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Paulo Herrera Maluf | 14 de Marzo del 2007
En nuestro propio aceite

El otro día fui testigo de una discusión entre amigos acerca de la naturaleza del capital social. La conclusión fue muy lógica: el capital social en sí mismo no es un facilitador automático del desarrollo. Es aquel capital social que apuesta por la democracia y que se organiza a favor de ella – aún sea desde una válida perspectiva de defensa de un interés específico – el que provoca el real avance de las sociedades.

 

Concluían mis amigos y amigas que sin esa conciencia de compromiso democrático, el capital social puede convertirse en una verdadera retranca para el desarrollo. Los ejemplos de esta realidad son muchos y variados. Como muestra, tenemos las expresiones de capital social que constituyen las redes personales, familiares o tribales que funcionan en base al clientelismo público o privado, en desmedro de los intereses colectivos o de las prácticas de buen gobierno. Igual sucede con aquellos grupos sociales que, con plena conciencia o sin ella, operan con criterios de dominio, de exclusión o de imposición de determinados valores sobre el resto de la sociedad.

 

En otras palabras, el capital social que nos hará avanzar no sucede de forma espontánea. Debe ser construido con responsabilidad, tenacidad y conocimiento de causa. De otra forma, terminará volviéndose en contra del desarrollo y a favor del atraso de todos.

 

Con el crecimiento económico puede trazarse un paralelismo casi exacto.

 

De entrada, es sabido que el crecimiento económico es una condición necesaria para el desarrollo. Pero también es evidente que crecimiento económico y creación de riqueza no son necesariamente sinónimos. Como bien nos dicen los sucesivos reportes de desarrollo humano, se puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, ahuyentar al desarrollo.

 

Ni más ni menos, eso es lo que hemos estado haciendo en las últimas décadas en la República Dominicana. A estas alturas, esto deberían saberlo muy bien los representantes del Estado, ya sean elegidos o nombrados, que, con más astucia política que candor, presentan las cifras de crecimiento económico con bombos, platillos y un sentido de epopeya milagrosa. Vamos muy bien, nos dicen.

 

Claro que presentar sólo la buena cara del panorama es parte normal del juego político. Algunos interesados dirán, incluso, que es un logro que haya por lo menos una buena cara que mostrar. Eso lo entendemos. Y lo hacemos incluso cuando sabemos muy bien que los indicadores cuyo crecimiento se presenta como parte del milagro significan muy poco en términos de desarrollo.

 

Pero cuidado. No nos podemos conformar con explicar el discurso oficial como parte de una, por demás, comprensible estrategia política partidaria. Y es que estamos hablando de crecimiento de dos dígitos del Producto Interno Bruto. Ciertamente, un crecimiento brutal.

 

Para ser considerado una contribución al desarrollo integral de la sociedad dominicana, este enorme incremento de la actividad económica debería haber traído consigo efectos que no se están viendo. La ausencia de avances sociales que acompañen a la expansión económica no es sólo frustrante, sino preocupante.

 

Volvamos por un momento al paralelismo con el capital social: ¿Capital social para qué? El que no ayuda a avanzar, nos mantiene atrasados. Por tanto, ¿crecimiento económico para qué? De igual manera, el crecimiento que no produce desarrollo social auténtico, sólo profundiza la pobreza.

 

En efecto, las evidencias sugieren que, en vez de contribuir para reducir la pobreza, el crecimiento económico dominicano ha fortalecido las tenazas del subdesarrollo. Los indicadores promedio mejoran, pero no se reduce la dispersión alrededor de ellos. Por el contrario, la distancia entre los que tienen – recursos, servicios, oportunidades – y los desprovistos de todo no hace más que ensancharse.

 

Entonces, parece que avanzamos. Pero sólo lo parece.

 

Una consecuencia indiscutible de este sostenido crecimiento es que el Estado dominicano ha dejado de ser aquella entidad paupérrima e indiferente del pasado, para pasar a ser la fuente de recursos por excelencia de todo el sistema social, político y económico. Así está supuesto a ser. Sin embargo, este fortalecimiento financiero del Estado sólo ha conseguido apretar el nudo en las gargantas de los excluidos de siempre y de los que están fuera del juego de repartición del botín nacional.

 

En ausencia de estrategias de desarrollo, de políticas sociales, de mecanismos transparentes e institucionales para la asignación de los recursos del erario y para el seguimiento a la aplicación de los mismos, el absurdo se impone como norma. No hay ni que poner ejemplos. De hecho, la única garantía que puede tener la ciudadanía de lo que sucederá con los recursos entregados al Estado es que se usarán contra ella.

 

Una paradoja maldita. ¿Crecimiento económico para qué? ¿Para hacernos prisioneros de una abundancia mal entendida y peor manejada? No solamente es que este crecimiento económico no produce los efectos deseados. Es que sin tener cómo dirigirlo, terminará convirtiéndose en nuestra perdición.

 

Es un problema de este gobierno, de los anteriores y, si Dios no mete su mano, de los que vendrán. Si no hacemos algo grande y pronto, será el propio crecimiento económico que generamos y los propios recursos que ponemos en manos del Estado los que nos aniquilarán.

 

Como un grasiento trozo de tocino en una sartén caliente, terminaremos cocidos en nuestro propio aceite. Víctimas de nuestra propia abundancia.

Impresora



 

 
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