Esa lucha ya fracasó...
Periodico Hoy - 27 de noviembre 2002


Por Bienvenido Alvarez Vega

La población dominicana está justificadamente escandalizada con los frecuentes casos y denuncias de actos de corrupción cometidos en las esferas gubernamentales. Las crónicas periodísticas han dado cuentas como nunca antes de crímenes en los que han estado envueltos funcionarios públicos, robos, falsedades, tráfico de estupefacientes, pérdidas de cheques y fondos, etcétera.

El mismo gobierno de los Estados Unidos, cuyos representantes no han escondido nunca la simpatía que sienten hacia esta administración, han tenido que hacer serias y contundentes denuncias públicas en las que llaman la atención sobre la práctica inactividad del gobierno en la llamada lucha contra la corrupción.

Las opiniones de los ciudadanos, recogidas no sólo en las crónicas y reportajes periodísticos e intervenciones en los medios electrónicos, sino en periódicas y profesionales encuestas, han sorprendido por la unanimidad de un juicio que afirma sin ambages ni medias tintas que en este gobierno hay mucha corrupción.

Y la iglesia católica, acostumbrada al examen juicioso de la conducta de los gobernantes dominicanos post Trujillo, se ha visto obligada en múltiples ocasiones a condenar la corrupción y a sugerir la adopción de medidas que la contengan y reduzcan a su mínima expresión. Unas veces lo ha hecho a través de documentos públicos y muchas otras por medio de declaraciones de sus obispos y sacerdotes.

Ahora mismo, por ejemplo, el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez acaba de catalogar el fenómeno como una maldición que le ha caído al pueblo dominicano y ha dicho, de paso, que no conoce esfuerzo serio alguno de los gobiernos para enfrentar la corrupción.

El gobierno del Presidente Mejìa ha fracasado de manera estrepitosa en su interés de limitar y combatir la corrupción. Sus palabras no han sido acompañadas de medidas eficaces. La retórica ha sobrado o ha querido sustituir el necesario diseño de una política que establezca cero tolerancia para los corruptos y que examine de manera minuciosa todas las acciones del gobierno en las que estén comprometidos los fondos públicos.

La lección es clara: no se gobierna con buena voluntad, con deseos santos y con retórica preñada de palabras y palabrotas. Las instituciones tienen que operar como tales y expresar, a través de políticas específicas y universales, los deseos y las metas de los mandatarios.

Cuando esta administración llegó al Palacio Nacional, blandiendo látigos y soltando todo tipo de acusaciones contra los gobernantes que salían, mucha gente pensó que había un interés genuino para condenar las anomalías que pudieran encontrarse y, de paso, establecer un nuevo magisterio ético. Pero a los pocos meses se viò en qué dirección soplaba el viento y cuales eran las reales intenciones.

La lucha contra la corrupción es, probablemente, una de las más difíciles de cuanta haya que librar en América Latina. Porque en esta región, incluida la República Dominicana, la corrupción ha pasado a formar parte de la manera de hacer política y de hacer negocios. Y es, como han dicho los expertos y nosotros repetimos, parte constitutiva de esa segunda conciencia del latinoamericano que es la cultura.

Y en el caso concreto de la práctica política-partidaria, en América Latina se hace política, en casi el cien por ciento de los casos, para ascender socialmente, para acumular riquezas, para buscar prestigio, para conseguir tierras, vacas, casas, cuentas bancarias. Aquello de que la política y el poder son medios de servicios a favor de la gente se ha convertido en puro cuento de camino.

Hay, pues, un camino largo que recorrer, más sustentado en la esperanza que en las posibilidades inmediatas.

En conclusión, el Presidente Mejìa ha perdido un tiempo precioso en su esfuerzo para enfrentar la corrupción. Para hacerlo con resultados diferentes debió fundamentarse más en las instituciones y en las políticas de éstas que en su buena voluntad y en sus constantes amenazas. Había que levantar el telón de la tolerancia cero.

Sí tiene tiempo, en cambio, para sacudirse y evitar que su gobierno concluya con la percepción tan desfavorable que ahora tiene. Sólo para esto, porque ya la lucha de este gobierno contra la corrupción fracasó.

bavegado@yahoo.com

27 de noviembre 2002