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Paulo Herrera Maluf | 14 de Agosto del 2006
Los signos de los tiempos

Parece que ya comenzó. Al menos, las señales así lo indican. Es el destino, ineludible en apariencia, de los que portan el poder absoluto: en ausencia de contrapeso, termina ese poder volviéndose en contra de ellos y de toda la sociedad. Rápidamente. Implacablemente.

 

Interpreto que, a partir de ahora, se acelerará el deterioro del liderazgo del partido de gobierno. Un liderazgo que es tan indiscutible como válido, pero que comienza a resquebrajarse aún antes de empezar a operar oficialmente su mayoría en el primer poder del Estado.

 

¿Cuál es el porqué de esta interpretación? ¿Cuáles son las señales que me llevan a esa conclusión?

 

Los antecedentes hay que buscarlos en las contradicciones en las que, casi desde el inicio del presente período presidencial, el gobierno del Presidente Leonel Fernández incurrió respecto de varios temas supuestamente muy importantes en su agenda. Cierto que no es nada realista esperar una ausencia total de contrasentidos en una administración conformada, al fin y al cabo, por seres humanos. Cierto que muchas veces la realidad política impone la disonancia entre lo que se desea y lo que se puede.

 

Pero también es cierto que la naturaleza y el calibre de estas contradicciones, especialmente las que se han conocido en los últimos meses, sugieren una tendencia malsana. Ejemplos de ello son los contratos enviados por el ejecutivo al Congreso, incluyendo uno que favorece a quienes hicieron al Presidente un regalo de considerable valor material y simbólico, a pesar de sus reiterados pronunciamientos de adhesión a la Convención Interamericana contra la Corrupción.

 

Otra muestra es la contradicción en cuanto al mecanismo de reforma constitucional. La prédica de la Asamblea Constituyente como “genuina expresión de la democracia”, que se mantuvo por tres programas de gobierno del Partido de la Liberación Dominicana, no resistió la prueba del oportunismo político. No bien se hizo evidente la variación en la composición del Congreso, el Presidente cambió su postura hacia una consulta popular supuestamente “menos traumática y más democrática”.

 

Hasta ahí han sido sólo antecedentes. Inconsistencias explicables – aunque no justificables – por el juego político. Inconsistencias que, en la realidad práctica, tienen un costo político moderado.

 

Pero entonces llega la madre de las incongruencias. Aquella que constituye en sí misma una alarmante señal: la feria conmemorativa del inicio de la “era del progreso”, con sus manifestaciones desaforadas de adulación y culto a la personalidad que echan por tierra el discurso de austeridad del Presidente y llevan la autopromoción a un paroxismo ridículo.

 

La extravagante celebración ha causado expresiones de incredulidad y asombro, aunque no precisamente por el alcance de los logros presentados en la exposición, sino por lo rocambolesco del derroche de dinero y de capital político en semejante barbaridad. Y he ahí el meollo.

 

Lo grave no es la contradicción que esta feria representa, sino la percepción que tienen los que la han promovido y ejecutado de que algo tan absurdo es una manera inteligente de vender la imagen del Presidente y su gobierno. Apegarse al absurdo es un síntoma inequívoco de desconexión con la realidad, algo que sucede a todo aquel que se embriaga de poder. Se comienza por desligarse del mundo real y se termina por incomprender sus relaciones causa-efecto. Ni más ni menos, el comienzo del fin.

 

El delirio supra-real del partido de gobierno constituye, pues, la primera razón para augurar el descalabro de su liderazgo. Hay que esperar más de lo mismo en el futuro inmediato. Más decisiones ilógicas desde la opacidad de la enajenación.

 

La segunda razón es la debilidad de la oposición, que permite que el oficialismo se encapsule en sus desvaríos. Además, el desgaste natural que trae consigo el ejercicio del poder no deja de ser un factor. Sumadas las tres, se trata de una combinación explosiva.

 

Poco importa que las encuestas muestren que la figura del Presidente tiene vida propia en las mentes dominicanas, al margen de los desaciertos de su gobierno. Más temprano que tarde, la desilusión se impondrá y será sólo la fragilidad de la oposición la que quizá permita al PLD permanecer en el poder más allá del 2008. Una triste consolación, sin dudas.

 

Me parece pertinente aclarar que esta reflexión y sus conclusiones no me producen ningún solaz. Por el contrario, me resultan bastante dolorosas. Cuando un liderazgo válido se desintegra, el valor social que lo acompaña se pierde para siempre. No hay forma de recobrarlo, ni de transferirlo. Sólo queda un vacío.

 

Una eventual pérdida de credibilidad por parte del PLD, del Presidente Fernández o de ambos, representa un empobrecimiento político para toda la sociedad dominicana, que si sucediera en el corto plazo produciría un desierto de liderazgo de consecuencias imprevisibles. Ese es el gran peligro y, a la vez, la gran responsabilidad del Presidente Fernández y del partido morado.

 

Mientras, el gobierno calla. Mutismo elocuente, que pretende decir que saben lo que hacen. Que tienen todo bajo control. Pero al callar, otorga. Y deja escuchar un estruendo. Es el sonido del capital político destruyéndose. El sonido de la credibilidad viniéndose abajo.

Impresora



 

 
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