Solución impostergable
Fausto Rosario - 19 de octubre 2002   

La rectificación del presidente Hipólito Mejía ha producido un ambiente más distendido y potable, y le abre un compás de espera al Gobierno y a la Junta Central Electoral, luego de que se convirtieran en blancos de las críticas más ácidas de la oposición y la sociedad civil.

Sólo esa rectificación ha debido reportarle al Gobierno beneficios inmediatos en la imagen pública y en las percepciones de la sociedad. Hipólito Mejía acaba de demostrar que sigue siendo un hombre coherente con la medición del sentimiento público, que en este caso le representó inmediatamente un coro crítico pocas veces entonado con tanto acoplamiento.

Los hechos eran muy claros respecto a la actuación y responsabilidad del Presidente de la República con el tema de la elección de los jueces electorales: Primero dice que la elección no es de su competencia, sino del Senado de la República, y que él es respetuoso de la separación de poderes.

Luego da la orden públicamente, incluso estando fuera del país, cuando afirmó que la fruta estaba madura y que los senadores no debían dar mas vueltas al asunto: la decisión era elegir inmediatamente los jueces de la Junta Central Electoral. Cosa que ocurrió de inmediato con la ratificación del doctor Morel Cerda al frente del organismo electoral.

Ante las críticas de la oposición y la sociedad civil responde que no hay vuelta atrás, que ese tema estaba decidido constitucionalmente, y que el país debía seguir adelante, sin más dilaciones. La oposición reformista y peledeísta se unifica y decide retirar a sus congresistas de las cámaras legislativas, paralizando así por lo menos la Cámara de Diputados.

Mejía responde que no permitirá el pago a los ausentistas del Congreso, y que si ello significa violar la Constitución de la República, la violaría porque muchos la han violado y nadie se ha muerto por eso. La oposición sigue firme, y el presidente radicaliza su postura: ante la ausencia de los legisladores, decide que gobernaría a “decretazos limpios”. La oposición refuerza su postura y gana terreno, incluyendo el cerco en que se han visto envueltos los simpatizantes del Gobierno o colaboracionistas en el Partido Reformista Social Cristiano.

La tensión no puede ser mayor. La sociedad civil se hizo cada vez más firme en sus críticas, y el Congreso y el Gobierno no tenían posibilidad de hacer ver que era solamente un pataleo de la oposición. Es cierto que el discurso opositor se escuchaba por todas partes, pero al mismo tiempo hablaban el mismo lenguaje el Consejo Nacional de la Empresa Privada (CONEP), el Nuncio Apostólico en el país, la Conferencia del Episcopado Dominicano, el Cardenal Nicolás López Rodríguez, el Foro Ciudadano y las iglesias cristianas no católicas.

El presidente y su equipo debieron entender que estaban cercados políticamente, y que el mantenimiento de la JCE como fue electa por el Senado estaba inquietando hasta a las delegaciones diplomáticas más influyentes en el país. Otro incordio era la clarísima vinculación que se estaba dando entre los partidos PLD y PRSC, que Hipólito Mejía no deseaba.

Tres temas de fondo han pesado, finalmente, en la rectificación del presidente Mejía. La crisis por la designación de la JCE afectaba desde ya la imagen gubernamental con miras a la Cumbre Iberoamericana de Presidentes y Jefes de Gobierno, a realizarse en noviembre en el país. La situación interna del Partido Revolucionario Dominicano no es muy coherente en torno a este conflicto, y está claro que la reelección presidencial aprobada en la última reforma constitucional le aporta incertidumbre a la posición perredeísta. Y por último, los conflictos de la economía dominicana, tanto en el sector financiero como en el sector eléctrico, le aportan muchas incertidumbres al Gobierno. Manejar todo ello no es fácil, y lo mejor será resolver el problema político institucional. Es una excelente idea que se resuelva ese tema.

19 de octubre 2002