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En el nombre
del padre “Disculpe que lo moleste a esta hora, Doctor, pero necesito sus servicios” – comenzó a explicar el visitante. Calló sin saber cómo continuar. El Doctor sintió que debía decir algo. La chicharra del timbre de la puerta hizo saltar al joven doctor de su cama. Quién será a estas horas, pensó mientras se enfundaba en su bata y se ponía sus espejuelos. Nada bueno debía ser. Calculó que sería como la una de la mañana. Salió a tientas de la habitación. El timbre sonó de nuevo. Se preguntó qué clase de emergencia sería, que no habían usado el teléfono. Estaba acostumbrado a atender casos nocturnos, pero casi nunca iban a buscarlo en persona. Se dirigió a la puerta de la casa. Mientras sorteaba las mecedoras de la sala, recordó los acontecimientos del día y deseó no tener que salir a la calle. No esa noche. Era que en Los Pepines la cosa no estaba nada fácil. El barrio se había puesto en pie de guerra porque la mañana de ese día la policía había matado a un estudiante del Liceo México durante una manifestación política. Eso había provocado aún más protestas y la reacción del aparato represivo ni fue tímida ni se hizo esperar. Habían militarizado el barrio, lo cual no había hecho más que empeorar todo. Esa era la tendencia en el ambiente callejero de Los Pepines en las últimas semanas. Cada vez peor. En la peña crepuscular de la Farmacia Miscelánea – a la que el Doctor asistía siempre que podía – los temas obligados eran las cada vez más frecuentes movilizaciones estudiantiles y los aprestos para la reelección de Balaguer en la primera pantomima de elecciones de la década. El Doctor se acercó a la puerta con precaución. Atisbó entre las cortinas que cubrían las ventanillas laterales de vidrio. Contra la luz de la luna de marzo se dibujaban las siluetas de tres personas paradas en la galería de la casa. A las espaldas de los visitantes, la calle Del Sol estaba desierta. No había ningún vehículo a la vista, por lo que dedujo que los visitantes habían caminado hasta su casa. Tenía que ser algo muy grave para que se arriesgaran a salir a la calle con la guardia regada por el barrio, tirándole a cualquier cosa que se moviera. Así de nerviosas estaban las autoridades. El Doctor se alisó el pelo, se ajustó los lentes y abrió la puerta con lentitud. Ni siquiera encendió la luz de la galería para no llamar la atención de cualquier vehículo militar que pasara por la calle Cuba o por la misma calle Del Sol. Frente a él estaba un señor maduro acompañado de dos adolescentes. Al menos uno de ellos debía ser su hijo, por el parecido. El Doctor no los conocía a ninguno. El señor tenía la cara atribulada, pero serena. El Doctor le calculó unos cuarenta y cinco años, una docena más que él. – Buenas noches, Doctor – saludó cortés el señor. Su voz era tranquila, pero dejaba traslucir una tensión interior. – Buenas noches – respondió apenas el Doctor. De inmediato comprendió que se trataba de un asunto serio y que debía dar tiempo para que el señor se expresara. – Disculpe que lo moleste a esta hora, Doctor, pero necesito sus servicios – comenzó a explicar el visitante. Calló sin saber cómo continuar. El Doctor sintió que debía decir algo. – En qué le puedo servir – dijo con seriedad. El señor respiró hondo para tomar fuerzas. – La policía mató a mi hijo al mediodía de hoy, y lo estamos velando – continuó. El Doctor comprendió a medias por dónde iba la cosa. – Mi señora está inconsolable y necesita que la vea un médico. No se hace la idea de que perdió a su muchacho – concluyó el señor. Mantuvo la compostura, pero no dijo más. El Doctor calló y comenzó su propio debate interno. Desde que vio la comitiva en su galería sospechó que se trataba de algo así. Se había enterado de la muerte del muchacho y, como todos en Los Pepines, se había indignado con los militares ante la barbaridad de disparar contra una multitud desarmada. Nunca había tenido vocación de héroe el Doctor. Tenía sus opiniones, pero la mayoría de las veces se las reservaba. La idea de meterse en política nunca había cruzado por su mente, empeñado como estaba en proteger a su esposa y a sus tres hijos pequeños. Y bajo el férreo yugo que imponía aquel régimen, cualquier idea diferente al anticomunismo era considerada una subversión. Casi lo mismo que cuando Trujillo. Además, estaba el tema del terror político. Por un quítame esta paja mataban a cualquiera. Como para subrayar las cavilaciones del Doctor, un camión lleno de policías cruzó silbando la calle Del Sol por la Cuba, rumbo al barrio. Ni siquiera amagó con detenerse en la intersección. Involuntariamente, los cuatro se inclinaron hacia la parte más oscura de la galería. Caminar por esas calles en esas condiciones era más que tentar a la suerte. Una imprudencia. Sabía muy bien cuál era su deber, y odiaba tener que negarse, pero tenía que pensar en su familia. Ganó tiempo con algunas preguntas, en lo que decidía qué hacer. Así se enteró de que el velorio era en la calle Dr. Eldon con Luperón, en el fondo de Los Pepines. Nada menos que la zona más caliente de la barriada. Tendrían que ir andando cinco cuadras barrio adentro en medio de retenes y posibles tiroteos. El riesgo le pareció al Doctor razón suficiente para referir a la comitiva a cualquiera de los otros médicos que vivían en el vecindario. Cuando se preparaba para elaborar una negativa, pensó en sus tres hijos varones, que dormían tranquilos y seguros en una habitación a pocos pasos de allí y se preguntó fugazmente cómo se sentiría si le mataran a uno de ellos. A cualquiera de ellos. Fue en ese momento que el Doctor se puso en el lugar de aquel señor que buscaba su ayuda. Tenía que ser el momento más triste de la existencia de aquel pobre hombre. Supo entonces que no podía negarse. El señor había alcanzado a ver la duda en los ojos del Doctor. – Doctor, venga a ver a mi señora. Nosotros lo protegeremos – prometió. El Doctor se preguntó con qué lo protegerían, si estaban desarmados, pero ya había tomado una decisión. – Usted me entra y usted me saca – le dijo el Doctor al señor, mirándolo a los ojos. No dijo más, pero era claro que estaban sellando un compromiso de padre a padre. – Así se hará – dijo al fin el señor. El Doctor se cambió y preparó su maletín rápidamente. Salió a la calle escoltado por el señor y los dos muchachos, con la débil esperanza de que el maletín lo protegiera al delatar su condición de médico. Se extrañó cuando lo guiaron hacia la calle Sánchez, alejándose de la dirección del velorio. En voz muy baja, le explicaron que las aceras de la Cuba no ofrecían resguardo, por lo que tendrían que hacer un rodeo. Entrarían al barrio por la Sánchez porque había más zaguanes y galerías para esconderse de las patrullas. Al caminar, a paso ligero pero sin ruido, buscaban las sombras aunque el camino se hiciera más largo. – Si nos ven, nos tiran – explicó el muchacho que parecía hijo del señor. En cada esquina, se detenían en algún portal. Entonces uno de los muchachos pitaba dos veces, y no se movían hasta que del otro lado le respondían con dos pitos iguales. Más de una vez, debieron apiñarse en el triángulo de oscuridad de cualquier vestíbulo para esquivar a las tanquetas que patrullaban las calles a toda velocidad. Iban repletas de guardias. El Doctor no pudo evitar pensar que algunos de esos guardias eran padres de otros hijos y todos ellos eran hijos de otros padres. Más de tres cuartos de hora les tomó caminar lo que normalmente no les tomaría más de quince minutos. Finalmente cruzaron la barricada que cerraba la calle Achilles Michel y entraron al Territorio Libre de Los Pepines. Más relajados, caminaron el par de cuadras hasta la calle Luperón y llegaron a la humilde vivienda donde estaba montado el velorio. Aquello era desgarrador. El barrio entero estaba congregado alrededor de la casita. En absoluto silencio y con absoluta dignidad, Los Pepines despedía a uno de los suyos y les arrimaba el hombro a sus deudos. Al acercarse a la puerta, vio algunas caras conocidas, que lo saludaron con una mirada triste o con una leve inclinación de cabeza. El Doctor entró al velorio, armado de su maletín. En el centro de la pieza estaba el sencillo ataúd, enmarcado por cuatro cirios. Cuatro estudiantes uniformados del Liceo México montaban guardia con solemnidad. Al menos una docena de señoras rezaban un rosario. Era lo único que se escuchaba. Sentada frente al ataúd, de luto cerrado, estaba la madre. Había gastado sus lágrimas, pero no su dolor. Sostenida por familiares, temblaba sin quitarle los ojos a su hijo. Rápidamente, el Doctor hizo lo que fue a hacer. Le inyectó un calmante a la señora y le puso en la mano a su esposo un frasco de pastillas con una indicación. Entonces fue que lo vio. Hubiera preferido no hacerlo, pero no pudo evitarlo. El muchacho muerto le pareció un niño. No tendría más de quince años. Tenía la juventud congelada en la piel tersa de su cara de hombre a medio hacer. Pensó en los sueños tronchados de aquella criatura. Y volvió a pensar en sus hijos. El estremecimiento le recorrió el espinazo como un espasmo. Su trabajo estaba hecho, pero no quería presionar el retorno. Salió a la calle y se unió al silencio estático de la multitud. No supo cuánto tiempo pasó hasta que el padre de la víctima se le acercó con los dos muchachos para escoltarlo a su casa. El camino de vuelta fue igual de tenso y accidentado que el de ida, pero la mente del Doctor divagaba. ¿Cómo era posible que una vida tan joven se perdiera tan fácil? ¿Llegaría el día en que sus hijos podrían pensar y hablar libremente sin riesgo de perder la vida? ¿Cómo podría protegerlos de tanto abuso? ¿Sería él capaz de terminar de criarlos sin que se los arrebataran de las manos? Cuando llegaron a la seguridad relativa de la galería de la casa del Doctor, el señor le puso a éste una mano en el hombro. – Cuánto le debo, Doctor – preguntó con la otra mano en el bolsillo, esperando que el médico le cobrara el riesgo de aquella salida. El Doctor pensó en el precio que habían pagado ese padre y esa madre por el delito de pertenecer al bando incorrecto y supo exactamente qué decir. – Nada. Fue un honor – respondió lacónicamente. El señor calló, indeciso de ver el gesto como una dádiva indigna. El Doctor lo sacó de dudas extendiéndole su mano como despedida. El señor estrechó su mano, le agradeció con los ojos por un largo segundo y se perdió en la noche. Sólo cuando el señor se fue, reparó el Doctor que no sabía su nombre. Nunca se lo preguntó. Cerró la puerta y se adentró en la oscuridad de su casa. Siguió de largo por su habitación sin intentar acostarse. Sabía que no dormiría. Fue directo a la habitación de sus hijos. Los tres dormían plácidamente, ajenos al dolor y al terror de un mundo que sabía ser tan cruel. Se sentó en una mecedora y los contempló. Sanos y salvos. Sintió deshacerse el nudo de su garganta y lloró quedamente hasta el amanecer por sus hijos y por el hijo de aquel desconocido.
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