En defensa de la separación de las elecciones
Ramón Tejada Holguín - El Clave Digital, 09 de noviembre 2005  

En su artículo de la semana pasada en Clave Digital Rosario Espinal argumenta a favor de la unificación de las elecciones congresionales, municipales y presidenciales. Sostiene que “cada dispositivo electoral presenta ventajas y desventajas para la democracia” y que los  meritos de cualquier sistema debe ser analizado en función de la forma en que impacta en tres dimensiones que ella identifica a saber: la participación política, la representación y la gobernabilidad.  El argumento es impecable y lo suscribo; pero de él no se derivan pruebas contundentes para unificar las elecciones, sino todo lo contrario. 

Cuando se habla de participación política, representatividad y gobernabilidad, hay que entender que estos tres ejes no remiten exclusivamente a la normativa electoral, o al sistema electoral o a la forma en que se eligen nuestros representantes. Estos tres ejes forman parte de la cultura política, de la forma en que se relacionan los políticos con sus seguidores, de la forma en que interactúa la ciudadanía con los partidos y las organizaciones civiles y con la forma en que se relación los representantes cuando son elegido y los representados que les eligieron.  

La participación Política remite al proceso de ciudadanización como un todo integral y no sólo al derecho de elegir y ser elegido. Remite a mecanismos de intervención de la ciudadanía para provocar que las promesas realizadas por candidatos y candidatas sean cumplidos. Remite a formas de “control de los políticos” de parte de la ciudadanía, a un sistema que permita el premio y el castigo para los representantes que hacen bien o mal las cosas. Remite a la participación en organizaciones de todo tipo para lograr una democracia mejor, de más calidad y más cercana al ciudadano. 

La representación misma no remite sólo al sistema electoral, sino, también, a la forma en que los partidos se organizan y se ven influenciado por las demandas de la ciudadanía. La gobernabilidad por su parte no es simple capacidad del poder ejecutivo para gobernar, o niveles de eficiencias gubernamentales. La gobernabilidad remite, también a la participación política y la participación social. La gobernabilidad es capacidad para procesar el conflicto, no sólo entre los partidos, sino entre gobernantes y gobernados en general y no sólo entre gobierno y oposición. La gobernabilidad es también un atributo de la sociedad civil, no sólo de los partidos y los gobiernos. Para el PNUD la gobernabilidad se refiere al “ejercicio de la autoridad económica, política y administrativa para administrar los asuntos de un país en todos los niveles. Comprende los mecanismos, procesos e instituciones a través de los cuales los ciudadanos y los grupos articulan sus intereses, ejercitan sus derechos jurídicos, cumplen sus obligaciones y median sus intereses”. PROGRAMA DE NACIONES UNIDAS PARA EL DESARROLLO. ‘‘Governance for Sustainable Human Development’’. Nueva York: PNUD, MDGD-BPP, UNDP Policy Document, 1997; pág. 2. 

En ese sentido hay que estar claro que no se trata de pedirle al sistema electoral que responda a las necesidades de la sociedad en los ámbitos de laincorporación de la ciudadanía a la política.  2. La representación a la capacidad de los pocos elegidos para gobernar a los muchos electores. Y 3 La gobernabilidad a la legitimidad de la gestión pública.”  Los tres problemas tienen un complejidad tal que deben ser visto en el contexto general del sistema político en su conjunto y la relación que establecen los partidos con la ciudadanía y no sólo el sistema de elección. 

Observemos cada uno de los puntos planteado por Espinal. Según Rosario el principal beneficio que se le atribuye a las elecciones separadas es reducir el arrastre, y eso no es paja de coco. Eliminar el arrastre significa que la elecciones separada y el perfeccionamiento de las circunscripciones electorales pueden permitir una mejor relación entre el elegido y el elector o sea representantes y representados. Toda vez que la persona teóricamente puede ser capaz de evaluar lo que ha hecho un determinado candidato en el ámbito que le corresponde representar. Es decir, tiene la posibilidad de votar por gente de su demarcación al margen del candidato presidencial. Este hecho tiende a debilitar el presidencialismo tan pernicioso en América Latina y República Dominicana. Eso ya es una ganancia importante. Dejémosla separadas por eso. Dirán que para lograr eso necesitamos un ciudadano más consciente y mejores candidatos. Lo cual es cierto, pero unificando la elecciones no se consigue un mejor ciudadano, tampoco mejores candidatos, ni más preocupados por su comunidad, al contrario se consigue el fortalecimiento del poder presidencial y se debilita la participación política a nivel local.

Sostiene Rosario que con la separación de las elecciones se carga el calendario electoral. Ese no es un problema grave, comparado con el beneficio potencial de las elecciones separadas en términos de participación y de estimular una mejor relación entre representantes y representados.

Plantea que las elecciones unificadas significan mayor gasto en campaña. No estoy seguro de tal cosa sea un ahorro substancial. Unificar las elecciones, ya sea el mismo año, con una diferencia de meses, o el mismo día no reduce substancialmente los gastos de campaña. Lo que se logrará unificando las elecciones es cargar más las ciudades de basura propagandísticas, que candidatos y candidatas a senadores, a diputados, síndicos y los presidenciales se disputen los mejores espacios en televisión, radio, prensa escrita y publicidad objetiva, lo cual encarecerá los espacios y nos saturará aún más. Se llenará más la televisión, la radio y la prensa escrita de candidato a todos los cargos electivos haciendo campañas para ellos y los presidentes que apoya. Y las precampañas serán también a destiempo pero con todo el mundo concentrado en un mismo momento. De manera que unificar las elecciones no resuelve el gasto de campaña, lo concentra en un periodo menor. Con el agravante que el daño ecológico y visual será pero. Lo único que reduciría el gasto en las campañas es que la JCE haga su trabajo con seriedad y aplique las leyes que prohíben las campañas a destiempo y eso no se logra unificando las elecciones.

En vez de intentar unificar las elecciones mejor pidamos a los partidos políticos y sus candidatos que entiendan que las campañas electorales no deben entorpecer el normal desarrollo de las actividades del país.

No importa que las elecciones se realicen cada seis años, si la Junta Central Electoral no cumple su papel de juez supremo en asuntos electorales, los políticos seguirán dilapidando el dinero de “generosos” empresarios y del erario haciendo campaña como pre-candidatos, como candidatos y si nos descuidamos también la harán como post-candidatos. Estoy seguro que unificar las elecciones no contribuirá en nada a reducir la dilapidación de recursos, sólo los concentrará un mismo año. Para reducir los gastos en campañas se debe modificar la forma de elección de la JCE, de manera que no la elijan los senadores, así la JCE se puede sentir más independiente de las autoridades que ella misma ayuda a elegir. Parte del problema es una JCE que no quiere enfrentar a los políticos que la elegirán, es un sistema perverso. 

Los deseos expresos de algunos políticos de unificar los procesos electorales dizque para no cansar a la ciudadanía y evitar el gasto excesivo en las campañas son una muestra de la incapacidad de las elites políticas de cumplir los pactos. Muestran que constantemente buscan la salida fácil y sugiere que son incapaces de darle a oportunidad a lo nuevo de que funciones.  No bien se firmó el Pacto por la Democracia en el 1994, que selló la separación de las elecciones el deseo de irrespetarlo penetró los poros de muchos.  

Se dice que si se unifican las elecciones habría menos abstención. La abstención no es simple fenómeno técnico que se resuelve modificando el calendario. Ciertos niveles de abstención son una expresión del descontento de las personas con el sistema político. Por lo tanto en este aspecto el reto es mejorar la calidad de ese sistema político y no buscar métodos artificiales como la unificación de las elecciones. Mejorar los candidatos y candidatas es más importante que unificar las elecciones. Además, lo del abstencionismo en la congresionales es un elemento ligado al presidencialismo, y de lo que se trata es de romper esa cultura que fortalece el poder del presidente. Separar las elecciones debilita el presidencialismo, no me canso de decirlo y en el país el presidencialismo ha sido más pernicioso que la separación de las elecciones. Piensen en cómo casi todos los presidentes dominicanos han querido calzar las botas de Bonaparte, todos quieren ser como el Balaguer de los 12 años. 

La verdad es que no se le ha dado tiempo para que la separación de las elecciones rinde sus frutos y permita la mayor relación posible entre representantes y representados. Unificar las elecciones para reducir la abstención en la congresionales y municipales es como barrer y meter la basura debajo de la alfombra. Pero, hay que señalar que la visión de que hay abstencionismo en la congresionales es muy relativo. Hay la visión de que los senadores, diputados y síndicos a fin de cuenta no hacen nada porque “solo el Presidente resuelve”. Si unificamos reforzamos esa visión cuando de lo que se debe tratar es de fortalecer el poder municipal y el congresional y eso se logra si senadores, diputados y síndicos son elegidos por sus meritos y no por el arrastre. Nueva vez resulta evidente que se podría estar fortaleciendo el presidencialismo dominicano con el proceso de unificación y reduciendo aún más los niveles de representatividad del Congreso y el Poder Local. Lo importante más bien es fortalecer las capacidades del poder local y los niveles de representación del Congreso, lo cual significa trabajar con conceptos más amplios de la participación, de la representación y de la gobernabilidad. Ninguno de los tres deriva exclusivamente de los sistemas electorales. 

Otro argumento es el que las elecciones separadas posibilitan que los presidentes tengan congresos que le son adversos, lo cual afecta a gobernabilidad. En primer habría que recordar lo funesto que ha resultado para la nación Dominicana cuando un Presidente tiene además mayoría en el Congreso, la experiencia de Hipólito es la más importante en este ámbito. La espiral de endeudamiento y el Cambio Constitucional para favorecer el Presidente fue la norma. Lo mejor es un Congreso que sirva  de contrapeso y que los políticos de todos los partidos aprendan el arte de la negociación y la gobernabilidad bien entendida. Insistir en la unificación de la elecciones y no ver lo substancial del fenómeno político dominicano es ponérsela fácil a los caciquillos y politiqueros. Exigir el perfeccionamiento del sistema electoral y que se acerque más a la ciudadanía es más importante. Hay que estimular a los partidos para que mejoren. Si se le da todo lo que quieren se convierten en niños malcriados. 

Según Rosario Espinal: “las elecciones congresionales-municipales tienden a convertirse en una especie de plebiscito aprobatorio o desaprobatorio del ejecutivo a sólo dos años de gestión gubernamental”. La experiencia reciente desmiente esta afirmación. En el 2002 mientras las encuestas evidenciaban la caída en pendiente acelerada de la preferencia por el PRD y era evidente que Mejía no tenía votos para repetir, el PRD ganó abrumadoramente el Senado. Lo cual remite a la forma de representación por provincia del Senado que posibilita que un partido con cerca del 45% de los electores a nivel nacional, obtenga el 95% de los escaños. Eso se logró triunfando en provincias pequeñas, mientras que la oposición ganó en la plaza más grande e importante y casi gana en otras plazas que concentran la gran mayoría de la Población Dominicana. Cada vez es más evidente que la lógica del voto congresional y municipal  es distinta a la lógica del voto presidencial, cuando estas se mantienen separadas. 

Veo una contradicción entre  este argumento y el que sostiene que las elecciones cada dos años impiden que el Presidente tenga un Congreso que le sea favorable. Si el presiente lo hizo bien los dos primeros años y si es cierto como dice Espinal que las elecciones se convierten en un plebiscito, entonces ahí estaría resuelto el problema de gobernabilidad que sostiene Espinal que crean las elecciones separadas. 

Dice Espinal: “el electoralismo constante no ayuda a enfocar las energías de los políticos en la gestión gubernativa.” ¿Qué porcentaje de altos funcionarios públicos son candidatos o candidatas? No es el electoralismo que impide que los políticos enfoque sus energías en la gestión gubernativa. Es otra cosa. Ese problema es más substancial que eso. Además, el reto que se tiene en este aspecto es lograr que los políticos entiendan que hacer un buen trabajo en sus funciones puede ser la mejor de las campañas electorales. Hay muchos países que tienen las elecciones separadas y esa situación no se presenta. ¿Por qué en el caso dominicano sí? Porque el problema es de otra naturaleza y remite al proceso de ciudadanización y a la participación más allá de lo electoral y eso no lo resuelve un cambio en el sistema. 

Dice Espinal: “la separación de elecciones fomenta la multiplicación de jurisdicciones electorales por la efervescencia electoral que se produce en el ámbito local”. No veo eso como un problema de la separación. Ni es grave. Lo que hay que evitar es que se siga fragmentando el territorio nacional y creando nuevos municipios y provincias. De todas maneras ese es uno de los costos de una elección que se desea cada vez más represente mejor al ciudadano y a la ciudadana. 

Finalmente Rosario Espinal propone que haga lo posible por unir las elecciones ya. Y ahí es dónde pego yo el grito al cielo. Para unificar las elecciones hay que modificar la Constitución. Un Cambio Constitucional en este momento no se lo que podría traer. Además, lamentablemente una idea que todo Congreso dominicano acaricia es el extenderse el periodo de mandato por dos años y esta sería la justificación. 

No se puede hablar de urgencia ante planteamiento de esta naturaleza. La experiencia habla de lo desastrosos que resultan los cambios constitucionales hechos a la carrera y sin procesos de diálogos, reales y profundos. Aunque no sea más beneficioso unificar las elecciones, llamar a una modificación constitucional en los actuales momentos, sería como desatar los demonios de la caja de Pandora.  

Hace tres años escribí en El Siglo que: “La Constitución amerita de una reforma sustantiva del orden social, político y económico y debe hacerse a través de «actores» con representatividad social, proyectos estratégicos consensuados, agenda clara y mandatos expresos, que es precisamente de lo que carece el actual sistema político. Cualquier acuerdo realizado en el contexto actual carecerá de legitimidad y reiterará la práctica elitista de entender el consenso como acuerdos de aposentos realizados de espalda a la sociedad. El peligro de que los cambios en la Constitución vayan en contra de la gobernabilidad y la paz social es real, la historia así lo sugiere”.  Hoy el peligro es mayor. Mire el caso Hipólito y la Reforma Constitucional que hasta el que la financió sufrió bastante. 

Unificar la elecciones es un tema demasiado peliagudo para tratar de hacerlo con urgencia y sin estudiarlo bien y debatiendo todas las alternativas posibles. Dejémosla así ahora, y vamos a debatir el tema con calma y sin pasión, junto con un proceso de reforma de largo alcance, de largo aliento. No alborotemos las avispas, que la semana pasada escuché  a Lila Alburquerque diciendo que estaba de acuerdo con la unificación y que la mejor forma de unificarla es dándole dos añitos a los actuales diputados, diputadas y senadores.


Ramón Tejada Holguín

09 de noviembre 2005