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Cambiar
para permanecer Son estos tiempos de hacer lo conveniente en cada momento, sin importar tener que renunciar a lo que se había defendido y desdecirse de lo que se había afirmado. El pragmatismo salvaje imperante aconseja hacer lo que es necesario hacer para lograr algún beneficio o para evitar inconvenientes. Conocemos a través de nuestra historia, y ahora de forma directa, porque son contemporáneas nuestras, a personas que han hecho de la permanencia, a toda costa, su razón de ser. Antes eran conocidas como “corchos” por su cualidad esencial de “flotar” en cualquier circunstancia; ahora esos antiguos corchos son conocidos como personas audaces, listas, pragmáticas, y hasta como muy inteligentes. En
todos los aspectos de la vida ciudadana, y en todos los sectores sociales,
vemos estos personajes que ofrecen los mismos servicios que ofrecieron
anteriormente a personas y grupos contrarios a los que hoy les pagan sus
honorarios; haciendo las mismas recomendaciones que antes formularon y que
no dieron los resultados esperados; desempeñando las mismas diligencias
que antes hicieron. A cambio, mantienen el reconocimiento, reciben
distinciones, y algunos de ellos excelentes recompensas económicas por
los servicios que ahora prestan, que no se diferencian esencialmente de
los que prestaron anteriormente a otras personas y a otros grupos.
Dentro
de estos personajes vemos al político que cambia de partido, o de
tendencia en el mismo partido; al empresario beneficiado ayer por su
cercanía con el poder, y ahora también; al intelectual que dice hoy lo
que calló ayer, o que se desdice de lo que había afirmado y defendido,
porque ayer como hoy recibe la misma gratificación; el comunicador social
defendiendo ahora lo que había atacado anteriormente porque es ahora
cuando está recibiendo beneficios; el líder social que lo sigue siendo
por las mudanzas realizadas para adecuarse a las nuevas circunstancias;
asesores antes y asesores hoy también, defendiendo ahora lo que atacaron
anteriormente y recibiendo los excelentes honorarios que recibían ayer.
En
todos estos casos hay algo que es común: la voluntad decidida en estas
personas de permanecer, haciendo lo que haya que hacer para lograrlo.
Las conductas descritas nos han hecho recordar la anécdota del alcalde español que siempre quiso ser alcalde: en la República, fue republicano; en la Monarquía, monárquico: franquista con Franco; restablecida la democracia, demócrata; socialista con los socialistas; y hoy, militando en las filas del Partido Popular, que está en el poder. Cuando un amigo le acusó de cambiar de chaqueta con gran facilidad, y le preguntó por qué había cambiado tanto en política, le respondió que él nunca había cambiado, las que cambiaban eran las circunstancias, a las que tenía que adecuarse, porque él siempre quiso ser alcalde. ¿A
cuántas personas conocemos como este alcalde que han cambiado
constantemente de posiciones, pero siempre para permanecer y beneficiarse?
Son muchas, y la aceptación que tienen en quienes pueden remunerar sus
servicios hacen que sean cada vez más. Pero conocemos a personas, muchas
también, pero con menos reconocimiento público que las anteriores, que
han preferido ser honestas consigo mismas y con los demás, fieles a sus
principios y que confirman con sus hechos lo que declaran en sus palabras.
Necesitamos que sean más y que tengan un mayor reconocimiento. 15
de noviembre 2002 |