Ni es lo mismo, ni es igual
Rafael Toribio - 26 de septiembre 2002   

Los defensores de la reelección presidencial, además de que siempre han defendido que el Presidente de turno no se debe así mismo, que es la única garantía de que el partido continúe en el gobierno y que necesita un nuevo período para concluír algunos de los vitales proyectos que realiza, en la búsqueda de alguna justificación a sus propósitos arremeten contra quienes no participan de la idea de que cuando el partido al que pertenecen llega al poder la reelección presidencial es entonces una necesidad nacional, aunque se tenga que renunciar a principios institucionales y a compromisos históricos contraídos. Defienden su postura atacando a quienes no la comparten, señalando que mientras se oponen a la reelección presidencial no se oponen a que en otros ámbitos haya la permanencia de las autoridades, o que cuando son electas o designadas, puedan agotar varios períodos al frente de la institución. Es decir, que sólo son opuestos a la reelección presidencial. Ciertamente que una buena parte de las personas que se manifiestan contra la reelección presidencial la defienden y practican en las instituciones en las que se desempeñan. Ciertamente también que en muchas organizaciones políticas partidarias y de la sociedad civil, debe darse con mayor frecuencia la renovación de su dirigencia, pero la reelección en la Presidencia de la República difiere sustancialmente de la que ocurre en otras organizaciones e incluso en otros órganos del propio Estado. 

La reelección presidencial hay que verla en un contexto determinado y referida siempre al ejercicio de la máxima autoridad dentro del Estado. En el caso concreto de la República Dominicana no hay que olvidar que históricamente la reelección del Presidente ha estado asociada a regímenes autoritarios; que la debilidad institucional de los poderes del Estado, reforzado por disposiciones de la Constitución, confiere el predominio al Poder Ejecutivo y que al fundamentarse todo el quehacer político en el clientelismo, la corrupción, manifestada entre otras cosas, en la posibilidad de usar los fondos públicos para lograrse apoyo de los allegados y de los extraños, siempre es una poderosa tentación. La reelección presidencial sólo es funcional, produciendo mayores beneficios que dificultades, cuando existe una fortaleza institucional que asegura el equilibrio entre los poderes del Estado y una verdadera igualdad de oportunidades entre los competidores. Y esa, lamentablemente, no es la situación en nuestro país.

La renovación periódica de las autoridades en las organizaciones partidarias y de la sociedad civil es recomendable y necesaria. Además de que “no hay un hombre para todas las estaciones”,  sus autoridades reciben un mandato para ejercer la conducción de las organizaciones, pero no son sus dueños. La perpetuación en la dirección de estas organizaciones puede ser una usurpación de funciones. Sin embargo, estamos hablando de cosas muy distintas a la Presidencia de la República. La persona que dirige una organización de la sociedad civil es designada para desempeñar ese cargo, no puede, en todos los casos, nombrar de manera individual a sus mas estrechos colaboradores; tiene una autoridad máxima a la que responder, y que la puede destituir; dispone de escasos recursos económicos, así como de disposiciones estatutarias y reglamentarias a las que debe someterse y una cultura institucional que no permite que se haga cualquier cosa, y de cualquier manera. Por eso la reelección en la Presidencia de la República ni es lo mismo ni es igual a la que se pueda dar en otras organizaciones.

26 de septeimbre 2002