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El mito del über-ciudadano Hace un par de días, una amiga me abordó a propósito de la culminación del año en que fungí como Coordinador General de Participación Ciudadana. – ¿Qué aprendiste que no sabías hace un año? – me preguntó a quemarropa. Admito que su pregunta me atrapó fuera de base. Aunque tengo varias semanas tratando de asimilar la experiencia, en aquel momento no tenía mis ideas en orden como para dar una respuesta inteligible. Le dije varias cosas, todas ciertas, que podían parecer una respuesta apropiada a la pregunta. No estoy seguro de que mi contestación la convenciera, si bien lo estoy de que a mí no. Lo que sí hizo mi deshilachada respuesta fue ponerme a pensar. ¿Qué aprendí? Mucho, sin dudas. Aprendí muchas cosas que no sabía y comprobé otras tantas que intuía. Especialmente, pude validar un buen grupo de percepciones acerca del sistema político dominicano y sus actores. Comprobé, por ejemplo, que las personas que conformamos las organizaciones de la sociedad civil no somos mejores, en general, que las personas que conforman los partidos políticos. Somos todos humanos e imperfectos, con las mismas inquietudes y las mismas miserias. Así como hay de todo en los partidos políticos – gente muy valiosa y gente muy dañina, con toda una gama de intermedios – de la misma forma hay de todo en la sociedad civil. La única diferencia entre estos grupos es que, mientras las personas alineadas en partidos políticos se comprometen con la búsqueda y el ejercicio del poder público, aquellos que estamos en grupos ciudadanos trabajamos por una agenda de interés colectivo. Al menos, eso es lo que está supuesto a suceder, pues ya hemos dicho que en ambos tipos de organizaciones hay de todo. Hasta ahí no debería haber ninguna novedad. Eso debería saberlo todo el mundo. Pero no. No es tan simple. Y no lo es por varias razones. Una de ellas es que muchas personas de la sociedad civil no se han enterado de esta realidad. Están convencidas de que, como grupo, sí son mejores que los políticos profesionales. Moralmente superiores. No solamente eso. Muchos en la sociedad civil organizada también están seguros de ser mejores ciudadanos y ciudadanas que los demás, sin importar que estén dentro o fuera de estos grupos. Es como si se consideraran los exclusivos portadores de una über-ciudadanía. Tal vez, digo yo, sean estos über-ciudadanos y über-ciudadanas mejores que el resto de los mortales. No soy quien para juzgar eso. El tema es que ese no es el tema. El problema, para comenzar, es que un pedestal moral no es el mejor punto de partida para lanzar una agenda de interés común, pues ésta no puede avanzar en el vacío. Por el contrario, los asuntos que interesan a los grupos ciudadanos requieren de una intensa interacción con los demás actores del sistema político, especialmente con los partidos políticos o con sus representantes. Y, si se desea que el avance en estos asuntos sea auténtico y sostenible, también se requiere de mucho apoyo de toda la ciudadanía, incluyendo aquella que no está comprometida explícitamente con ellos. No hay que decir que suscitar ese contagio social desde una postura de arrogancia über-ciudadana – valga la redundancia – es muy cuesta arriba. No importa si se tienen méritos para justificar la supuesta superioridad. En el mejor de los casos, las organizaciones sólo podrán conseguir un respaldo tibio, que apenas superará la indiferencia. En el peor de ellos, estos grupos lograrán alienarse de quienes deben ser la audiencia natural de sus mensajes. La creación de riqueza social es, de por sí, bastante difícil. Y esta confusión fundamental no ayuda para nada. Sólo desubica y desorienta. Vaya si lo hace, que el propio über-ciudadano tiende a olvidarse del nombre del juego, el cual es, según el caso, confrontar o conciliar intereses; no comparar estaturas morales entre personas. Para seguir, esta confusión explica que muchas personas de la sociedad civil conviertan lo que está supuesto a ser el seguimiento enérgico y profesional a los temas de su interés en una celosa cruzada contra el imperio del mal. Y, claro, el imperio del mal es el resto del mundo, cualquiera que no sea digno de calificarse como über-ciudadano. No es que sean mala gente, los über-ciudadanos. En general son personas valiosas y bien intencionadas; incluso algunos y algunas han hecho en el pasado contribuciones importantes a la sociedad. Sin embargo, si mi amiga me hiciera la pregunta ahora, luego de haber puesto mi cabeza en orden, sé lo que le diría. Lo que aprendí este año fue que el mito del über-ciudadano constituye el principal obstáculo a vencer por las organizaciones de la sociedad civil en su camino hacia la adultez institucional y hacia una vinculación más auténtica con la ciudadanía no alineada. En la próxima entrega explicaré por qué.
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