Desde siempre, los gobernantes han pretendido perpetuarse en la historia con sus obras. Ya los faraones egipcios y los emperadores romanos sabían que para vencer al olvido había que ser un conquistador exitoso o un gran constructor. En las grandes ciudades del mundo, las realizaciones de quienes se empeñaron en dejar su huella marcan las épocas. Así, en París, por ejemplo, conviven en la trama urbana las visiones de los Borbones, de Napoleón y, mucho más recientemente, de Mitterrand.
A un nivel mucho más modesto, Santo Domingo también tiene sus capas de historia. En efecto, aún en medio del desorden y la falta de planificación, puede decirse que La Capital es hechura de Nicolás de Ovando, de Rafael Trujillo y de Joaquín Balaguer. Y tenemos suficientes datos para saber que ese exclusivo, si bien nada envidiable, club tiene un nuevo postulante: Leonel Fernández.
De hecho, ya Fernández tiene su propio Santo Domingo que mostrar. Con período presidencial y medio en el gaznate, y aspirando a un tercero, el Presidente ha dedicado atención y recursos a dejar un legado tangible, que va desde el Puente Juan Bosch - construido mayormente en su primera gestión - al hito urbano que representa el edificio de la Suprema Corte de Justicia, pasando por los corredores de tráfico que atraviesan la ciudad de este a oeste, con sus múltiples elevados y túneles.
Y, evidentemente, el Presidente Fernández pretende que su obra señera, la que lo ponga definitivamente en la historia, sea el Metro de Santo Domingo.
Nuestra opinión es que, ciertamente, el Metro pondrá al Presidente en la historia, pero por todas las razones opuestas.
Aclaremos de entrada que no tenemos nada en contra de los presidentes constructores. Tampoco tenemos nada en contra del progreso. Todo lo contrario. No es que no queramos una ciudad moderna. No es que no queramos soluciones de transporte. Qué más quisiéramos.
El problema es que, aún reconociendo que es válido y hasta beneficioso que un Presidente se empeñe en construir infraestructura, es evidente que el Metro es una mala decisión peor implementada.
Para establecer que es una mala decisión, sólo hay que decir que no hay una sola voz técnica autorizada que no establezca su inviabilidad. Para muestra, el botón del Banco Mundial, que se dedica precisamente a promover proyectos de infraestructura a nivel global.
Ahí comenzamos mal. El secretismo que envuelve todos los aspectos del proyecto, incluyendo los técnicos, no hace más que confirmar nuestros peores temores. Las transferencias del dinero más esencial para enterrarlo en las catacumbas, son bofetadas públicas a los contribuyentes que carecemos de los servicios más básicos.
Sólo concibiendo al Metro como el monumento que recordará a la posteridad una gestión presidencial, puede vérsele alguna virtud. Y una virtud meramente política, esto es. Una especie de Faro a Colón con ruedas.
Además de ser una mala decisión, la pobre implementación del proyecto magnifica sus efectos nocivos. Ya sea por la prisa en imponerlo o por simple incompetencia, la realidad es que los estudios necesarios para reducir los altos riesgos de la construcción nunca se realizaron. Como consecuencia, áreas enteras de la ciudad parecen zonas de guerra, y se ha acentuado el deterioro de sus ya precarios servicios.
En la práctica, el Metro es un barril sin fondo que no sólo se come el presupuesto, sino que también dejará una cicatriz imborrable en la ciudad, con secuelas de pérdidas económicas para centenares de negocios que tienen la mala fortuna de estar en la ruta de un mal entendido progreso. Un trauma urbano de enormes proporciones. Un urbanicidio.
Y cuando finalmente se termine, no se sabrá quién tendrá a quién, si la ciudad al Metro o viceversa. Los subsidios que demandará serán monumentales, tanto que habrá que desnudar muchos santos para vestir a este capricho.
Grande, malo y caro el Metro. Dañando la ciudad, daña la economía. Un resultado del absurdo que constituye ver la modernidad como un fin en sí misma, de verla como causa – y no efecto – del desarrollo social. Penosamente, un fiasco que pasará a la historia.