Por la Esperanza
Rafael Toribio - 17 de agosto 2003

Vivimos momentos difíciles porque tenemos sobrados motivos para el desaliento y el abatimiento. Estos sentimientos se transforman en frustración y desesperanza si la preocupación por la situación presente la proyectamos hacia el futuro inmediato: el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional deja claramente establecido que nos costará varios años volver a la situación en que nos encontrábamos en el 2000. Particularmente pienso que solo después de una década de esfuerzos y sacrificios sostenidos es que podremos lograr el crecimiento económico que teníamos, que en términos de disponibilidad de bienes y servicios es condición necesaria, aunque no suficiente, para  que pueda lograrse un verdadero desarrollo social. Pero debemos enfrentar esta lamentable realidad cuando las consecuencias de los cambios en el contexto externo aceleran la marcha y no nos van a esperar, como tampoco pueden  esperar  los compromisos del Estado con sus ciudadanos en relación a la salud, la educación y la seguridad social. Mientras el país tiene que detenerse, y hasta retroceder para reencontrarnos con lo que teníamos y perdimos, los cambios y sus exigencias continuarán, como también las expectativas y demandas de la ciudadanía por el derecho a una vida mas digna.  

Pese a que parece haber suficientes razones para que el pesimismo se apodere de todos nosotros, tenemos que hacer un esfuerzo colectivo por mantener la esperanza. La esperanza es el desafío del ser humano frente a las adversidades, la fatalidad de los hechos, y a lo que se presenta como irrevocable. Si aún frente a la muerte, que presagia el término de todo, es posible mantener la esperanza, podemos y debemos mantenerla también frente a eventos y realidades que no tienen el sello de lo inexorable, sino de lo remediable por depender de decisiones y acciones humanas.  

Frente a acontecimientos o realidades sobre los que pensamos no tener oportunidad de modificar puede apoderarse de pronto en nosotros un sentimiento de indefensión  que nos  conduzca   solo a desear que las cosas sean de otra manera, o a esperar que mejoren por lo que puedan hacer otros, sin ninguna intervención nuestra. Pero puede producirse también un sentimiento de rechazo, y hasta de cólera, que haga despertar la esperanza y la confianza de que se puede evitar lo negativo que se espera, por la acción de quienes tienen la responsabilidad principal de hacerlo y por los que se niegan a solo esperar o desear lo que debe suceder.  

 Esperar es “creer que ha de suceder alguna cosa, especialmente si es favorable. Es tener esperanza de conseguir lo que se desea”. Puede ser también “permanecer en el sitio donde se presume que ocurrirá alguna cosa”. En ambas acepciones es una actitud sin acción dirigida a intervenir para influir con el ánimo de intentar modificar lo que pueda suceder. Esperar es la disposición de recibir lo que las circunstancias determinen. Quién espera puede recibir lo positivo, y también lo negativo. Desear, por su parte, representa un paso de avance respecto a la espera. Es una “movimiento energético de la voluntad hacia el conocimiento, posesión o disfrute de una cosa”. Por eso, más que esperar, supone una acción dirigida a lograr que se produzca lo que se espera o se necesita. Lo que finalmente suceda puede ser positivo o negativo, pero cuando verdaderamente se desea algo, la voluntad  produce una acción con intención de incidir en lo que está por venir y es esperado. La esperanza,  por otro lado, es el “estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”, y parece estar más cerca del deseo que de la simple espera. Además, la esperanza introduce en el futuro la certeza de lo positivo, si se basa en la fe, y la confianza  de que puede ser mejor de lo que se espera, si la basamos en los efectos que puedan tener las acciones humanas sobre el porvenir de cada uno de nosotros y del país. La esperanza  espera siempre lo positivo.  

El país se encuentra en estos momentos en una situación especialmente difícil. Se hacen enormes esfuerzos, no siempre de la manera más adecuada, y se contraen compromisos que a mediano y largo plazos pueden restablecer la confianza perdida de los agentes económicos y recuperar el crecimiento de la economía, ahora desaparecido, que es base esencial para el bienestar de los ciudadanos. Pero en lo inmediato, a corto plazo, el costo será enorme, porque implicará tener que reducir la inversión social, lo que supondrá posponer la posibilidad de saldar la deuda social del Estado con sus ciudadanos en términos de salud, educación, seguridad social, todos renglones  importantes para lograr el desarrollo humano de la mayoría de la población. El panorama se torna  por momentos desolador, con poco espacio para la esperanza. Pero a pesar de ello, tenemos y debemos de hacerle el espacio que necesita la esperanza para que renazca la confianza de que podemos lograr hacer que el futuro sea mucho mejor de lo que los hechos nos anuncian. Esto solo podrá lograrse en la medida de que cada uno de nosotros cumpla sus responsabilidades en los ámbitos en que se desempeña y reclame que los demás también lo hagan, sobre todo los que detentan posiciones de liderazgo político, social o económico, y que en sus decisiones prime el interés general sobre cualquier interés particular.

Las realidades adversas hacen que veamos el futuro cargado de pesimismo. La incertidumbre de lo que puede ocurrir tiene de positivo que abre posibilidades porque “nadie sabe lo bastante para ser pesimista”.  Todos los datos y conocimientos de que podemos disponer no son suficientes para darnos una certeza absoluta de lo que realmente va a suceder. Nos darán elementos y pistas para vislumbrar lo que puede venir, pero también  posibilidades de influir con la intención de su modificación. Por eso siempre habrá lugar para la esperanza. En el caso hipotético de que nada se pueda hacer, con la impotencia nace entonces la cólera, que es amiga de la esperanza en la medida de que representa un rechazo a lo que es, o será, y  nos mueve hacia lo que debiera ser.  Por eso, aún en el peor de los casos, siempre es posible la esperanza. Pero tenemos que construirla, no sólo esperarla.  

Rafael Toribio
rtoribio@intec.edu.do

 
17 de agosto 2003