Confianza en el Presidente
Fausto Rosario - 09 de noviembre 2002   

Vladimiro Montesinos fue un artilugio de la política peruana que hizo de Alberto Fujimori un hombre de un poder extraordinario, al frente del Ejecutivo, le ayudó a perpetuarse en la presidencia del país y, con amarres militares y sobornos a diestra y siniestra, enterró la soberanía de las instituciones democráticas, como el tribunal electoral y la Corte Suprema de Justicia.

De espaldas a su país, acorralado por todos los flancos, rodeado de narcotraficantes y personeros chantajeados, el 13 de noviembre del 2000 Fujimori terminó abandonando la presidencia peruana de la manera más vergonzosa que se haya conocido en la historia de ese país.

Montesinos se vio acorralado, se peleó con su entorno y salió huyendo hacia Venezuela y Panamá, y luego de varias semanas fue apresado en la capital panameña y entregado a las autoridades peruanas que lo esperaban con ansias para procesarlo por los más insólitos y variados delitos.

Entre los crimenes cometidos por el asesor presidencial se identificaron tortura y asesinato, narcotráfico, soborno, lavado de dinero, chantaje y pincheo de la privacidad de todo tipo de personas, especialmente funcionarios, periodistas, congresistas, políticos y militares.

Al entonces presidente Alberto Fujimori le sirvió ampliamente en su búsqueda incesante de poder, pero le corrompió en forma absoluta la base de su legitimidad como gobernante y desprestigió su ejercicio hasta niveles indecibles.

Claro, Montesinos hizo cuanto le fue posible porque creó una base de operaciones eficiente y porque contó con apoyo político para hacerlo. Probablemente el presidente peruano no percibía que todo el poder que recibía era el resultado de un trabajo sucio propio del hampa, y envuelto en la aureola que da el poder creía que todo el mundo consentía sus ejecutorias y que los opositores no pasaban de ser unos envidiosos de que un “chino” fuese el presidente de los peruanos.

El caso Montesinos-Fujimori es un exagerado ejemplo de lo que ocurre cuando los presidentes depositan demasiada confianza en subalternos excesivamente celosos y desmesuradamente consentidores y aduladores. El ejercicio del poder tiene una capacidad de seducción por encima del sexo, de los placeres del mundo normal y de cualquier atractivo, únicamente equiparable al poder y seducción que concitan y reciben las megaestrellas del espectáculo mundial.

El presidente Hipólito Mejía ha mantenido una lucha constante por sostener su personalidad y sus formas de ser y de comunicarse, pese al desempeño que le ha tocado de la presidencia en un país demasiado atento a lo que diga o haga el mandatario. Ni siquiera los pellizcos y sorpresas de Boris Yeltsin o las malas palabras de Jacques Chirac se equiparan a la naturaleza verbal y coloquial de Hipólito Mejía.

Pese a esa coherencia, en la selección de muchas de las personas que le rodean, no ha sido certero y ha pecado de confianza más allá de la que corresponde a un presidente con subalternos que tienen, o han tenido, antecedentes que debieron haberles excluido de ese círculo íntimo.

El último escándalo provocado por las actuaciones del coronel Pepe Goico deberá investigarse hasta las últimas consecuencias, para que la figura presidencial emerja fuera de toda sospecha y en condiciones de sacudirse de los tropiezos que han significado los tantos ayudantes civiles, cónsules y otros sujetos envueltos en actividades ilícitas, utilizando abusivamente la sombrilla del Poder Ejecutivo.

Estos hechos deben otorgarle más fuerza y vitalidad al Presidente de la República para ser el primero en condenar y sancionar, a través de los canales que le otorgan la ley y la Constitución, a los usufructuarios de una confianza que jamás debieron recibir.

09 de noviembre 2002