¿O coyuntura institucional? Contradicción de términos, como quiera que se ponga. Mientras lo institucional evoca estabilidad, permanencia y resiliencia frente a la volubilidad de las circunstancias; lo coyuntural es sinónimo de inmediatez y sugiere sentido de oportunidad y oportunismo.
Ahora que el Ejecutivo y el Congreso aceleran para dirigir el anunciado proceso de transformación institucional del país, el momento es propicio para reflexionar acerca de la dirección que tomarán los cambios. ¿Se impondrá la noción de lo nacional, por encima del cálculo político de corto plazo? ¿Serán capaces los que dirigirán el proceso de trazar una frontera entre la creación de una base institucional robusta y el acomodamiento de los espacios de poder a sus intereses grupales?
Veamos el caso de la reforma a la Constitución, que es el tema más general y de mayor jerarquía de todos. Existe un sentir casi unánime acerca de la necesidad de una adecuación integral de la Carta Magna a la realidad actual del país y del mundo. Puede decirse, incluso, que es éste un viejo anhelo de aquellos actores políticos y sociales que se sienten comprometidos con el avance institucional de la República Dominicana.
En cuanto al mecanismo idóneo para la reforma, la historia es ligeramente diferente. Hasta hace unas pocas semanas, había consenso de que lo apropiado es la Asamblea Constituyente. Así fue hasta que en el asunto asomó su cabeza encapuchada el fantasma de la coyuntura. El partido de gobierno rompió filas con esta idea y prefirió sacarse de la manga una consulta popular para, según dicen, democratizar el cambio constitucional.
Sin embargo, aún dándole al oficialismo todo el beneficio de la duda, y siendo constructivo y abierto frente a su posición, es imposible ignorar la vocecita que cambia “democratizar” por “controlar” en el enunciado anterior. No digo que una consulta democrática desde la recién estrenada mayoría no pueda llevarse a cabo, pero vaya si es difícil de tragar.
A todo esto, algunos actores han opinado que el fondo y el contenido son más importantes que el cómo se aborda la reforma. Otros, en cambio, pensamos que la forma es parte integral del fondo; que si se quiere relanzar el país institucionalmente, no debiera haber espacio para dobles estándares.
Los que así pensamos no decimos que la Constituyente es el mecanismo perfecto. Ni que garantice la democracia del proceso en un ciento por ciento, aunque retumben en nuestros oídos la calificación de “genuina expresión de la democracia” que le otorgaba a la Constituyente el programa de gobierno del partido oficial.
Es cuando repasamos los argumentos que se presentan para justificar la consulta popular como sustituta de la Constituyente, que tenemos que concluir que se trata de la coyuntura echando un pulso con el proceso mismo de institucionalización. Veamos.
Algunos dicen que la Constituyente es traumática y que no está prevista por la Constitución actual. Y respondemos: la consulta popular tampoco lo está; lo que está establecido es la Asamblea Revisora, mecanismo tan frágil y denostado en el pasado como conveniente para el partido de gobierno en la presente coyuntura. Esto siempre se ha sabido, y saberlo no fue óbice en su momento para que se construyera un acuerdo amplio alrededor de la idea de la Constituyente. ¿Qué ha cambiado ahora?
Nos argumentan: la Asamblea Constituyente es apropiada para cambios dramáticos en el orden democrático y ese no es nuestro caso. Y contestamos: claro que sí lo es. La Constitución que tenemos es en esencia la de 1966, con un par de parches en el 1994 y en el 2002. Ese documento fue el producto de un momento histórico particular. Nada más oportuno que un verdadero replanteamiento de la democracia que queremos en el marco de una Constituyente.
Como argumento final, nos dicen: la consulta popular, sin Constituyente, es lo que va. Y son lentejas. Las tomas o pasas hambre. Y no las dejes, porque después de todo la consulta es una concesión del Gobierno, ya que éste tiene el poder para imponer la reforma a su mejor conveniencia. Y respondemos: ¿concesión? ¿A dónde está el espíritu democrático de la propia consulta? ¿Qué institucionalidad se puede construir desde el apego a un poder que es, sobre todas las cosas, circunstancial?
si quedaba duda de cómo lo coyuntural tiñe lo institucional, sólo hay que destacar lo siguiente. Nadie discute que la figura de la Constituyente debe estar presente en la nueva Constitución. Si el mecanismo es suficientemente válido para los cambios futuros a la Carta Magna, ¿por qué no lo es para la reforma actual?
No ignoro lo difícil que es sustraerse de la coyuntura. No desconozco la naturaleza del poder. Si lo coyuntural ha logrado invadir la decisión de cómo proponer la reforma, hay que esperar que lo hará en los asuntos álgidos del contenido de la discusión institucional, incluso más allá de la reforma constitucional.
Cómo pueden verse afectados estos temas será tema de otros artículos. Mientras tanto, nos tocará ser testigos de cómo el compromiso con la institucionalidad se mediatiza por el pragmatismo político de corto plazo. No en vano dijo alguien que donde te paras depende de donde te sientas.