Los Aspirantazgos (2)
José Angel Aquino, 14 de octubre 2005  

Antes de que Winston Churchill fuera designado primer ministro del Reino Unido en sustitución de Chamberlain, había tenido la oportunidad de ocupar el Almirantazgo de la Armada Británica. Cuenta este eminente estadista en sus memorias, cómo el haber estado en esas funciones le servirían luego en la ingente tarea de defender la isla de los ataques militares del Tercer Reich.  En el Almirantazgo, Churchill había desarrollado la experiencia de dotar a la flota inglesa de los suficientes implementos para mantener el predominio sobre los mares, consciente de que en una guerra de varios años sus enemigos tratarían de aislarle, cortar su aprovisionamiento y destruir sus barcos mercantes. El posterior triunfo inglés sobre la manada de lobos del gran Almirante Doenitz, le daría la razón.

Con objetivos menos nobles, también en la política criolla los diferentes Aspirantazgos se avituallan para una guerra electoral que tiene sus propias normas. Contaba el dirigente reformista Florentino Carvajal Suero, quien tiene el mejor record en ser reelegido como legislador en la Cámara de Diputados y en el Senado; que su preparación para las elecciones comenzaba con la compra de una cierta cantidad de ataúdes. Este artículo fúnebre era distribuido paulatinamente en la medida que fallecían ciudadanos pobres en las diferentes comunidades de su lejana Elías Piña. No buscaba con ello la adhesión del muerto, que al menos en la tierra no tendría la oportunidad de ejercer el sufragio, pero sí la de los familiares sobrevivientes, que siempre tendrían presente a quien en un momento de luto le hizo llegar su mano amiga.

Muchos de los aspirantes del presente siguen comprando ataúdes, pero han añadido otros artilugios a su arsenal de batalla. Recordemos que ciertos senadores reformistas popularizaron los llamados “disco-lights”  bautizándoles con sus propios nombres, como es el caso de la Peynadora, que era propiedad del fallecido Jacinto Peynado. Otro disco-light famoso fue el del inefable Amable Aristy Castro, que recorrió el país promoviendo las candidaturas reformistas, con sus estruendosas bocinas y su séquito de atractivas bailarinas. Así pues, todo aspirante a diputado, senador, síndico o regidor....tiene dentro de sus previsiones el instalar una discoteca móvil, que alegre el día y la noche a sus potenciales votantes y anime a sus seguidores.

Otro artículo de este singular inventario son los camiones – cisternas. Preocupados por la escasez de agua de sus conciudadanos, los aspirantes recorren calles y callejones distribuyendo entre los más pobres decenas de litros de agua que suplen las deficiencias del INAPA y de la CAASD y le ahorran a esas familias el tener que adquirir con sus limitados recursos el preciado líquido que utilizan en sus actividades cotidianas. En cada camión, desde luego, está inscrita una leyenda con el nombre del candidato, el cargo que aspira y el partido por el que deben votar las personas objeto de la generosidad del aspirante. No se dice allí, por cierto, de donde salen los fondos para costear tal esfuerzo, aún cuando en muchos casos la fuente de tanta belleza está constituida por las propias arcas públicas.

Una inscripción similar a la antes señalada se coloca en las ambulancias de los aspirantes, siempre dispuestas a trasladar a uno que otro hospital o región del país, a aquel enfermo o convaleciente que no tenga los recursos necesarios para ello. Estas ambulancias, muchas veces con más medicinas que los hospitales públicos de nuestro país, han llegado en ocasiones a participar en las marchas y caravanas de los candidatos: sus sirenas también animan la muchedumbre y reafirman el compromiso social del nuevo prospecto.

Podríamos continuar enumerando todos los artículos que constituyen la mercadería completa de la mayoría de nuestros aspirantes, para simplemente concluir que la naturaleza clientelar y prebendaria que hoy asume la actividad política en la República Dominicana, la hace cada vez más cara e inaccesible para una parte importante de la sociedad. Ser aspirante en estas condiciones, implica tener un financiamiento importante de los sectores empresariales del país, comprometiéndose la independencia requerida para ocupar una función pública. O peor aún, significa utilizar los recursos del Estado o aquellos provenientes de manos criminales. Ser aspirante puede significar, penosamente, renunciar al debate de las ideas enrolándose en la moda de las limosnas ilustradas; de la beneficencia a corto plazo que al final resulta costeada con los propios fondos del Estado o de una clase económica voraz, que obtiene con creces los fondos que deposita en esa inversión pasajera. 

  

José Angel Aquino

14 de octubre 2005