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¿Incongruencias?
Si
bien es cierto que nada humano nos puede resultar ajeno, o que por
presenciar a menudo situaciones, decisiones y comportamientos que parecen
inusuales, ya estamos curados de espantos, todavía hay hechos que tienen
la contundencia de chocarnos con tanta intensidad que nos quedamos
perplejos ante ellos. Son tan desconcertantes, tan poco razonables, que, a
pesar de intentarlo, no encontramos fácilmente una explicación
satisfactoria. Representan tantas incongruencias con lo que debiera ser,
que no debieran producirse. Pero su existencia, su permanencia y
repetividad nos indican que, pese a nuestro parecer, no son tan
incongruentes, y que representan formas toleradas, o admitidas, de
burlarse de lo que debe ser. El hecho de que se produzcan y permanezcan,
que se argumenten explicaciones para tratar de justificarlas, nos
evidencian que tienen una razón de ser y que, en conclusión, parece que
no representan ninguna incoherencia. Veamos algunas de esas pretendidas
incongruencias. Empecemos
por la práctica generalizada en nuestros sectores más representativos de
firmar acuerdos y luego no cumplirlos. Lo que en principio parece no tener
lógica, la tiene si pensamos que la firma del acuerdo es una forma de
poner término a un conflicto y negarse a cumplirlo luego, no es otra cosa
que la negación de conceder lo que se había acordado. Se logra una
salida a la situación sin dar nada a cambio, o algo sustancialmente menor,
sí hay que volver a otra negociación. Así, ganan unos y pierden otros. Algo
parecido sucede cuando se logra el crecimiento económico sin desarrollo.
Se nos dice que antes de repartir hay que producir lo que luego se habrá
de repartir, o que la distribución aparecerá por el “derrame”,
llegando a los más necesitados, en la mediada que aumenta la producción
de bienes y servicios. En la fase del crecimiento se impone la austeridad
para poder incrementar los bienes y servicios, pero la experiencia nos
indica que logrado el aumento de la riqueza nacional la distribución no
se hace, ni de acuerdo a lo aportado, ni a las necesidades, y unos pocos
salen más favorecidos que los muchos. El crecimiento económico, cuando
no está acompañado de políticas sociales que hagan la distribución,
conduce a aumentar las desigualdades. Algunos, pocos, salen beneficiados y
otros, muchos, perjudicados. Con
relación a la justicia ocurre algo parecido. Empecemos por anotar que la
figura que aparece en el símbolo de la justicia tiene, además de la
balanza, una venda en los ojos. En principio, la venda es para asegurar la
imparcialidad, sin embargo esto le impide ver las injusticias que se hacen
en su nombre y algunas incongruencias, como serían, entre otras, la
presunción selectiva de inocencia mediante la cual ante una acusación
ciertas personas son consideradas inocentes y otras culpables; sentir un
profundo temor frente al que tiene la obligación de brindar seguridad y
tener que vigilar a los vigilantes porque son los primeros en transgredir
las normas que deben observar. También aquí a determinadas personas esto
les beneficia. En
un área tan sensible y tan importante como es la educación se
producen también estas aparentes incoherencias. Hemos visto como del
escaso presupuesto asignado a educación se transfieren recursos a las
Fuerzas Armadas y que en los últimos presupuestos el incremento para las
Fuerzas Armadas siempre es mucho mayor que el otorgado a la educación.
Ocurre con frecuencia que en su afán de presentar resultados positivos,
desde la Secretaría de Educación nos quieren hacer ver los insumos como
resultados. Lo que es necesario para que pueda haber una buena educación
se nos presenta como prueba de calidad en la educación. En este mismo
sentido, proclamamos que somos miembros de la sociedad del conocimiento
cuando la escolaridad promedio no llega al quinto año de primaria, sin
hablar de su calidad. Pero
es quizás en lo político donde las pretendidas incongruencias se
producen con mayor frecuencia. Esperamos tener sólidas democracias, sin
desarrollar programas con la intensidad debida para formar a los
ciudadanos y ciudadanas en la práctica de la democracia, teniendo los
partidos políticos el primer lugar en esta carencia. El hecho de que
nadie acusado de actos de corrupción en los últimos veinte años esté
cumpliendo condena, nos indica que a la corrupción le acompaña la
impunidad. ¿Cómo se puede explicar que un aspirante a un
cargo electivo invierta en la campaña recursos económicos que
exceden muchas veces lo que recibirá como remuneración durante todo el
período por el que es electo? En todos los estudios de opinión
recientemente publicados, los políticos y partidos políticos compiten
por el mayor nivel de desconfianza pero, sin embargo, en cada elección se
concurre de manera masiva a votar. Finalmente, vemos que los promotores de
la reforma del estado empiezan el gobierno acrecentando la deformación
del Estado multiplicando organismos y cargos, en vez de reducirlos. ¿Incongruencias?
16
de diciembre 2004 |