¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
Juan Bolívar Díaz - 31 de octubre 2003

 

El agobio y la desesperanza generados por la crisis financiera del último año y sus consecuencias de devaluación, inflación, desempleo y empobrecimiento han sembrado un pesimismo que ronda ya los niveles del fatalismo. Para muchos es el peor momento que ha vivido la nación y hay quienes llegan a creer que jamás nos recuperaremos de estos reveses.

Se ha escuchado a dirigentes políticos y comunicadores sociales proclamar enfáticamente que nunca el país había registrado una devaluación y una inflación como las de este año. También se afirma que jamás habíamos registrado un panorama político tan adverso, sin que falten los que vaticinan que ya nos hundimos como nación.

Razones sobran para que nos sintamos agobiados por el peso de la crisis, especialmente si vemos el alto componente de corrupción pública y privada que la ha acompañado. La forma tan abusiva como algunos banqueros dispusieron del ahorro de tantos dominicanos y dominicanas y el que ahora hayamos tenido que cargar todos con el costo de la irresponsabilidad y el dolo.

La indignación es mayor cuando se piensa que pagábamos a unos vigilantes en la Superintendencia de Bancos y el Banco Central, y que éstos se durmieron irresponsablemente, o quien sabe si algunos hasta se dejaron sobornar, directa o indirectamente, para que se rindieran ante el poder.

Sin embargo, tampoco es para perder la objetividad. Sobre todo los que tienen responsabilidades públicas y los orientadores de la opinión. En los años 1989-90, el país vivió una crisis de mayor profundidad tanto en los ámbitos políticos como económicos.

En 1986 la tasa de cambio promedio fue de 2.89 pesos por dólar y para 1991 llegaba a 12.58 por dólar, para una devaluación de 335 por ciento en cinco años. Entre 1998 y el 2003 el peso ha pasado de 14.70 a unos 32 por dólar, que debe ser el promedio de este conturbado 2003. En promedio 117 por ciento de devaluación en los últimos cinco años.

También la inflación fue muy superior en los años l989-90 a lo que ha predominado en el 2002-03. Según las estadísticas del Banco Central fue de 34.59 a diciembre de 1989 y de 79.92 al final del 1990. La de éste año había sido estimada en 100 por ciento, pero reajustada posteriormente cuando el Banco Central cambió su base de cálculo.

El año pasado la inflación fue de 14 por ciento y para este año rondará el 40 por ciento, según los últimos estimados, aunque el Banco Central y el Fondo Monetario Internacional habían vaticinado 35 por ciento.

Es comprensible que muchos no recuerden los dramáticos momentos que vivió la nación en 1990. Primero con la imposición continuista del presidente Joaquín Balaguer en mayo, cuando retuvo el poder con tan solo 35 por ciento de los votos mal contados, con numerosos fraudes incluidos. Y tras los comicios con el desembalse que acabó con la estabilidad económica y emocional de los dominicanos y dominicanas.

Aquellos meses finales del 90 registraron el desabastecimiento de gasolina y gas propano, de azúcar, harina y arroz. Los apagones duraban hasta 24 horas. Mientras para comprar algunos galones de gasolina se hacían colas hasta de 8 horas.

El recuento no persigue resignación, sino conocimiento de la realidad. Sobre todo porque la nación no sucumbió, y en los dos años siguientes tuvo energías para iniciar un proceso de reformas que conllevaron toda una década de crecimiento económico.

En términos políticos se requirió más tiempo para superar el drama, incluyendo un nuevo trauma electoral en 1994, pero desde el 96 con la prohibición del continuismo, los procesos electorales han marcado diferencias abismales.

Ahora no tenemos que esperar llegar a los términos de 1990 para iniciar la recuperación económica. Tampoco podemos permitir retrocesos en los avances democráticos de los últimos años.

Con conciencia de lo que somos y hemos sido y con conocimiento objetivo de nuestros procesos es como lograremos contener el presente deterioro y volver a avanzar. Sin borrones ni cuentas nuevas.

Para ello es preciso que en vez de pasar el tiempo maldiciendo la oscuridad, encendamos siquiera algunas velas o bombillitas, siguiendo el consejo bíblico.

Sobreponiendo la racionalidad a la emoción desenfrenada es como podremos hacer frente a la crisis y superarla. Exigiendo responsabilidad de los gobernantes y de quienes tienen que aportar las mayores cuotas para contener el deterioro y retomar la senda del crecimiento económico.-

 

Juan Bolívar Díaz

 
31 de octubre 2003