Instituciones, diálogo y desarrollo
Ramón Tejada Holguín - El Caribe, 29 de septiembre 2005 
 

No sé ustedes pero últimamente cada vez que escucho juntas las palabras “diálogo”, “consenso” e “institucionalidad” me entristezco, sí, me da como una melancolía, siento una opresión en el pecho y creo que se me quiere tomar el pelo, el poco pelo que me queda.

Porque casi siempre son pronunciadas de manera precipitada, automáticamente, como quien habla sin sentir nada en su pecho, como si fueran palabras hueras y sin contenido, como una manera de salir del paso, ante críticas incómodas.

No sé, pero a veces creo que pocos políticos saben el significado de esas palabras y la forma en que se relacionan con otras palabras de mayor envergadura, tales como “desarrollo social” y combate a la desigualdad.

Quizás quien mejor ha establecido la relación entre esas palabras sea el BID en el Informe del Progreso Económico y Social del año 2000 en el cual se dice:

“La calidad de las instituciones públicas constituye el puente que une el desarrollo social con las reglas y prácticas del sistema político. El desarrollo depende en buena parte de las instituciones públicas, pero éstas a su vez se crean y transforman en el contexto generado por el sistema político”. (Pág. IX).

Pero, además, a través del análisis comparativo y modelos econométricos de análisis en el IPES-2000 (Páginas de la 181 a la 216) se evidencia que “las diferencias entre los niveles de ingresos entre los países desarrollados y los latinoamericanos se encuentran asociadas a las deficiencias de las instituciones de estos últimos”.

En ese sentido la democracia, el establecimiento de reglas del juego claras y precisas en los diversos ámbitos de la vida, y una cultura política del diálogo evidentemente que contribuirán al desarrollo social y económico.

Pero, y siempre hay un pero, diálogo no es sinónimo de consenso, y este es un aspecto muy importante a tomar en cuenta.

Si se quiere actuar por consenso, entonces nos quedaremos paralizados en un eterno esperar ver al agua y al aceite mezclarse a una temperatura de 15 grados Celsius.

Así es el consenso en un país con un déficit social tan grande, así es el consenso en un país donde la seguridad social no ha podido materializarse en el marco de la búsqueda de consenso.

Consenso es una mala palabra cuando se evalúa la reforma fiscal y todos los sectores a los que se pusieron a hablar, a los que se invitaron a diálogos ineficaces y luego pocos tomaron la decisión real. No está el país para consensos así.

Hoy, señores del Gobierno, los sectores que carecen de seguridad social, de educación de calidad, que no tienen acceso a la justicia reclaman la toma de partido.

Hay que tomar partido, hay que definir con claridad con cuál visión del proceso de reforma y modernización está el Gobierno de acuerdo, hay que establecer con claridad las reglas del juego.

La falacia del consenso no ayuda a los procesos de institucionalización, más bien los paraliza como puede observarse en los casos de la seguridad social mencionados más arriba. Como dice la sabiduría popular, no se puede estar bien con Dios y con el diablo.

 

Ramón Tejada Holguín

29 de septiembre 2005