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Ganar
es necesario, pero gobernar es lo esencial
El
Informe sobre el Desarrollo de la Democracia en América Latina, del PNUD,
nos recuerda que la democracia tiene tres dimensiones. La electoral,
centrada en la elección legítima de las autoridades, la civil, cuyo
contenido son las libertades y derechos de las personas, y la social, que
reclama el bienestar material y espiritual de los ciudadanos. Estas tres
dimensiones de la democracia deben desarrollarse de manera conjunta para
asegurar su eficacia y su permanencia. Nos advierte, además, que la
democracia no debe centrarse excesivamente, mucho menos agotarse, en lo
electoral, porque una democracia sólo para elegir las autoridades sin que
se garanticen libertades y derechos y, sobre todo, se resuelvan
oportunamente los problemas económicos y sociales, no tiene asegurada su
permanencia. La ciudadanía puede cansarse de ver que los gobiernos se
suceden pero los problemas permanecen, algunos, incluso, agravados. Estamos
presenciando, por otro lado, que los partidos políticos, con funciones
esenciales para la estabilidad política y el fortalecimiento de la
democracia, las desempeñan de manera precaria, pero, además, poniendo un
énfasis excesivo en lo electoral. Entre sus funciones, los partidos políticos
tienen la responsabilidad de articular las demandas particulares en
voluntades colectivas que se traducen luego en políticas de Estado; son
las organizaciones encargadas de reclutar y entrenar la clase política
que asumirá las funciones de Estado; además de la formulación de políticas,
tienen la responsabilidad de ejecutarlas desde el gobierno; a ellos está
reservada la dirección del Estado desde el gobierno. Como estas funciones
se realizan orientadas al ejercicio del poder, o desempeñadas desde el
poder mismo, se ha asumido que la búsqueda del poder político es el
objetivo fundamental de todo partido político, pero entendido como medio,
no como un fin en sí mismo. Está
sucediendo, sin embargo, que, sin disminuir su importancia, tanto en la
democracia como en el desempeño de las funciones de los partidos políticos,
se está poniendo un énfasis excesivo en lo electoral. En la democracia,
el sujeto ha terminado siendo el elector, no el ciudadano, y su contenido
parece más centrado en la forma en que se eligen las autoridades que en
la preservación de las libertades y derechos ciudadanos y la solución de
los problemas sociales y económicos de la ciudadanía. De ahí que
autoridades legítimamente electas poco tiempo después de asumir el poder
enfrenten problemas de gobernabilidad por no responder oportunamente a las
expectativas, demandas y compromisos. Por la forma de organizarse y
proceder, parece ser que a los partidos les importa más ganar las
elecciones que gobernar adecuadamente. Su estrategia fundamental está
orientada a ganar las elecciones, no tanto a realizar un ejercicio del
poder que mantenga y aumente el apoyo popular, en base a realizaciones que
procuren el bienestar de las mayorías. Por eso se afirma, con cierta razón,
que se han transformado, fundamentalmente, en maquinarias para ganar, no
necesariamente para gobernar. Algunos
datos apuntan hacia la transformación de los partidos políticos en
verdaderas maquinarias electorales, entre los cuales podemos citar los
siguientes. En la actualidad los partidos políticos carecen de
diferencias ideológicas fundamentales entre ellos, a todo lo más que
llegan es a tener alguna diferenciación programática. Los programas de
gobierno representan más instrumentos de captación de votantes que
compromisos de realizaciones desde el poder. Por otra parte, fuera de las
elecciones, los partidos reducen significativamente sus actividades, aún
cuando se han ganado las elecciones, porque cuando se ganan sucede que el
partido se traslada al gobierno y las actividades partidarias internas
languidecen. Pero donde se nota con mayor dramatismo el énfasis exagerado
que los partidos otorgan a lo electoral es en la relación con su
militancia. En la mayoría de los partidos ésta es solo estimada al
carecer de registros confiables, revelándose siempre mucho menor que la
declarada; hay mayor preocupación por captar nuevos votantes que por
mantener y acrecentar a los militantes; por eso la capacitación de los
militantes, como mecanismo de formación y de pertenencia, ha dejado de
tener algún interés y sólo se realiza cuando hay fondos externos para
ello porque pocas veces se acomete con recursos de su propio presupuesto;
la vinculación permanente del militante con el partido, salvo en los
procesos electorales o en la búsqueda de un empleo después de ganar las
elecciones, carece de importancia, evidenciado en que el tema de las
cotizaciones de los militantes no es ni siquiera materia de discusión. La
mayor prueba, en el caso nuestro, de que lo electoral es lo prioritario en
el quehacer de los partidos es que han adoptado como la matriz básica de
su organización interna las mesas electorales. Ante
esta situación, cuando se habla de crisis de los partidos políticos ¿nos
referimos al desempeño deficiente de sus funciones o a que se han ido
transformado por ocuparse, de manera preferente, a sola una de sus
funciones? Esto nos conduce a preguntarnos si las crisis es
“funcional” o “institucional”. Lo primero es preocupante; lo
segundo una tragedia.
Rafael
Toribio 28
de octubre 2004 |