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Esa
lucha ya fracasó...
El
mismo gobierno de los Estados Unidos, cuyos representantes no han
escondido nunca la simpatía que sienten hacia esta administración, han
tenido que hacer serias y contundentes denuncias públicas en las que
llaman la atención sobre la práctica inactividad del gobierno en la
llamada lucha contra la corrupción. Las
opiniones de los ciudadanos, recogidas no sólo en las crónicas y
reportajes periodísticos e intervenciones en los medios electrónicos,
sino en periódicas y profesionales encuestas, han sorprendido por la
unanimidad de un juicio que afirma sin ambages ni medias tintas que en
este gobierno hay mucha corrupción. Y
la iglesia católica, acostumbrada al examen juicioso de la conducta de
los gobernantes dominicanos post Trujillo, se ha visto obligada en múltiples
ocasiones a condenar la corrupción y a sugerir la adopción de medidas
que la contengan y reduzcan a su mínima expresión. Unas veces lo ha
hecho a través de documentos públicos y muchas otras por medio de
declaraciones de sus obispos y sacerdotes. Ahora
mismo, por ejemplo, el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez acaba
de catalogar el fenómeno como una maldición que le ha caído al pueblo
dominicano y ha dicho, de paso, que no conoce esfuerzo serio alguno de los
gobiernos para enfrentar la corrupción. El
gobierno del Presidente Mejìa ha fracasado de manera estrepitosa en su
interés de limitar y combatir la corrupción. Sus palabras no han sido
acompañadas de medidas eficaces. La retórica ha sobrado o ha querido
sustituir el necesario diseño de una política que establezca cero
tolerancia para los corruptos y que examine de manera minuciosa todas las
acciones del gobierno en las que estén comprometidos los fondos públicos. La
lección es clara: no se gobierna con buena voluntad, con deseos santos y
con retórica preñada de palabras y palabrotas. Las instituciones tienen
que operar como tales y expresar, a través de políticas específicas y
universales, los deseos y las metas de los mandatarios. Cuando
esta administración llegó al Palacio Nacional, blandiendo látigos y
soltando todo tipo de acusaciones contra los gobernantes que salían,
mucha gente pensó que había un interés genuino para condenar las anomalías
que pudieran encontrarse y, de paso, establecer un nuevo magisterio ético.
Pero a los pocos meses se viò en qué dirección soplaba el viento y
cuales eran las reales intenciones. La
lucha contra la corrupción es, probablemente, una de las más difíciles
de cuanta haya que librar en América Latina. Porque en esta región,
incluida la República Dominicana, la corrupción ha pasado a formar parte
de la manera de hacer política y de hacer negocios. Y es, como han dicho
los expertos y nosotros repetimos, parte constitutiva de esa segunda
conciencia del latinoamericano que es la cultura. Y
en el caso concreto de la práctica política-partidaria, en América
Latina se hace política, en casi el cien por ciento de los casos, para
ascender socialmente, para acumular riquezas, para buscar prestigio, para
conseguir tierras, vacas, casas, cuentas bancarias. Aquello de que la política
y el poder son medios de servicios a favor de la gente se ha convertido en
puro cuento de camino. Hay,
pues, un camino largo que recorrer, más sustentado en la esperanza que en
las posibilidades inmediatas. En
conclusión, el Presidente Mejìa ha perdido un tiempo precioso en su
esfuerzo para enfrentar la corrupción. Para hacerlo con resultados
diferentes debió fundamentarse más en las instituciones y en las políticas
de éstas que en su buena voluntad y en sus constantes amenazas. Había
que levantar el telón de la tolerancia cero. Sí
tiene tiempo, en cambio, para sacudirse y evitar que su gobierno concluya
con la percepción tan desfavorable que ahora tiene. Sólo para esto,
porque ya la lucha de este gobierno contra la corrupción fracasó. bavegado@yahoo.com 27
de noviembre 2002 |