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Ramon Tejada Holguin | 25 de Agosto del 2005
Eterna búsqueda del paladín

 

En medio de la sumisión moral que se riega cual mancha de petróleo indetenible y depredadora de la ecología social hay quienes se preguntan y con razón: ¿Cómo se puede construir un nuevo liderazgo que abra las puertas para la edificación de una democracia con mecanismos de participación institucionalizados?

 

¿Cómo construir un liderazgo que nos permita establecer con claridad el hacía dónde vamos como nación y llevar a feliz términos las reformas institucionales necesarias para evitar que sigan primando las voluntades personales y particulares por encima de las necesidades nacionales? O como diría el eminente filósofo mexicano Roberto Gómez Bolaños, creador del Chapulín Colorado: Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

 

Quizás el problema es que la gente está buscando un quién, un iluminado que diga exactamente lo que hay que hacer. Alguien que anule las voluntades y se haga el máximo responsable. Un carismático guía tras el cual ocultar nuestras propias mezquindades y cobardías.

 

Los recién pasados procesos de elección internas de los partidos revelaron que ninguno de ellos escapa al clientelismo, al intercambio de apoyo por favores, a la mercantilización de la movilización política. Lo más fácil es buscar culpables físicos,

 

personificar la culpa da tranquilidad a ciertas almas sensibles.

 

Pero la verdad monda y lironda es que las convenciones mostraron que entre las dirigencias y la militancia existe una relación simbiótica marcada por el "dame lo mío ahora", que yo apoyo tus apetencias y "dame lo mío después" para yo volver a apoyarte, y si no me das lo mío me cambio de bando.

 

En otras palabras no hay autentico liderazgo capaz de jugársela por una idea o visión del mundo, capaz de apostar por la construcción de lo nuevo, capaz de decir no a la práctica política tradicional, pero hay que hacerlo. No hay líderes y hay gente que se deja llevar por la corriente, por el look y lo superficial.

 

Hay gente que mira al pasado buscando un caballero andante, pero que no sea tan loco como el Quijote. Quizás por esa búsqueda de un paladín es que la renovación del liderazgo político se evidencia como una jacarandosa vuelta al pasado caudillista y hatero. Hay desconcierto en otras gentes. Es multicolor la ciudadanía pero la dirigencia no lidera sino que apuesta al monocromatismo. ¿Existe?
A pesar de que según las Demos el noventa por ciento de la ciudadanía piensa que nuestro país necesita una nueva generación de dirigentes con ideas modernas, eficientes y no personalistas.

 

¿Quiénes dentro de la ciudadanía y la dirigencia política hacen algo por construir ese liderazgo institucional y necesario?

 

Lamentablemente cada vez es menor el peso de las débiles instituciones dominicanas, mientras que el poder personal crece de manera asaz vertiginosa. Sí, nada ha sido más dañino para el país que los liderazgos personalistas y avasalladores. Pero, no olvidemos que el liderazgo construido a sangre y fuego, tiene pies de barro y,
cuando se deja de tener la capacidad de movilizar grandes cantidades de recursos, cae cual enorme mole de lodo que sucumbe ante movimientos inesperados de quienes se creen están amordazados.

 

Parece que nos hemos olvidado que Hipólito es un ejemplo... un gran ejemplo de lo que no se debe hacer. La Gallup lo coloca como uno de los más impopulares políticos y hace apenas cinco años ganó abrumadoramente las elecciones presidenciales. Se creyó que era el líder buscado, le dio la espalda a la gente y cayó sobre sus pies de
barro. Pero, si el eterno retorno existe se evidencia en ese intento de todo líder dominicano de colocarse las botas de Bonaparte, de Luis no de Napoleon, algo que sólo Balaguer logró, en otra época, otra sociedad, otra ciudadanía. Hay moraleja en todo esto: ¿se entiende?

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