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Con
La Rabia en el corazón Imposible
no sentirse impresionado al leer la madurez y profundidad con que esta
muchacha ha asumido la lucha de su madre y los retos que la vida le ha
impuesto, y al mismo tiempo la confesión de sus carencias maternales al
reclamar la ternura del reencuentro. Hace
un par de años tuve la oportunidad de conocer a Ingrid Betancourt, al
leer su libro La Rabia en el Corazón (Editorial Grijalbo, 2001), donde
cuenta la intensidad de vida y propósitos que la llevaron a ganar una
curul de diputada en 1994, y cuatro años después de senadora, luchando
casi sola, sin partido y contra la corrupta y criminal burocracia política
colombiana. Ingrid
fue un fenómeno de mujer, con una capacidad comunicativa excepcional, que
hizo su campaña para diputada repartiendo condones en las esquinas
encomendando a sus compatriotas "presérvense de la corrupción, que
es el SIDA de la política". Las burlas iniciales se trocaron en
admiración y ganó. Hay
que imaginarse el espectáculo. Una bellísima mujer de 33 años, hija de
un exministro de Educación, don Gabriel Betancourt, repartiendo
preservativos a los automovilistas. Cuatro años después utilizaría una
máscara antipolución para su campaña a senadora, resultando la más
votada entre todos los contendientes. Creó
su propio movimiento político con el simbólico nombre de Oxígeno,
mientras en el Congreso libraba una intensa campaña de denuncias contra
la mafia y la narcopolítica, habiéndo encabezado la lucha por el
procesamiento del presidente Ernesto Samper, en cuya campaña se utilizó
dinero del narcotráfico. De
manera que el próximo paso de Ingrid Betancourt fue lanzarse a la búsqueda
de la presidencia y las encuestas no la dejaban mal parada cuando al
adentrarse, conscientemente, en la zona desmilitarizada para las
negociaciones de paz con la guerrilla, fue víctima de secuestro por parte
de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Más
de 16 meses han transcurrido desde entonces y nada se ha sabido
oficialmente de la joven política, ahora con 42 años. Aunque para la
mayoría de los colombianos ella sigue viva. Nadie puede esperar que el
final de una vida tan brillante pueda precipitarse en la oscuridad y el
anonimato de la selva, a manos de quienes deberían verla como aliada, si
no fuera porque hasta la guerrilla ha degenerado en Colombia. Ya
desde antes de su desaparición, Ingrid había tenido que separarse de sus
hijos, Melania y Lorenzo, este ahora de 15 años, porque las continuas
amenazas contra su vida se extendieron a sus dos prendas humanas. Ambos
han vivido en Santo Domingo durante varios años, al amparo de su padre,
un diplomático francés. En su libro se puede comprobar el sufrimiento de
la separación, pero la determinación de luchar por otra Colombia ha sido
más fuerte que el sentimiento maternal. En
verdad la Ingrid Betancurt de La Rabia en el Corazón es una mezcla de
mujer dura e inflexible en la lucha por la decencia y la vida y frágil y
tierna en los sentimientos. Dijo que "voy a vivir constantemente con
la anguistia de que papá muera lejos de mi". Su angustia debe haber
terminado, puesto que se le supone enterada de que efectivamente don
Gabriel Betancourt murió hace algunos meses, hambriento de su ternura. Soñando
con la Colombia de mañana, Ingrid Betancourt concluye su libro con estas
palabras: "Mi relación con la muerte se equipara a la que puede
tener con ella un equilibrista. Tanto él como yo hacemos cada cual una
actividad peligrosa, evaluamos los riesgos, pero nuestro amor por el arte
es más grande que el miedo. Amo la vida apasionadamente, no tengo ganas
de ser ninguna mártir, todo lo que construyo en Colombia es también para
poder tener la felicidad de envejecer aquí. Para tener el derecho de
vivir aquí en este, nuestro país, sin temer por todos aquellos que yo
amo". A
Ingrid la he llevado en el corazón durante estos meses de su cautiverio.
Sabía que sus hijos vivían aquí, entre nosotros. Pero nunca intenté
entrevistarlos, respetando su anonimato. Pero ahora que Melanie ha hablado,
celebro sus palabras y encuenstro en ellas a su madre. Habló
al marcharse a parís para estudiar ciencias políticas. La suerte de su
madre en vez de escarmentarla la incentiva. Porque "Colombia está
sufriendo y necesita ayuda. Cuando uno tiene dos nacionalidades siempre va
a sentir algo muy especial por el país que está en dolor, que más sufre.
Hay como una pasión que lo llama a uno hacia ese país. Me siento
colombiana completamente". Melanie
no llora, espera por su madre. Todos debemos acompañarla exigiendo que
aparezca pronto para que siga siendo sembradora de sueños, de esperanzas,
de inmensa ternura, como la que se reproduce en su hija.- |