Los boches maternos – que vienen en todas formas y colores – pueden ser tan eficaces como los cariños y arrumacos que recibimos en sus regazos.
Una mezcla de genes y experiencias. Así llegamos a ser lo que somos. A mitad de camino entre el determinismo biológico y la tabula rasa de Locke, se van definiendo identidad, conciencia y valores.
Conocer esto es fundamental para quien asume el proceso de formación de una persona.
Esta tarea es similar, en más de un sentido, a la del escultor, quien va sacando poco a poco las formas que desea del bloque de pietra serena, al tiempo que respeta sus vetas, sus durezas y sus fragilidades.
Si el artista hizo bien su trabajo y tuvo un poco de suerte, la obra terminada tocará una fibra sensible del observador, sin que se hayan trocado las propiedades del material. Sigue siendo – en esencia – mármol, pero se parece poco al rústico bloque del cual surgió.
Como se ha dicho, de forma análoga se va esculpiendo el carácter de las personas. Esa es la misión de la paternidad responsable. Si alguien me preguntase, diría que esa misión consiste, sobre todas las cosas, en equilibrar el celo en la enseñanza de valores y principios de vida con el respeto a la libertad y a la naturaleza individual y única del vástago.
En suma, los padres y las madres tienen la preciosa oportunidad de ser los verdaderos escultores de los caracteres de los hijos y de las hijas. O, al menos, pueden ser las personas más influyentes en su formación.
Y muy especialmente las madres, si hemos de ser justos. Es cierto que a un buen padre se le quiere, se le admira, se le respeta y hasta se le imita. Pero con las madres es diferente. El lazo que nos une a ellas es mucho más poderoso. Que me perdonen los padres, pero es así.
El mío lo sabe bien, pues él tuvo un vínculo muy especial con su propia escultora. Nadie como una madre para modelar el alma.
Los utensilios de los que disponen ellas para realizar esta labor son muchos y variados. Claro que para poder usarlos, lo primero es estar presentes en todos los eventos de nuestras vidas. Esa parece ser la primera clave. Presencia perenne. En casi todos los acontecimientos de mi infancia – en los importantes y en los baladíes – mi mamá estuvo allí, jugando algún rol. Muchas veces su presencia se veía y otras no. Pero sé que siempre estuvo. No digo yo, entonces, que nos conozca a mis hermanos y a mí como nadie. Con los ojos cerrados, igual al escultor que llega al conocimiento íntimo de su mármol a fuerza de palparlo, mi madre puede trazar el mapa interior exacto de cada uno de sus hijos.
Con los instrumentos que utilizan las madres para tallarnos por dentro sucede igual que con su presencia ubicua. Algunas de estas herramientas se ven y se sienten, otras no. Pero todas cumplen su función.
Las que se ven son, en efecto, muy diversas. Una reprimenda a setenta y ocho revoluciones por minuto por aquí. Una explicación cariñosa y pausada por allá. Una mirada fulminante allí. Un abrazo consolador más allá. Ahora un pellizco tranquilizante. Más tarde una sonrisa tranquilizadora.
Son los cinceles del escultor. Unos sirven para eliminar los trozos de piedra que no se desean en la obra. Otros trabajan los detalles, acariciando la superficie hasta dejarla pulida y brillante.
La especialidad de mi madre, que crió cuatro hombres y una mujer, eran las indirectas. – Alguien debería andar más despacio en su bicicleta – dejaba caer, como quien no quiere la cosa. Las miradas se cruzaban en la mesa, entre la interrogación y la culpabilidad. Sabiéndose dueña de la situación, manejaba el suspenso con maestría. – Alguien vio a alguien montando bicicleta a una velocidad imprudente en la calle en algún confín lejano de la ciudad – decía tranquilamente entre bocado y bocado. No valía preguntar quién te lo dijo. Se dice el pecado, pero no el pecador, decía por toda respuesta. Desde luego, el comentario se nos incrustaba en los cerebelos de los ciclistas de la mesa y nos acompañaba la siguiente vez que saliéramos de correrías sobre dos ruedas.
Ejemplos de la efectividad de estos buriles visibles los hay por millones. Cada hijo y cada hija tienen, de seguro, un montón. Desde el demoledor poderío del dedo admonitorio de una madre a la consolación incomparable de su mano necesaria en nuestra frente durante una fiebre nocturna. En efecto, los boches maternos – que vienen en todas formas y colores – pueden ser tan eficaces como los cariños y arrumacos que recibimos en sus regazos. Cuando del uso de los cinceles que nos van definiendo se trata, no existen límites para la creatividad maternal.
Es, sin embargo, en el uso de las herramientas que no se ven donde está la magia. Es ahí donde, en el caso del artista, reside su no-sé-qué; lo que diferencia al tallador del escultor, al artesano del genio. Es esa sensibilidad inefable la que le permite al maestro liberar toda la capacidad de expresión aprisionada en la piedra.
Y las madres no se quedan atrás. Con tal de cumplir el cometido de criarnos como Dios manda, echarán mano a toda suerte de utilería inmaterial. Renuncia inenarrable. Paciencia infinita. Aceptación incondicional. Complicidad inmanente.
En la aplicación de todos y cada uno de estos instrumentos, mi madre ha sido más que diestra. Pero entre los cinceles invisibles, tiene uno que es su favorito indiscutible: el silencio.
Qué manera de callar tiene mi madre. Nadie calla como ella. Y nadie, al callar, dice tanto como ella. Ya sea frente al absolutismo arrogante de nuestra inexperiencia, o frente a errores de juicio de los que ella – mejor que nadie – conoce las consecuencias, mi madre sabe callar. Sólo hablará si se le pide consejo. Pero nos dejará hacer. Nos permitirá escoger nuestro propio camino. Se sentará a esperar los acontecimientos, a pesar de que el dolor que sintamos cualquiera de sus hijos por los frutos de nuestros actos ella lo sentirá como propio.
En el momento oportuno, diciendo muy poco o nada, su silencio se hará elocuente. Y entonces, sólo entonces, comprenderemos. Ganaremos perspectiva y experiencia para la siguiente ocasión. Y habremos entendido su silencio, que nos dejará, sin palabras, una lección envuelta en aceptación. Y habremos crecido. Sabia, la señora.
Así nos enseñó mi madre que, las más de las veces, el más fuerte es el que calla. Y lo demostró una y otra vez, en centenares de ocasiones. Siempre sin hablar. Es ella el poder callado de la familia. La fortaleza. El puerto seguro.
En manos de mi madre, el silencio ha sido una herramienta formidable. No he hablado sobre esto con mi hermana y mis tres hermanos, todos adultos, pero estoy seguro de que a ellos les sucede lo mismo que a mí. Cada vez que debo tomar una decisión importante, pienso en mi madre. Y en sus silencios. No lo puedo evitar.
No pienso en lo que ella diría, sino en lo que callaría. Será por eso que, lejos de ser perfectos, todos sus hijos hemos tratado de transitar por el camino recto. Será por eso que algunos comportamientos, incluso, nos parecen impensables. Será que hay silencios que no quisiéramos escuchar. Será que, en las encrucijadas, nos sabemos marcados por la escultora de nuestras vidas. Será que nos arropa la promesa de un silencio