La moderación derrotada
Rafael Toribio - 17 de octubre 2002   

Aún reconociendo que, en el fondo, la política es la lucha por el poder, y que en esa lucha hay situaciones tan difíciles que pueden llegar hasta la violencia, se ha dicho que la política es mas un arte que una ciencia, queriendo decir con esto que quienes se dedican a esta actividad humana deben hacerlo evidenciando poseer cualidades que les permitan  realizar lo que es posible, o probable, logrando atraerse la voluntad de los demás por la persuasión y no por la imposición. La actividad política obliga a que se utilicen maneras que tienen que ver con el buen hacer y el buen decir en la búsqueda del éxito, que no deben apartarse de las normas socialmente aceptadas en el comportamiento humano, incluyendo el de los políticos. Sin embargo, últimamente hemos visto como se ha extendido, desde la máxima autoridad del Estado a todos los demás ámbitos del poder, un decir y un hacer en los que ha tenido cabida la rudeza sobre la delicadeza, la truculencia en vez de la moderación, la imposición sobre la concertación y la prepotencia en vez de la humildad. Al leer los periódicos pareciera que hay un pugilato diario para ver quién es capaz de expresar la insensatez o truculencia mayor.

Frente a las críticas, reclamos, y hasta propuestas, determinadas autoridades responden con la amenaza o la descalificación de la persona que las formulan. No se trata de ver el mérito de lo expresado, o el derecho que tiene la persona de hacerlo. El rechazo a lo que ha sido formulado se manifiesta en la descalificación a la persona, no a sus argumentos, llegándose a calificar de atrevimiento o insolencia lo que ha sido, simplemente, el ejercicio de un derecho en la democracia sobre una persona que detenta una autoridad delegada, que es nuestro representante. Cuando el reclamo es para que se proceda conforme a la legitimidad en la democracia, haciendo ver la necesidad de observar valores y principios que otorgan legitimidad a la legalidad, la defensa viene entonces en la forma de “la justificación del canalla”: se pretender justificar lo que se hace porque otros antes lo hicieron. Así, una travesura sufrida quiere ser la justificación de la que se hace ahora, olvidando que la realización de una acción que no es correcta, o una travesura política, porque otros las hicieron, lo que nos hace es ser como los otros, no diferentes, ni mucho menos mejores. 

Hemos visto, además, cada vez con mayor frecuencia, denuncias temerarias, violaciones de acuerdos, ataques despiadados en medio de unas negociaciones, declaraciones reiteradas de autoridades, incluyendo al Presidente de la República, colocándose por encima de la ley. También las maniobras para evitar que se tomen algunas decisiones y  la resistencia a la ejecución de decisiones ya tomadas. A nivel social, padecemos el incremento de la violencia doméstica y la inseguridad ciudadana, como otra muestra mas del dominio que ha venido tomando la intolerancia.  

La resiente convocatoria a un diálogo, sin agenda, ni siquiera el punto principal que motivó a distintos sectores a reclamarlo,  pudiera ser el inicio de una actitud de mayor apertura y reconocimiento de que otra debe ser la tónica del debate. O pudiera ser tan  solo un recurso para desmotar la protesta, abrir fisuras y ganar tiempo. El tiempo nos lo dirá.

 

17 de octubre 2002