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Solución
impostergable La rectificación del
presidente Hipólito Mejía ha producido un ambiente más distendido y
potable, y le abre un compás de espera al Gobierno y a la Junta Central
Electoral, luego de que se convirtieran en blancos de las críticas más
ácidas de la oposición y la sociedad civil. Sólo esa rectificación ha
debido reportarle al Gobierno beneficios inmediatos en la imagen pública
y en las percepciones de la sociedad. Hipólito Mejía acaba de demostrar
que sigue siendo un hombre coherente con la medición del sentimiento público,
que en este caso le representó inmediatamente un coro crítico pocas
veces entonado con tanto acoplamiento. Los hechos eran muy claros
respecto a la actuación y responsabilidad del Presidente de la República
con el tema de la elección de los jueces electorales: Primero dice que la
elección no es de su competencia, sino del Senado de la República, y que
él es respetuoso de la separación de poderes. Luego da la orden públicamente,
incluso estando fuera del país, cuando afirmó que la fruta estaba madura
y que los senadores no debían dar mas vueltas al asunto: la decisión era
elegir inmediatamente los jueces de la Junta Central Electoral. Cosa que
ocurrió de inmediato con la ratificación del doctor Morel Cerda al
frente del organismo electoral. Ante las críticas de la
oposición y la sociedad civil responde que no hay vuelta atrás, que ese
tema estaba decidido constitucionalmente, y que el país debía seguir
adelante, sin más dilaciones. La oposición reformista y peledeísta se
unifica y decide retirar a sus congresistas de las cámaras legislativas,
paralizando así por lo menos la Cámara de Diputados. Mejía responde que no
permitirá el pago a los ausentistas del Congreso, y que si ello significa
violar la Constitución de la República, la violaría porque muchos la
han violado y nadie se ha muerto por eso. La oposición sigue firme, y el
presidente radicaliza su postura: ante la ausencia de los legisladores,
decide que gobernaría a “decretazos limpios”. La oposición refuerza
su postura y gana terreno, incluyendo el cerco en que se han visto
envueltos los simpatizantes del Gobierno o colaboracionistas en el Partido
Reformista Social Cristiano. La tensión no puede ser
mayor. La sociedad civil se hizo cada vez más firme en sus críticas, y
el Congreso y el Gobierno no tenían posibilidad de hacer ver que era
solamente un pataleo de la oposición. Es cierto que el discurso opositor
se escuchaba por todas partes, pero al mismo tiempo hablaban el mismo
lenguaje el Consejo Nacional de la Empresa Privada (CONEP), el Nuncio
Apostólico en el país, la Conferencia del Episcopado Dominicano, el
Cardenal Nicolás López Rodríguez, el Foro Ciudadano y las iglesias
cristianas no católicas. El presidente y su equipo
debieron entender que estaban cercados políticamente, y que el
mantenimiento de la JCE como fue electa por el Senado estaba inquietando
hasta a las delegaciones diplomáticas más influyentes en el país. Otro
incordio era la clarísima vinculación que se estaba dando entre los
partidos PLD y PRSC, que Hipólito Mejía no deseaba. Tres temas de fondo han
pesado, finalmente, en la rectificación del presidente Mejía. La crisis
por la designación de la JCE afectaba desde ya la imagen gubernamental
con miras a la Cumbre Iberoamericana de Presidentes y Jefes de Gobierno, a
realizarse en noviembre en el país. La situación interna del Partido
Revolucionario Dominicano no es muy coherente en torno a este conflicto, y
está claro que la reelección presidencial aprobada en la última reforma
constitucional le aporta incertidumbre a la posición perredeísta. Y por
último, los conflictos de la economía dominicana, tanto en el sector
financiero como en el sector eléctrico, le aportan muchas incertidumbres
al Gobierno. Manejar todo ello no es fácil, y lo mejor será resolver el
problema político institucional. Es una excelente idea que se resuelva
ese tema. 19
de octubre 2002 |