Marcos Corazón de León
Paulo Herrera Maluf - Clave Digital, 21 de agosto 2007  

Marcos Díaz y su corazón lo lograron. Con su símbolo y su mensaje a cuestas, y tras sacrificios indecibles, nadaron hasta su meta. Y lo hicieron por ellos mismos y por nosotros.

(Quién dijo que todo está perdido Yo vengo a ofrecer mi corazón - Fito Páez) Cuando lo ves, lo primero que te sorprende es su tamaño. Los nadadores de alto rendimiento que estás acostumbrado a ver son tipos altos y fornidos. Él no es ni una cosa ni la otra. De estatura mediana y de cuerpo enjuto – su peso de entrenamiento apenas supera las ciento cincuenta libras – el físico de Marcos Díaz pasaría desapercibido en una multitud.

Entonces piensas en las hazañas impensables que ha logrado, y tienes que concluir que este muchacho es todo corazón. Ciento cincuenta libras sólo de voluntad y coraje. Denuedo y determinación de los pies a la cabeza.

Sólo así puedes explicarte que haya sido capaz de hacer lo que ha hecho. Primer caribeño en cruzar a nado las gélidas aguas del Canal de La Mancha. Dueño del récord mundial para el doble cruce – cuarenta y cuatro kilómetros en condiciones extremas – del Estrecho de Gibraltar. Varias veces ganador de competencias de ultra-distancia en Grecia y Estados Unidos y poseedor de varios récords regionales. Campeón en la competencia de nado más larga del mundo, los ochenta y un kilómetros en el río Bhagirati de La India.

La mayoría de estas pruebas son, en efecto, inconcebibles para el común de los mortales. Requieren de una tenacidad que está en el límite de lo humano para soportar el castigo físico y mental que entrañan. Marcos Díaz y su corazón de seis arrobas no sólo han navegado por esas aguas – reservadas para un selecto grupo de atletas excepcionales a nivel global – sino que lo han hecho con un éxito rotundo. De hecho, Marcos Díaz logró prácticamente todo lo que se podía lograr en el deporte emergente del nado a ultra-distancia.

Pero un corazón tan grande necesita grandes montañas para escalar. Curtido por los obstáculos que ha sabido vencer en su carrera – tanto dentro del agua como fuera de ella – Marcos, literalmente, se ha inventado varias montañas. No en vano tiene todas las características de un atrevido de marca mayor.

Así surgió en el 2006 el atrevimiento, nunca antes intentado, de nadar los cincuenta kilómetros desde Boca Chica al Malecón de Santo Domingo. Y así surgió la más reciente frescura de Marcos, también sin precedentes. Nada menos que darle dos vueltas a la isla de Manhattan, duplicando así uno de los maratones de nado a ultra-distancia más difíciles del mundo. Noventa y dos kilómetros, la mitad de ellos a contracorriente, a ser cubiertos en más de veinte horas de nado.

Inaudito. Equivalente a la distancia del Parque Independencia al puente sobre el río Cumayasa, pocos kilómetros antes de La Romana. Equivalente, sin tomar en cuenta las condiciones adversas, a cruzar una piscina olímpica 1,840 veces. Y con las condiciones adversas – de corriente, temperatura, nocturnidad y turbidez del agua – una pesadilla difícil de imaginar.

Pero esos son Marcos Díaz y su corazón. Cuando me fui a dormir la noche del sábado 18 de agosto, no pude evitar pensar que, justo en ese momento, Marcos estaba nadando por las oscuras aguas del Harlem River, en ruta a completar su primera vuelta alrededor de Manhattan.

Todo un símbolo. Enfrentarse a la noche para alcanzar una meta. Como aquellos guerreros medievales que velaban sus armas por toda una noche para ganarse el derecho a ser nombrados caballeros. Exorcizar los demonios del miedo y el cansancio para templar el espíritu y hacerse dignos de la victoria.

Y todo un mensaje el que acompaña al símbolo. Un mensaje que los dominicanos – los de aquí y los de allá – necesitamos escuchar más que nunca. El triunfo – incluso aquel que luce improbable – es posible. Pero no es ni fácil ni gratuito. Requiere entregarlo todo, olvidar los atajos y las respuestas fáciles y lanzarse a la brega sin cuartel y sin reservas.

Solo así avanzaremos. Solo así venceremos los dragones que nos aterran y nos alienan. Con semejante actitud, las caídas y los fracasos – inevitables para quien se arriesga a plantearse grandes desafíos, si bien por ello no menos dolorosos – son simples hitos en la ruta hacia el objetivo final.

Marcos Díaz y su corazón lo lograron. Con su símbolo y su mensaje a cuestas, y tras sacrificios indecibles, nadaron hasta su meta. Y lo hicieron por ellos mismos y por nosotros.

Por ellos mismos, porque la razón de ser de un corazón es entregarse, porque abandonar la lucha a medio camino no era una opción.

Y también por todos nosotros. Por aquellos de nosotros que dejaron de creer, que se rindieron, que ya no tienen fuerzas para seguir. Y por aquellos de nosotros que siguen teniendo fe en el mañana y se levantan cada día a construirlo, que siguen enfrentando a gigantes en lucha desigual, que se atreven a soñar que pueden hacer lo que otros proclaman que no puede hacerse.

No hay palabras que puedan agradecer el esfuerzo increíble de Marcos Díaz. Las mejores maneras de hacerlo pasan por asumir su mensaje y por acoger, con el mayor respeto, su extraordinaria entrega como lo que es: una gran ofrenda.

 

Paulo Herrera Maluf
p.herrera@coach.com.do

21 de agosto 2007