Diálogo o diálogo
Ramón Tejada Holguín - 28 de octubre 2002

La convocatoria y realización de un diálogo nacional revela la debilidad de las instituciones políticas, por lo que intelectuales, políticos y comunicadores sostienen que resultará otro espléndido fracaso.

Si el Senado de la República desoyó las voces que le requirieron una JCE concertada y de acuerdo con los partidos políticos con representación congresional y municipal; si incluso sectores del mismo PRD solicitaron que se negociara, por lo que muchos acusan al sector del PRD identificado como PPH como el principal instigador de tal nombramiento; si las organizaciones de la sociedad civil con mayor presencia en el plano de lo político pidieron vistas públicas; si la jerarquía de la Iglesia Católica exigió que se nombrara una JCE que contara con la confianza de la mayoría; si las agrupaciones del empresariado se unieron a las voces que reclamaban la elección de una JCE capaz de dar seguridad a los principales actores políticos. Pero a nadie se le hizo caso. Entonces ¿por qué razón hay que dialogar ahora? Parece que los argumentos de quienes auguran el fracaso del diálogo son contundentes. Mi lógica es sencilla: necesitamos el diálogo.

En primer lugar pienso que debe buscarse una salida al conflicto político presentado por una decisión que a todas luces carece de tacto político. Esa salida no debe basarse en la idea de que la política es una guerra en la cual hay que destruir al bando contrario, por lo que se descarta que un partido se imponga por la fuerza, las armas o las papeletas. Lo segundo es que debe evitarse que en el 2004 se presente una crisis como la del 90 o el 94. Tenemos la oportunidad de enfrentar una segura crisis política antes que se presente. ¿Qué otra vía que no sea la del diálogo tienen los políticos para hallar una solución? Las opciones son o diálogo antes o diálogo ahora o diálogo después. Creo que todos deberíamos demandar el diálogo ahora, que se tomen decisiones concertadas y que se respeten. El diálogo es necesario porque las instituciones son débiles.


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28 de octubre 2002