¡ESTOY HARTO!
Rafael Toribio, 08 de mayo 2008       

Sin tener la edad para hacerlo traté de votar en las elecciones de 1962. Hice la fila pero cuando llegué a la mesa electoral y me pidieron la cédula me hicieron saber que no podía votar. Fueron inútiles mis argumentos de que había hecho una larga fila por horas. Un guardia fue el encargado de sacarme de la fila y frustrar mi intento de participar en la elección del primer gobierno democrático después de la dictadura. 

Desde entonces he promovido la participación de la ciudadanía en la elección de sus autoridades a través del ejercicio del voto, que considero como un derecho y, al mismo tiempo, un deber. En cada proceso electoral, sea para la elección presidencial, congresional o municipal, además de realizar exhortación pública a ejercer el sufragio, en una reunión familiar, convertida en tradición, motivaba a los míos a votar.  

En las últimas elecciones he tenido que hacer grandes esfuerzos para continuar exhortando al ejercicio del voto, pero no he logrado éxito en motivar a los míos para seguir votando. Las frustraciones sucesivas en candidaturas esperanzadoras que una vez en el poder desconocen lo que habían defendido y prometido, además de maltratar la ilusión, desalienta en el esfuerzo de mantener las esperanzas. 

No soy un hombre de partido, pero sí políticamente comprometido. Tengo mis propios criterios sobre el contenido y objetivos del quehacer político, principios y valores a los que no renuncio en ninguna circunstancia, un reclamo permanente por la justicia social y porque la democracia, además de una forma de organizar y distribuir el poder en el Estado, sea también un régimen donde los problemas fundamentales del país y de las personas sean resueltos con eficiencia y eficacia. 

Por eso no he votado siempre por el mismo partido. Mi voto se ha teñido de diferentes colores, menos de colorao, porque en cada elección he comprometido mi voto con la candidatura que más se haya aproximado a los principios y valores que sustento, a las aspiraciones de bienestar para las mayorías nacionales y al ejercicio digno de la política y del poder. Lamentablemente, en la mayoría de las ocasiones me he visto obligado a votar por la opción menos mala, no por la mejor entre las buenas 

Esta vez me niego a votar por el menos malo. Tampoco ejerceré un voto negativo, votando en contra. Estoy harto de hacerlo. Pensé en algún momento expresar mi rechazo a las ofertas de las opciones de poder ya conocidas no yendo a votar o votar en blanco. Pero no quiero ser de los que se abstienen para que sean otros los responsables de que lleguen o permanezcan en el poder personas que no debieran llegar o permanecer. Y no votaré en blanco porque, además de que no tiene ningún valor político (no se reconocen como válidos), se contabilizan como nulos, es decir, encima, que no supe votar. 

No quiero votar por alguien que no merece ser Presidente de la República, por eso votaré por el candidato que ha demostrado que merece ser Presidente de la República, aunque en estos momentos no sea una opción real de poder. Ejerceré un voto afirmativo votando por el mejor, no por el menos malo. 

Rafael Toribio 
rtoribio@intec.edu.do

08 de mayo 2008