El lastre del PRD oficialista
Fausto Rosario - 14 de diciembre 2002   

El presidente Hipólito Mejía ha descuidado la vigilancia sobre su Gobierno, y le ha quitado poder a los mecanismos de persecución y sanción de la corrupción, lo que ha posibilitado que se desaten en su interior algunas de las variantes de corrupción que casi siempre el país ha padecido y rechazado.

Es penoso el panorama en que nos encontramos, con un Gobierno que a mitad del período resulta seriamente impugnado por los casos de corrupción, y que pese a las evidencias no se interesa en dar demostraciones de que sus más altas instancias rechazan de plano la corrupción de que se le acusa.

Peor aún, en momentos en que debe ofrecer explicaciones y dar demostraciones de que no se trata de fenómeno generalizado, las autoridades actúan con intolerancia y abuso contra los periodistas y los medios de comunicación que formulan las denuncias, como ha ocurrido con la identificación del contrabando de arroz por Dajabón.

El Poder Ejecutivo, y particularmente el presidente Hipólito Mejía, ha resultado perjudicado con el caso de corrupción de uno de sus asistentes, Pepe Goico, y una parte del Ministerio Público, la Fiscalía del Distrito Nacional, terminó de hundirle el cuchillo han intentar proteger al personaje principal del caso y vanamente impedir que se hiciese una investigación más profunda del caso. Una reciente declaración del presidente de la República, sobre la responsabilidad de supuestos pejes gordos en el mismo, fue más que suficiente para dar a entender que el mandatario está conciente de la amplísima dimensión del caso.

El Departamento de Prevención de la Corrupción ha trabajado en terreno movedizo. Cada vez que ha intentado actuar, su prestigio y empeño se hace más pequeño a la vista de todos. Cada vez que más denuncias de corrupción se manejan en los medios de comunicación, sin que haya ninguna acción de esa unidad, peor es su imagen.

Los rumores sobre corrupción en Palacio Nacional, de supuestos funcionarios vinculados al tráfico de drogas, no pueden ser más dañinos, especialmente si hay un piloto de una aeronave comercial apresado en Miami, Rafael de la Cruz, que ha dicho que funcionarios del Gobierno le ofrecieron 200 mil dólares para transportar 452 kilos de cocaína hasta los Estados Unidos, y que esas confesiones están en manos de las autoridades norteamericanas. Lamentablemente nadie en el Gobierno ha advertido que se trata de un caso que afecta directamente al Palacio Nacional, a todos los que en él laboran, y a todo el gabinete presidencial.

Del mismo modo displicente se ha manejado la denuncia de funcionarios de Estados Unidos, específicamente del ex subsecretario de Estado Adjunto, Otto Reicht, quien informó de la cancelación de varias visas a funcionarios dominicanos por sus vínculos con actos de corrupción en la administración pública. La información fue confirmada por el embajador norteamericano en el país, Hans Hertell, quien dijo que su delegación no estaba obligada a ofrecer los nombres de los sujetos despojados de sus visas.

Inspectores de Migración y Aduanas se han convertido en un azote contra los visitantes que llegan para las navidades. Hay denuncias de extorsión contra los viajeros que van a México. El contrabando de productos agrícolas por la frontera con Haití, y especialmente el apresamiento de un informante del DNI, con tarjeta de las Fuerzas Armadas, el cual portaba una metralleta Uzi que supuestamente le entregaron las FF.AA, ponen la piel de pavo a cualquiera, porque estos hechos son como el crujir de los cuchillos en la temporada de navidad.

El Gobierno, y el Presidente de la República, deben amenazar menos y actuar más, para evitar que la corrupción termine arropando sus actuaciones. Los dos gobiernos inmediatamente anteriores del PRD no terminaron bien en materia de corrupción, y ese podría ser el sino fatal del actual mandato perredeísta.

14 de diciembre 2002