar que nadie es responsable de lo mal hecho, porque todo el mundo lo hace. Como movilizar miles de electores de un lugar a otro para secuestrar la representación local. Como utilizar recursos públicos en caravanas proselitistas, e instancias oficiales como tribunas de campaña.
Todos lo denuncian, pero todos lo hacen. El Gobierno Central utilizando para fines partidarios toda su maquinaria de alcance nacional. Los gobiernos locales, de todos los colores, haciendo lo propio al nivel municipal. Hasta el presidente de la república devalúa la dignidad de su investidura al sumarse a la fiesta; llegando incluso a violar la ley, usando el himno nacional como jingle en un spot televisivo destinado a la auto-promoción y pagado por los contribuyentes.
Y no hay consecuencias, porque costumbre hace ley; y estamos tan acostumbrados a los dobles estándares que ya los vemos como lógicos y normales.
Voca me cum benedictus, termina implorando el pecador en el Réquiem. Llámame entre los benditos. Sálvame de estas llamas. Como no creo que estemos malditos, me conformo con que nos salvemos de esta confusión. Confusión maldita, eso sí. A ver si finalmente nos ubicamos y nos vuelven a importar las cosas que nos deben importar.