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Pónganle
atención a Virgilio Bello Los
que conocen el recio carácter de Bello Rosa han apostado en todo momento
a que pasará por el ejercicio gubernamental haciendo honor a los
principios, sin olvidar las preocupaciones y planteamientos que lo
motivaban desde sus años juveniles. Saben,
también, que no perderá la frialdad para analizar el curso de la acción
gubernamental y reconocer tropiezos y fracasos, más allá del servilismo
y la incondicionalidad que caracteriza a los dependientes de los
presidentes de la República. Durante
más de dos años al frente de la Procuraduría General hemos visto a un
Virgilio Bello Rosa enhiesto y recrecido, cuestionando actuaciones
policiales y militares, defendiendo principios constitucionales, expresano
insatisfacción con la marcha de la justicia, y respetando los derechos de
los ciudados y ciudadanas sin importar su categoría o condición política,
económica o social. El
pasado jueves 21 de noviembre, Bello Rosa no se arredró ante la
sospechosa calificación de correccional que el fiscal del DN, Máximo
Aristy Caraballo, otorgó al expediente sobre el escándalo que envuelve
al coronel Pedro Julio Goico, al capitán-gerente bancario Alberto Torres
Pezzoti y al sargento-empresario Pedro Díaz Ramos. El
Procurador no sólo rechazó el calificativo, sino que concluyó en que
con esa actuación el gobierno y el Ministerio Público pierden autoridad
moral para proseguir la lucha contra la corrupción. Por
demás, Virgilio Bello formuló una advertencia que debe ser bien tomada
en cuenta por sus compañeros de partido y de gobierno. Dijo que "la
historia nacional enseña que los gobiernos comienzan a dañarse en los
dos últimos años, período en que nos encontramos del presente cuatrenio". Y
tiene razón el amigo Bello Rosa, sobre todo si se aplica a los gobiernos
que sólo han durado cuatro años, como los de Antonio Guzmán, Salvador
Jorge Blanco y Leonel Fernández Reyna. Se
llega al poder con sinceros deseos de cambiar el curso de nuestra historia,
de prevenir y sancionar la corrupción, pero en la medida en que van
descubriendo las mieles del poder y avanzan hacia los finales, el
eclecticismo y el pragmatismo van haciendo mella en los principios y
abriendo campo al dejar hacer y dejar pasar. Los
deseos de prolongación en el poder, o de acumular méritos para un
posterior retorno, pautan la acción y la inversión gubernamental. En
base a ello se permite la acumulación de bienes a costa del patrimonio
nacional para disponer de futuro financiamiento, o se practica la
tolerancia con los incondicionales. Si
dividimos en dos mitades el gobierno del doctor Fernández Reyna podremos
comprobar que en la primera mitad hubo mucho más apego a los viejos
principios y a las preocupaciones morales. En la segunda predominó el
pragmatismo salvaje. Virgilio
Bello Rosa tiene que recordar muy bien lo distinto que fue el Antonio Guzmán
de la primera mitad y cómo se fue confundiendo en la segunda hasta
perderse en la nebulosa del poder, atrapado por un entorno que lo empujaba
ciegamente al continuismo, sin considerar las condiciones obejtivas ni los
compromisos políticos. Le costó caro a él y a la nación. El
procurador General tuvo muy cerca del presidente Salvador Jorge Blanco y
sabe perfectamente que en su primera mitad presidió un gobierno impoluto,
austero, vigilante de los principios morales, pero en la segunda todo se
relativizó en orden a la acumulación para el retorno futuro. Jorge
Blanco no se embolsilló un solo peso del patrimonio público, pero
permitió mucha corruptela en su entorno, sobre todo de parte de un puñado
que le juraba incondicionalidad hasta la muerte. El, sin una sola
propiedad adquirida al amparo del poder, concluyó terriblemente como el
único mandatario condenado por corrupción, sólo, con la indiferencia de
su partido y de muchos de los suyos propios. Los
arquitectos, constructores y defensores de este gobierno deberían poner
atención a las sabias expresiones de Virgilio Bello Rosa, puestas por
escrito para que a nadie quedara duda de su responsabilidad. La
advertencia es oportuna ahora que el gobierno comienza a embarrar su
imagen, al compás de escándalos de corrupción, y cuando la prepotencia
y la soberbia son la respuesta a los requerimientos de coherencia que se
formulan en la opinión pública. Todavía
hay tiempo para enderezar el rumbo y evitar la repetición de la constante
histórica que conducen a los gobiernos más democráticos al desprestigio
y el descalabro en la segunda mitad del cuatrienio.- 27
de noviembre 2002 |