Absurdos sobre la sociedad civil
Listín Diario - 10 de octubre 2002

Por Reynaldo Peguero

El artículo del señor Manuel Núñez ‘‘La sociedad civil, el arte de gobernar sin votos’’, del pasado domingo en Listín Diario, es una muestra incitante de impericia y arbitrariedad intelectual que no dejaremos pasar por alto. La entrega permite repasar en una coyuntura propicia, las relaciones Estado, partidos y sociedad civil, nexos al parecer ignorados por su autor. En 214 líneas, imputa en una sopa de letras de mórbido sazón, al empresariado, la embajada americana y las agencias de cooperación como los productores de la sociedad civil. Tanta carga emocional en un tema nodal para la democracia, impone un análisis frío y minucioso de sus despeñadas afirmaciones.
Estado y sociedad civil no son polos dialécticos. En 1994, Cohen y Arato, en un estudio muy difundido sobre el tema, aclaran esta confusión que pretende polarizar la sociedad civil versus el Estado y los partidos políticos. Los investigadores indican que este enfoque tiene una carga profundamente dictatorial y antidemocrática. Considerar como lo hace el señor Núñez, que la sociedad civil es un ‘‘monopolio de honestidad’’, ‘‘una homilía periodística’’, el ‘‘centro de todas las negociaciones’’ o ‘‘un ejercicio para precipitar la dimisión del gobierno’’, es un desfase conceptual. Por el contrario, la sociedad civil es la esfera de interacción entre la reproducción económica-social y el Estado, compuesta por la familia como nivel más íntimo, y se extiende a los grupos voluntarios, las entidades sociales y hasta los medios de comunicación de masas.
El Estado incorpora los partidos y la sociedad civil. Múltiples filósofos y economistas como Spinoza, Locke, Althusius, e incluso Gramsci y Lenin, desde hace dos siglos, afirmaron que los ciudadanos, o ciertos estratos sociales, se unen y conforman el Estado como un ‘‘Contrato Social’’. Desde las antiguas Grecia y Roma, donde se construyeron modelos de Estado, hasta el Estado moderno surgido a partir de la revolución francesa, nunca la sociedad civil se ha ‘‘alimentado de las ruinas que dejan los partidos’’, como se alude en el artículo, sino que los partidos como un sistema de intereses ideológicos y políticos, se nutren de la sociedad civil, de sus virtudes y defectos, de sus necesidades, pasiones y visiones.
Se olvida que los partidos políticos constituyen excelentes cauces de articulación, representación y comunicación entre la sociedad civil y el poder del Estado. Los partidos emergen en la segunda mitad del siglo XIX, desde ahí hacia atrás siempre imperó la directa relación entre el Estado y los diversos grupos de la sociedad civil, sea como fuerzas en armas y en ejercicio de la violencia, o como grupos de intereses económicos y familiares con poder para negociar conflictos.
La sociedad civil dominicana no tiene ‘‘una década de autoproclamarse redentora de la República’’, como afirma el señor Núñez, nunca lo ha hecho, pero si de décadas se trata, los períodos de repunte de la iniciativa social tienen en el siglo XX dos momentos decisivos, ambos asociados al triunfo electoral del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). El primero en 1962 con el triunfo de Bosch; y el segundo en 1978 con la apertura democrática iniciada con la victoria de Guzmán. Miles de entidades han surgido, desde juntas de vecinos hasta grandes fundaciones.
La sociedad civil no es donde se vota o donde se compra y vende. Más bien es donde la ciudadanía se convierte en un sujeto público y comparte con el Estado el interés por los asuntos en común; pero, a diferencia del Estado, no reclama el ejercicio del monopolio de la violencia y la coerción física.
La sociedad civil se desempeña voluntariamente y, en tal virtud, habita el ámbito de lo privado y se concentra en la cooperación en pos del beneficio colectivo. Así está escrito, y esa es la evolución de muchas entidades de la sociedad civil dominicana. La lectura rápida del griego que más aportó sobre el tema de las relaciones del Estado y los ciudadanos, Aristóteles, permitiría la aclaración de los más de 300 epítetos, adjetivos e imputaciones utilizados por el autor citado. También se puede releer a Frederick Engels en ‘‘El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado’’, o los conceptos de Capital Social de Bernardo Klisberg. Pero más allá de estas lecturas, debemos caracterizar la esencia del planteamiento aludido: ‘‘la sociedad civil si quiere negociar, opinar, imponer, o aspira a mandar debe salir al ruedo, sin rebozo y a cara descubierta, a buscar los votos que avalen sus poderes’’. Cuánta nulidad conceptual. La misión de la sociedad civil es un hecho histórico impuesto por las necesidades ciudadanas, las transformaciones del Estado y la democratización de la democracia.
El desarrollo de la sociedad civil no acontece por recomendaciones ‘‘verbosas’’, ni de voluntades votantes, sino que es un sujeto cultural e históricamente construido.
La sociedad civil es política, pero no partidaria, es pública sin ser gubernamental, voluntaria sin acumular ganancias. En ella se encuentran instituciones como fundaciones, escuelas y universidades, grupos religiosos, ONGs y un sinfín de asociaciones que el citado artículo confunde en una suerte de Torre de Babel. Los medios de comunicación forman parte de la sociedad civil, sobre todo si asumen la responsabilidad pública y subordinan sus ansias comerciales a sus responsabilidades cívicas.
Para Fernández Santillán, en la antigüedad, el Estado estaba axiológicamente antes que el individuo; en cambio, en la modernidad el individuo tiene la primacía. La prioridad del individuo es parte de la teoría moderna. Esto significa que primero viene el individuo en cuanto tal, con valor por sí mismo, y luego viene el Estado y la acción de los partidos, pero nunca al revés. En fin, la sociedad civil no reduce su ejercicio ciudadano al arte de votar, sino que como suma de intereses ciudadanos coopera, colabora y construye con el Estado, su gobierno y los partidos, los patrones culturales y la política de derechos y deberes que pautan el desarrollo humano sostenido. En eso creemos y por eso vamos a debatir.

El autor es Médico, especialista en Gerencia Social y de Salud.


10 de octubre 2002