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Confianza
en el Presidente Vladimiro Montesinos fue un
artilugio de la política peruana que hizo de Alberto Fujimori un hombre
de un poder extraordinario, al frente del Ejecutivo, le ayudó a
perpetuarse en la presidencia del país y, con amarres militares y
sobornos a diestra y siniestra, enterró la soberanía de las
instituciones democráticas, como el tribunal electoral y la Corte Suprema
de Justicia. De espaldas a su país,
acorralado por todos los flancos, rodeado de narcotraficantes y personeros
chantajeados, el 13 de noviembre del 2000 Fujimori terminó abandonando la
presidencia peruana de la manera más vergonzosa que se haya conocido en
la historia de ese país. Montesinos se vio acorralado,
se peleó con su entorno y salió huyendo hacia Venezuela y Panamá, y
luego de varias semanas fue apresado en la capital panameña y entregado a
las autoridades peruanas que lo esperaban con ansias para procesarlo por
los más insólitos y variados delitos. Entre los crimenes cometidos
por el asesor presidencial se identificaron tortura y asesinato, narcotráfico,
soborno, lavado de dinero, chantaje y pincheo de la privacidad de todo
tipo de personas, especialmente funcionarios, periodistas, congresistas,
políticos y militares. Al entonces presidente
Alberto Fujimori le sirvió ampliamente en su búsqueda incesante de poder,
pero le corrompió en forma absoluta la base de su legitimidad como
gobernante y desprestigió su ejercicio hasta niveles indecibles. Claro, Montesinos hizo
cuanto le fue posible porque creó una base de operaciones eficiente y
porque contó con apoyo político para hacerlo. Probablemente el
presidente peruano no percibía que todo el poder que recibía era el
resultado de un trabajo sucio propio del hampa, y envuelto en la aureola
que da el poder creía que todo el mundo consentía sus ejecutorias y que
los opositores no pasaban de ser unos envidiosos de que un “chino”
fuese el presidente de los peruanos. El caso Montesinos-Fujimori
es un exagerado ejemplo de lo que ocurre cuando los presidentes depositan
demasiada confianza en subalternos excesivamente celosos y
desmesuradamente consentidores y aduladores. El ejercicio del poder tiene
una capacidad de seducción por encima del sexo, de los placeres del mundo
normal y de cualquier atractivo, únicamente equiparable al poder y
seducción que concitan y reciben las megaestrellas del espectáculo
mundial. El presidente Hipólito Mejía
ha mantenido una lucha constante por sostener su personalidad y sus formas
de ser y de comunicarse, pese al desempeño que le ha tocado de la
presidencia en un país demasiado atento a lo que diga o haga el
mandatario. Ni siquiera los pellizcos y sorpresas de Boris Yeltsin o las
malas palabras de Jacques Chirac se equiparan a la naturaleza verbal y
coloquial de Hipólito Mejía. Pese a esa coherencia, en la
selección de muchas de las personas que le rodean, no ha sido certero y
ha pecado de confianza más allá de la que corresponde a un presidente
con subalternos que tienen, o han tenido, antecedentes que debieron
haberles excluido de ese círculo íntimo. El último escándalo
provocado por las actuaciones del coronel Pepe Goico deberá investigarse
hasta las últimas consecuencias, para que la figura presidencial emerja
fuera de toda sospecha y en condiciones de sacudirse de los tropiezos que
han significado los tantos ayudantes civiles, cónsules y otros sujetos
envueltos en actividades ilícitas, utilizando abusivamente la sombrilla
del Poder Ejecutivo. Estos hechos deben otorgarle
más fuerza y vitalidad al Presidente de la República para ser el primero
en condenar y sancionar, a través de los canales que le otorgan la ley y
la Constitución, a los usufructuarios de una confianza que jamás
debieron recibir. 09
de noviembre 2002 |