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¡Que
callen los tambores de guerra! Casi
todo el mundo expresó su solidaridad con Estados Unidos cuando se
produjeron los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001. No sólo
por el horror y las víctimas, sino también por la afrenta y el golpe
moral. El respaldo fue tan amplio que se manifestó en una coalición
internacional que avaló la guerra contra Afganistán, un país paupérrimo,
pero refugio de Bin Laden y sus bandas terroristas a quienes se
responsabiliza por los atentados contra Nueva York y Washington. Tan
amplio como fue el respaldo a Estados Unidos hace un año, ha sido ahora
el rechazo a su pretensión de desatar una nueva guerra contra Irak, con
espíritu aventurero y sin mayores consideraciones de las repercusiones de
la misma sobre el pueblo iraquí sobre la comunidad árabe y para todo el
mundo. Apenas Gran Bretaña ha asumido la pretensión guerrerista de Bush,
que no cuenta con el apoyo de la mitad de los mismos norteamericanos. Amplísimo
apoyo también consiguió Estados Unidos hace 11 años para atacar a Irak,
cuando esta nación había producido objetiva y abiertamente una ocupación
de otro estado vecino, Kwait, y se negaba sistemáticamente a rectificar.
La guerra contra Irak hubo de cesar tan pronto los ejércitos de Sadam
Husein se replegaron dentro de sus fronteras. La
ofensiva que los gobernantes norteamericanos han venido preconizando en
las últimas semanas no ha podido ni podrá obtener mayor respaldo, porque
ésta vez no se han podido objetivizar las razones que la justifiquen. Se
parte de premisas, de presunciones, de supuestos sobre la capacidad de
Irak para producir armas de destrucción masiva, química, bacteriológica
y hasta nuclear. La
posesión de armamento nuclear no debería ser motivo para declararle la
guerra a nadie, pues al fin y al cabo la tienen todos los miembros
permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y muchas
otras naciones, incluso del mundo pobre, como la India y Pakistán, o
beligerantes como Israel. Se
puede prever como comenzaría una nueva guerra contra Irak, que en este
caso tendría el objetivo de derrocar su gobierno, y auspiciar otro que
garantice por lo menos estabilidad, lo cual implica mucho más que
bombardeos, ocupación de la capital Bagdad y seguramente de optras
grandes ciudades, con millones de personas y por mucho tiempo. Lo
que no se puede prever es qué niveles alcanzará, qué tipo de armamentos
demandará, cuanto tiempo durará, el sufrimiento que implicará ni el número
de víctimas que cobrará. El iraquí es un ejército profesional y ese país
es suficientemente grande y diverso como para demandar una acción militar
amplia y contundente. Con el agravante de que los interventores estarán
rodeados de países hostiles, uno de ellos, Irán, con razones para poner
su barba en remojo, puesto que ha sido satanizado por igual. El
sufrimiento que se infringiría al pueblo que se dice defender de las
barbaridades de Sadam Husein es imprevisible, pero grande. Mucho más
grande que el padecido ya en los últimos 11 años, no sólo por la
destrucción de la infraestructura de esa nación, sino también por
efectos de un inhumano cerco económico y militar que ha costado millares
de vidas y mucha, mucha pobreza. Por
demás una guerra en ese contexto renovaría los profundos odios que
separan al mundo islámico de Estados Unidos, justificaría e incentivaría
los grupos radicales y no garantizaría seguridad para nadie ni en lo
inmediato ni a largo plazo. La
guerra en Irak dispararía los precios del petróleo sobre 40 dólares el
barril, como ocurrió en 1991 y entonces partió de niveles de precios
menores que los actuales, alrededor de 23 dólares el barril, mientras la
semana pasada pasó la barrera de los 30 dóalres en el mercado
norteamericano. De
manera que esa guerra impondría un alto costo a muchas naciones del mundo
que importan petróleo, como la mayoría de las de la Unión Europea, Japón
y gran parte de América Latina y el Caribe, incluyendo a la República
Dominicana. Por
suerte el rechazo ha sido firme y ya esta semana el presidente Bush dio un
paso hacia atrás cuando habló en la Asamblea General de la ONU. Se
replegó a buscar apoyo multilateral, prometiendo que trabajará con otros
miembros del Consejo de Seguridad para una nueva resolución respecto a
Irak. "Si
el régimen de Irak desafía de nuevo, el mundo debe moverse de forma
deliberada y decidida para obligarlo a que cumpla", planteó el
mandatario norteamericano, condicionando su intervención. Mientras
el secretario general de la ONU, Koffi Annan, reunió valor suficiente
para plantear ante el mismoBusch que "ninguna nación puede resolver
por sí misma los problemas de la comundiad mundial", recordando que
sólo las Naciones Unidas mantiene la "legitimidad exclusiva para
permitir el uso de la fuerza", y advirtiendo que un ataque unilateral
contra Irak acarrearía "consecuencias más allá del contexto
inmediato".
13
de septiembre 2002 |