Dentro de la estructura del Estado Moderno, el Poder Legislativo es considerado el de mayor importancia por cuando es el que representa la soberanía del pueblo, fuente de todo poder y autoridad, y porque es el encargado de aprobar las leyes que debe aplicar el Poder Ejecutivo y conforme a las cuales debe juzgar el Poder Judicial. Dentro del Poder Legislativo, en los sistemas que tienen dos cámaras, a la de los Diputados se le considera la de mayor representatividad porque sus miembros son electos con relación a los ciudadanos que viven en las demarcaciones que representan. Así las cosas, entre los tres poderes del Estado, el Legislativo es el superior, y entre las dos cámaras, la de mayor representatividad es la de los Diputados. El pasado sábado pudimos ver, en vivo y directo, un espectáculo en la Cámara de Diputados que hay que catalogarlo, por lo menos, de deprimente y preocupante. Deprimente porque pudimos presenciar el comportamiento de los representantes que hemos electos para que tomen en nuestro nombre las decisiones más importantes sobre el presente y futuro del país. Preocupante, además, porque detrás de lo que sucedía en la Cámara de Diputados estaban actuando nuestros partidos políticos y todo el liderazgo político nacional.
Lo sucedido el pasado sábado en la Cámara de Diputados es una muestra de cómo se practica la política en nuestro país; de lo que se es capaz de hacer para retener el poder, o para lograrlo; la debilidad de nuestras instituciones políticas y el proceder que el liderazgo político entiende que es el adecuado. En los días previos a la sesión donde se elegiría el bufete directivo de la Cámara, habíamos visto que para evitar “deserciones” se tenía que “encerrar” a Diputados y familiares en un hotel; también las diligencias que se hacían para lograr mudar lealtades y compromisos adquiridos con alguno de los candidatos. Ya en la sesión pudimos apreciar desde sabotaje al servicio eléctrico, choques verbales y físicos entre Diputados, hasta la ocurrencia de disparos. Al final se impuso, no la mejor propuesta de un programa legislativo, sino la alternativa que fue capaz de enfrentar con éxito las travesuras realizadas por la contraria. Lo que estaba en juego, y lo que finalmente dio el triunfo, fue la capacidad de poder contrarrestar lo que era capaz de hacer el oponente. Conociendo las travesuras que son capaces de llevar a cabo sus propios compañeros, y los opositores a los que se habían unidos, el triunfo debía ser para quien pudiera saber cómo vencerlos, y estar dispuesto a hacerlo.
En el artículo del jueves pasado presentaba algunos hechos que se habían producido y que por su truculencia se debían considerar como insólitos. Lo del sábado desborda lo insólito para inscribirse en lo deprimente y vergonzoso. En la entrega del domingo hacía un llamado a no renunciar a la esperanza y a recurrir a la cólera cuando se hacía difícil mantenerla. Como la cólera es amiga de la esperanza, después de los sucesos en la Cámara de Diputados, solo nos queda la cólera para poder mantener la esperanza.
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