– “Ganar no es lo mejor que hay. ¡Es lo único que hay!” – dijo el personaje de la película entre vítores, haciendo un gran énfasis en la palabra único. Vaya afirmación, pensó Vitico, sentado frente al televisor de su casa. La película, alquilada en formato de DVD, no era gran cosa, y tal vez por eso su mente empezó a divagar.
A sus treinta y tantos años, Vitico sabía perfectamente que esa frase torpedo no era cierta. Tenía experiencias de sobra que lo corroboraban. Las cosas son mucho más complejas de ahí. No son tan simples como sugiere la frasecita esa. No pudo, sin embargo, evitar recordar aquella ocasión en la que actuó como si creyera en ella a pies juntillas. Una punzada en su estómago le indicó que su cuerpo también recordaba.
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El sol estaba en el centro de un cielo claro y sin nubes. El clima le había sonreído a quienes habían elegido ese domingo de abril para celebrar la feria colegial. Hacía demasiado calor, pero eso era preferible a la lluvia.
En aquellos tiempos remotos de mediados de los años ochenta, la idea de hacer un pasadía benéfico en un colegio era muy novedosa en Santiago. Vitico era uno de los muchachos de cuarto de bachillerato que con más entusiasmo había apoyado el proyecto. Le había parecido una buena despedida, una forma de dejar una huella en el colegio.
La primera parte del día había sido un éxito. Muy buena asistencia y mucha participación en las diversas actividades. Como parte del equipo de animación del pasadía, Vitico había pasado toda la mañana al sol, en un intenso corre-corre de un sitio a otro. El mediodía había llegado y las familias empezaban a prepararse para almorzar. Estaba acalorado por las horas bajo el sol, pero él y su equipo tenían el deber de entretener a las personas para que no cedieran a la tentación de irse a dormir la siesta en el fresco de sus casas.
Le dio una lectura rápida a su programa. La siguiente actividad que tendría que animar, a la una de la tarde, sería una competencia de comer guineos en el centro de la cancha de baloncesto. A pleno sol. A quién se la habrá ocurrido semejante barbaridad, pensó. ¿Una competencia de comer guineos, bajo el sol de la una? Tendría que emplearse a fondo.
Tomó el megáfono y se reunió con Ricardo, el compañero de curso con el que compartiría la responsabilidad del peregrino concurso. – ¡Atención! ¡Acérquense a la cancha de baloncesto para la gran competencia de comer guineos! ¡Grandes premios para los ganadores! – voceó Vitico por la bocina, como un anunciador de circo.
No obtuvo respuesta. Nadie acudió al llamado. Siguió intentándolo, tratando de atraer concursantes y público, pero nadie se animaba. En cada intento fue subiendo el tono de la convocatoria. A la quinta vez, ya se le había ido la mano. – ¡Campeonato mundial de comer guineos! ¡En la cancha de baloncesto! ¡Ahora! ¡Inscriba su nombre en el libro Guinness de los records mundiales! – vociferaba.
La bulla llamó la atención de todos los que estaban cerca, que se congregaron alrededor de la cancha, pero nadie se inscribió. Sin participantes no podía haber concurso, aunque hubiera espectadores. Después de varias rondas de llamadas, finalmente se inscribió un muchachón de segundo de bachillerato, alentado por un grupo de sus compañeros. Tanta expectación había creado Vitico con sus anuncios, que la entrada del concursante arrancó aplausos de los curiosos y envalentonó al competidor. Parecía que el muchacho se había creído lo del récord mundial.
Ahora Vitico tenía un problema. Una multitud animada con un concurso que tenía un solo participante. El colmo del anticlímax. Consultó rápidamente con Ricardo, y ambos estuvieron de acuerdo en que declarar al muchacho ganador con sólo comerse un guineo sería un fiasco. Y, claro, declarar el concurso desierto sería uno aún mayor.
De pronto Ricardo tuvo una idea que haría el concurso más interesante. Se la susurró rápidamente a Vitico. Sería genial si le anunciaran al público presente que el propio Vitico renunciaría a su rol de animador para defender el honor del cuarto de bachillerato en la lucha por el título de mayor comedor de guineos del mundo. El argumento de Ricardo era que la clave para aumentar el suspenso del concurso era convertirlo en una competencia entre cuarto y segundo de bachillerato.
Antes de que Vitico pudiera preguntarle porqué tendría que ser él – y no Ricardo – el que se metiera a competir en el concurso, ya su compañero le había quitado el megáfono de las manos y empezó con el pregón: – ¡Señores y señoras! ¡Tenemos un importante anuncio! ¡Nuestro animador estrella ha decidido dar la cara por su curso y será el contendor por el título de campeón mundial de comer guineos! ¡Una gran bienvenida para Viticooo! – gritó Ricardo a voz en cuello.
La multitud prorrumpió en aplausos. Un pequeño grupo de sus compañeros de curso se acercaron con intención de animarlo. Vitico quiso decir algo pero ya era tarde. Ni modo. Todo por el espectáculo. Fue a sentarse en su silla, frente a una mesa literalmente llena de guineos. Del otro lado de la mesa estaba su rival, listo para comenzar.
Ricardo explicó las reglas por el megáfono. Los concursantes deberían comer los guineos uno por uno para que pudieran ser contados. El primero de ellos que no pudiera continuar le daría la victoria a su contrincante. Parecía fácil. Ricardo pidió un último aplauso para los aspirantes al récord mundial de ingestión de guineos y dio inicio a la competencia.
Los primeros guineos fueron fáciles para los dos aspirantes al título. Al tercer guineo, a alguien se le ocurrió corear los números. ¡Cuatro! ¡Cinco! Vitico y el muchacho de segundo parecían decididos a llegar hasta donde fuera necesario con tal de darle el triunfo a su curso. ¡Ocho! ¡Nueve! Ricardo narraba las incidencias con tantos detalles como hipérboles.
Al decimosegundo guineo, Vitico se hizo consciente del calor y empezó a sudar a mares. En su mente maldijo a quien decidió poner el concurso en el sol. Pensó en renunciar, pero no quería defraudar a sus compañeros. Su oponente parecía fresco como una lechuga. Tendría que seguir.
¡Dieciséis! ¡Diecisiete! Ahora era el muchacho de segundo que estaba sudando. Ambos contendientes hicieron una pausa para tomar aire. No podían levantarse de sus sillas, porque las reglas lo prohibían. El escándalo de Ricardo y la expectación que creaban los coros con los números atrajeron todavía más gente alrededor de la mesa, lo que – si era posible – aumentaba el calor.
Al guineo veinte Vitico se sintió desfallecer. Siguió sudando copiosamente, pero esta vez era un sudor frío. Hacía varios guineos que empujaba el último con el siguiente. No podía más. Hizo ademán de abandonar, pero Ricardo se lo impidió. Le lanzó una mirada llena de significado: ¿te vas a dejar ganar por un muchacho de segundo de bachillerato? Vitico decidió seguir. No sabía por cuánto más.
Después de veinticinco guineos, los nombres de los concursantes sustituyeron a los números en los coros de los parciales de cada curso. Los de cuarto de bachillerato eran más numerosos que los de segundo. – ¡Vitico! ¡Vitico! – gritaban y aplaudían rítmicamente a su alrededor.
Los competidores se miraban uno al otro fijamente, acechando la menor señal de debilidad. Pero ninguno de los dos cedía. Las pausas entre guineo y guineo se hicieron más largas. Al guineo número veintinueve, Ricardo tuvo la brillante ocurrencia de preguntarle a cada participante “¿Te rindes?”. Como era de esperar, la respuesta no provino de los que estaban fajados tragando guineos, sino del grupo de sus parciales: – ¡Nooo! – gritó cada coro.
Treinta. Ese lo sintió en el cerebro. Treinta y uno. Esto no podía ser posible. ¿No había una ley física que establecía la impenetrabilidad de la materia?, deliró Vitico. Se le fue el alma al piso cuando vio que su rival, con mucho trabajo, bajó el guineo treinta y dos. Vitico lo igualó a duras penas.
La pausa esta vez fue larga. Ricardo aprovechó para acentuar el dramatismo del empate. – ¡Increíble, señoras y señores! ¡Ambos concursantes se han comido treinta y dos guineos! – informó. También dijo, más bien inventó mientras hablaba, que para adjudicar el récord mundial tenía que haber un ganador. No podía haber empate.
Vitico quiso matarlo. No tenía más remedio que seguir – aunque no sabía cómo – si no quería verse derrotado después de tanto sacrificio. Peló el guineo y lo puso frente a él. Su contrincante hizo otro tanto. Los dos estaban bañados en sudor.
Vitico cerró los ojos y empezó a morder. No abrió los ojos hasta que terminó, pensando en cualquier cosa menos en el calor que hacía y en lo que estaba haciendo. Todavía tenía los ojos cerrados cuando escuchó una gran algarabía. Los abrió apenas a tiempo para ver cómo su competidor se rendía. Ricardo pareció enloquecer.
– ¡Tenemos un ganador! ¡Tenemos un nuevo récord mundial! ¡Treinta y tres guineos! ¡El ganador, de cuarto de bachillerato, Viticooo! – exclamó Ricardo mientras hacía ademán de levantar el brazo de Vitico como si fuera un luchador. Vitico estaba tan empachado que no soportaba que lo tocaran, mucho menos levantar el brazo. Esta vez fue él quien le dio a Ricardo una mirada significativa que el otro entendió al instante: me topas y te ahorco.
Entre gritos y aplausos, a Vitico le entregaron sus premios. Un frasco de sazón y una camisa tan estrecha que no le quedaba ni siquiera antes de comerse los guineos. Lo dicho: todo por el espectáculo, porque por los premios no era.
La bulla se disipó rápidamente y la multitud se dispersó hacia otras actividades. Vitico se quedó sentado en medio de la cancha, bajo el sol, con el frasco de sazón en una mano, la camisa en la otra y treinta y tres guineos entre el pescuezo y la cintura.
Ahí mismo terminó el pasadía para él. Tuvo que irse a su casa, más que a disfrutar de su pírrica victoria, a sufrir las consecuencias del empacho. Esa fue la última vez que le puso la mano a un guineo.
***
No es cierto que ganar lo es todo, reflexionó Vitico mientras la película seguía con sus personajes de cartón y su realidad plastificada. Es muy complicado. Comerse treinta y tres guineos para ganarse un frasco de sazón y una camisa que nunca usó. Por no decir que le dio una indigestión que casi no lo cuenta. ¿Valió la pena?, se preguntó. Tal vez no.
Entonces resonó en sus oídos el coro de sus compañeros en aquel caluroso mediodía de hacía más de veinte años: “¡Vitico, campeón! ¡Vitico, campeón!”. Sonrió sin quererlo. Y sonrió un poco más cuando recordó que su rival se comió treinta y dos guineos y no ganó nada, aparte de la indigestión.
Es complicado. Ganar no es lo único, pensó. Pero mejor que perder sí es, concluyó.