Cambiar para permanecer
Rafael Toribio - 15 de noviembre 2002

Son estos tiempos de hacer lo conveniente en cada momento, sin importar tener que renunciar a lo que se había defendido y desdecirse de lo que se había afirmado. El pragmatismo salvaje imperante aconseja hacer lo que es necesario hacer para lograr algún beneficio o para evitar inconvenientes. Conocemos a través de nuestra historia, y ahora de forma directa, porque son contemporáneas nuestras, a personas que han hecho de la permanencia, a toda costa, su razón de ser. Antes eran conocidas como “corchos” por su cualidad esencial de “flotar” en cualquier circunstancia; ahora esos antiguos corchos son conocidos como personas audaces, listas, pragmáticas, y hasta como muy inteligentes. 

En todos los aspectos de la vida ciudadana, y en todos los sectores sociales, vemos estos personajes que ofrecen los mismos servicios que ofrecieron anteriormente a personas y grupos contrarios a los que hoy les pagan sus honorarios; haciendo las mismas recomendaciones que antes formularon y que no dieron los resultados esperados; desempeñando las mismas diligencias que antes hicieron. A cambio, mantienen el reconocimiento, reciben distinciones, y algunos de ellos excelentes recompensas económicas por los servicios que ahora prestan, que no se diferencian esencialmente de los que prestaron anteriormente a otras personas y a otros grupos.

 

Dentro de estos personajes vemos al político que cambia de partido, o de tendencia en el mismo partido; al empresario beneficiado ayer por su cercanía con el poder, y ahora también; al intelectual que dice hoy lo que calló ayer, o que se desdice de lo que había afirmado y defendido, porque ayer como hoy recibe la misma gratificación; el comunicador social defendiendo ahora lo que había atacado anteriormente porque es ahora cuando está recibiendo beneficios; el líder social que lo sigue siendo por las mudanzas realizadas para adecuarse a las nuevas circunstancias; asesores antes y asesores hoy también, defendiendo ahora lo que atacaron anteriormente y recibiendo los excelentes honorarios que recibían ayer.

 

En todos estos casos hay algo que es común: la voluntad decidida en estas personas de permanecer, haciendo lo que haya que hacer para lograrlo.

 

Las conductas descritas nos han hecho recordar la anécdota del alcalde español que siempre quiso ser alcalde: en la República, fue republicano; en la Monarquía, monárquico: franquista con Franco; restablecida la democracia, demócrata; socialista con los socialistas; y hoy, militando en las filas del Partido Popular, que está en el poder. Cuando un amigo le acusó de cambiar de chaqueta con gran facilidad, y le preguntó por qué había cambiado tanto en política, le respondió que él nunca había cambiado, las que cambiaban eran las circunstancias, a las que tenía que adecuarse, porque él siempre quiso ser alcalde.

¿A cuántas personas conocemos como este alcalde que han cambiado constantemente de posiciones, pero siempre para permanecer y beneficiarse? Son muchas, y la aceptación que tienen en quienes pueden remunerar sus servicios hacen que sean cada vez más. Pero conocemos a personas, muchas también, pero con menos reconocimiento público que las anteriores, que han preferido ser honestas consigo mismas y con los demás, fieles a sus principios y que confirman con sus hechos lo que declaran en sus palabras. Necesitamos que sean más y que tengan un mayor reconocimiento.

rtoribio@mail.intec.edu.do 

 

15 de noviembre 2002